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Supongo que a todos nos pasa después de cualquier
evento. Queremos contar lo que hemos visto; nos
proponemos hablar de aquellos a los que hemos
conocido, y no sabemos por dónde o por quién
empezar. Cosas, personas, paisajes, sensaciones…,
todo se mezcla y se entrecruza como un entramado de
emociones que nos paraliza y nos enajena.
Como puede suponerse, estoy refiriéndome al
Encuentro en Puerto Rico del que, por mucho que se
quiera hablar, siempre quedará aún algo que decir.
Por mi parte, y para escribir esta croniquilla, he
decidido dos cosas: 1º) ampliar horizontes y
escribir para alguien más que para nuestro Foro
Literario <ICEBERG NOCTURNO>; 2º) acotar espacios y
centrarme en esos personajes impensados que, durante
unas horas al menos, me hicieron recordar que la
ternura suele ser anónima e inesperada la mayoría de
las veces.
Hoy quiero hablaros de Olga. No sé de ella otra cosa
que su nombre y su empleo: Guía Turística del
Municipio de Mayagüez. Ni siquiera puedo ponerle
cara; algo o alguien –quizá yo misma, en un ataque
de tardía vanidad, incapaz de soportar sobre una
fotografía la luz espléndida que hace que en mi cara
se vea el tiempo escrito a renglones cada vez más
subterráneos- borró las fotos de aquel 30 de
Noviembre en que nos acompañó en la “guagua” que nos
llevaría a visitar el Parque de las Cuevas de Camuy
y el Observatorio de Arecibo. He tenido que acudir
al limosneo general para que Álvaro –a quien ya le
tengo preparada su propia crónica- me haga llegar la
imagen de nuestra protagonista de hoy: la Guía
Turística del Municipio de Mayagüez.
Pero tampoco fue su empleo y su oficio lo que dejó
en mi recuerdo su nombre impreso como un emocionado
“grafiti” cardiaco. Porque, a decir verdad,
sus puntuales intervenciones no fueron precisamente
para explicarnos el paisaje, o la historia, o los
eventos y circunstancias de cada lugar al estilo de
lo que se espera de una Guía. De tal tarea, y con un
oficio que para sí quisieran los mejores
historiadores, se ocupó Miguel, más conocido entre
nosotros, Foreros de <Iceberg Nocturno>, por el
cálido y vegetal apelativo de “El Duende Verde”,
y al que, sin duda, deberé dedicarle una especial
atención en esta Galería de Personajes. En
cuanto la guagua inició la marcha, Miguel se
alzó de su asiento y tomó la iniciativa de
ilustrarnos con explicaciones tan precisas y
minuciosas como entretenidas. Olga, nuestra Guía, no
intentaba siquiera intervenir si no era para
parafrasear a Miguel en algún momento concreto, y
para exclamar algo absolutamente paradójico en quien
nos acompañaba con un cometido tan preciso como el
suyo. Varias veces repitió: “Me encanta aprender
estas cosas…”.
Ese día, como si de un juego de niños se tratara,
subimos y bajamos por la piel y por las entrañas de
la tierra en un sorprendente “corre-que-te-pillo”.
La
guagua, renqueante unas veces, y al galope la
mayor parte del camino por aquel asfalto imposible y
desgastado por todos los huracanes y los
hundimientos de una Isla que parece que se ande
mordiendo las uñas a sí misma, nos fue elevando
hasta alturas más que considerables, ‑porque
Puerto Rico es montañoso y accidentado, plegado en
redoblados “mogotes” coralinos que hacen de su
paisaje una accidentada y turbadora amenaza de
constante descalabro-. Cuando estábamos en las
cimas, un trenecillo estrecho, como de juguete,
invirtió la escalada y nos acarreó cuesta abajo,
entre angostos horizontes selváticos, hasta el
centro mismo del mundo, las Cavernas de Camuy, en
cuyo útero calcáreo replegamos nuestras voces hasta
el extremo del susurro para no interrumpir el
estremecimiento con que nos removíamos en la
semioscuridad de las entrañas de de la
MadreTierra, como si estuviéramos siendo
tardíamente concebidos y gestados en extrañas
hermandades, todos juntos y a un mismo tiempo.
La voz de
Olga, a manera de cordón umbilical por el que nos
llegaba el alimento del sonido, nos rozaba a
intervalos, enérgica y suave:
-¡Cuidado! No resbalen; el suelo está muy húmedo y
hay barro deslizante… No se salgan del camino…
El
útero prehistórico se iba agrandando hasta dejarnos
reducidos a pequeños muñequillos perdidos en un
escaparate inmenso sin saber muy bien qué dirección
tomar.
La voz de
Olga iba ahora directa a nuestra mirada para
desviarla hacia un coloso dormido:
-Vean ahí la
estalagmita más grande del mundo…
Me sobrecogí
ante aquel descomunal derramamiento calizo que
parecía empeñado en encaramarse penosamente sobre sí
mismo, y desistí en mi primer empeño de calcular
cuántos siglos de infatigable trabajo habría
necesitado la tenaz gota de agua para esculpir sobre
el suelo semejante anhelo rocoso, y cuántos más
necesitaría para culminar su tarea celestinesca,
alimentando la escalada del beso ascendente hasta
alcanzar la boca de la estalactita que apagaba la
sed de una columna aún inexistente desde la bóveda
lejana. ¿Quién sería el primero en ver y acariciar
esa columna cuando por fin fuera ella misma…?
Un
rumorcillo de agua entretenía el silencio; y Olga se
callaba para no interrumpir la gravidez amorosa y
uterina del universo hecho concavidad pétrea y
húmeda como cualquier entraña.
Finalmente con el ánimo lleno de luces y de sombras,
y con el estómago vacío, volvimos a la guagua.
Allí estaba Amaralis repartiendo un ágape y unos
refrescos abastecidos por El Municipio quien, a
pesar de haber concluido oficialmente el Congreso,
tuvo la generosidad de pensar en nuestras
previsibles hambres terrenales de excursionistas
recién paridos, proveyéndonos del alimento necesario
para seguir viviendo emociones.
Fue entonces cuando descubrí la verdadera dimensión
de Olga, nuestra Guía Municipal: ella, ante la
eventualidad de que el Municipio no pudiera
alimentarnos un día más, se había ofrecido la noche
anterior a cocinar durante horas, para nosotros, un
arroz con pollo –en Puerto Rico no se concibe una
sola comida sin arroz-.
Después de
las Cavernas de Camuy fue el Observatorio de Arecibo:
ese lugar mágico e inesperado desde el que
cualquiera se traslada a mundos siderales y oníricos
hechos paisaje.
Olga volvía
a deferir en Miguel la tarea de decirnos que el gran
“platillo” receptor está sostenido sobre tres
ciclópeos pilares, levantados en tres motes
equidistantes, y que en/desde ese colosal “platillo”
se están recibiendo/enviando de/al espacio,
ininterrumpidamente, y desde hace años, distintos
mensajes cifrados. Luego, los que saben de esas
cosas, procesan lo enviado y lo recibido -¡ay, qué
emoción debe ser semejante tarea!- con fines que no
se nos dijeron o que nadie sabe…
Olga seguía siendo una sombra ilustrada que apenas
aportaba más que la amplísima información
sistematizada en el propio Observatorio.
Pero Olga, aquella tarde, en nuestro viaje de
regreso a Mayagüez, para celebrar la última cena con
nuestros anfitriones antes de la partida a nuestros
reinos particulares, estaba en nuestro pensamiento
como esa mujer sencilla y anónima que, sin
conocernos, había querido cocinar durante la noche
para nosotros, unas personas que llegaron a Puerto
Rico con hambre y sed de literatura y que fueron
saciadas con abundancia de sencillas historias de
amor no escritas sobre un papel, sino sobre el
paisaje de una excursión inolvidable dibujado en
nuestras pieles cansadas y satisfechas.
Gracias, Olga.
(PS/ Gracias también al Municipio por el ágape. Pero
tengo para mí que el fantasmagórico
arroz-con-pollo de Olga hubiera sido un buen
sustituto de los magníficos “sangüiches”
municipales)
GaviolaSaciada
(Lo que aquí cuento sucedió un 30 de Noviembre de
2007)

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