I Congreso Internacional de Literatura Virtual

Celebrado entre los días 24 a 29 de Noviembre de 2007

en el Recinto Universitario de Mayagüez

PUERTO RICO

promovido por ICEBERG NOCTURNO

a propuesta de nuestra Escritora Mª Socorro Mármol Brís

Organizado por nuestra Escritora Dra. Carmen Amaralis Vega Olivencia

Auspiciado por la Universidad de Mayagüez y...:

Rectoría: Dr. Jorge I. Vélez Arocho
Decano Artes y Ciencias: Dr. Moisés Orengo
 Depart. Estudios Hispánicos: Dr. Jaime Martell
 Departamento Química: Dr. Francis Patron
 Alcalde de Mayagüez: Hon. José G. Rodríguez
 Oficina de Planta Física: Ing. Roberto Ayala
 Srs. Willys N. Vicente y Roberto Figueroa
Oficina de Prensa: Sra. Margarita Santori
Depart. de Banda y Orquesta: Sr. Edgar Vélez Y Sr. Santos
Sr. Miguel Márquez Figueroa
(donación de flores)
UMA (
Unión de Mujeres de América)
Club Rotario de Mayagüez
Asociación Cívico-Cultural de Mujeres de Mayagüez
Club Damas León
Altrusa Internacional de Mayagüez

   
 
 
 
Nuestros Escritores y los Congresistas lo vieron así

Autor (Alfabético)

Socorro Mármol Brís
 
 

 

Título

Mi Galería de Personajes. Olga
 
 

 

 

 
A inicio A Lugares en nuestra Página A Nuestros Escritores A Certámenes y Noticias Al Libro de Oro

 

     
 
 

 

MI GALERÍA DE PERSONAJES

OLGA         (Guía Municipal de Mayagüez)

 

          Supongo que a todos nos pasa después de cualquier evento. Queremos contar lo que hemos visto; nos proponemos hablar de aquellos a los que hemos conocido, y no sabemos por dónde o por quién empezar. Cosas, personas, paisajes, sensaciones…, todo se mezcla y se entrecruza como un entramado de emociones que nos paraliza y nos enajena.

          Como puede suponerse, estoy refiriéndome al Encuentro en Puerto Rico del que, por mucho que se quiera hablar, siempre quedará aún algo que decir. Por mi parte, y para escribir esta croniquilla, he decidido dos cosas: 1º) ampliar horizontes y escribir para alguien más que para nuestro Foro Literario <ICEBERG NOCTURNO>; 2º) acotar espacios y centrarme en esos personajes impensados que, durante unas horas al menos, me hicieron recordar que la ternura suele ser anónima e inesperada la mayoría de las veces.

          Hoy quiero hablaros de Olga. No sé de ella otra cosa que su nombre y su empleo: Guía Turística del Municipio de Mayagüez. Ni siquiera puedo ponerle cara; algo o alguien –quizá yo misma, en un ataque de tardía vanidad, incapaz de soportar sobre una fotografía la luz espléndida que hace que en mi cara se vea el tiempo escrito a renglones cada vez más subterráneos- borró las fotos de aquel 30 de Noviembre en que nos acompañó en la “guagua” que nos llevaría a visitar el Parque de las Cuevas de Camuy y el Observatorio de Arecibo. He tenido que acudir al limosneo general para que Álvaro –a quien ya le tengo preparada su propia crónica- me haga llegar la imagen de nuestra protagonista de hoy: la Guía Turística del Municipio de Mayagüez.

          Pero tampoco fue su empleo y su oficio lo que dejó en mi recuerdo su nombre impreso como un emocionado “grafiti” cardiaco. Porque, a decir verdad, sus puntuales intervenciones no fueron precisamente para explicarnos el paisaje, o la historia, o los eventos y circunstancias de cada lugar al estilo de lo que se espera de una Guía. De tal tarea, y con un oficio que para sí quisieran los mejores historiadores, se ocupó Miguel, más conocido entre nosotros, Foreros de <Iceberg Nocturno>, por el cálido y vegetal apelativo de “El Duende Verde”, y al que, sin duda, deberé dedicarle una especial atención en esta Galería de Personajes.          En cuanto la guagua inició la marcha, Miguel se alzó de su asiento y tomó la iniciativa de ilustrarnos con explicaciones tan precisas y minuciosas como entretenidas. Olga, nuestra Guía, no intentaba siquiera intervenir si no era para parafrasear a Miguel en algún momento concreto, y para exclamar algo absolutamente paradójico en quien nos acompañaba con un cometido tan preciso como el suyo. Varias veces repitió: “Me encanta aprender estas cosas…”.

          Ese día, como si de un juego de niños se tratara, subimos y bajamos por la piel y por las entrañas de la tierra en un sorprendente “corre-que-te-pillo”.

La guagua, renqueante unas veces, y al galope la mayor parte del camino por aquel asfalto imposible y desgastado por todos los huracanes y los hundimientos de una Isla que parece que se ande mordiendo las uñas a sí misma, nos fue elevando hasta alturas más que considerables, ‑porque Puerto Rico es montañoso y accidentado, plegado en redoblados “mogotes” coralinos que hacen de su paisaje una accidentada y turbadora amenaza de constante descalabro-. Cuando estábamos en las cimas, un trenecillo estrecho, como de juguete, invirtió la escalada y nos acarreó cuesta abajo, entre angostos horizontes selváticos, hasta el centro mismo del mundo, las Cavernas de Camuy, en cuyo útero calcáreo replegamos nuestras voces hasta el extremo del susurro para no interrumpir el estremecimiento con que nos removíamos en la semioscuridad de las entrañas de de la MadreTierra, como si estuviéramos siendo tardíamente concebidos y gestados en extrañas hermandades, todos juntos y a un mismo tiempo.

La voz de Olga, a manera de cordón umbilical por el que nos llegaba el alimento del sonido, nos rozaba a intervalos, enérgica y suave:

          -¡Cuidado! No resbalen; el suelo está muy húmedo y hay barro deslizante… No se salgan del camino…

          El útero prehistórico se iba agrandando hasta dejarnos reducidos a pequeños muñequillos perdidos en un escaparate inmenso sin saber muy bien qué dirección tomar.

La voz de Olga iba ahora directa a nuestra mirada para desviarla hacia un coloso dormido:

-Vean ahí la estalagmita más grande del mundo…

Me sobrecogí ante aquel descomunal derramamiento calizo que parecía empeñado en encaramarse penosamente sobre sí mismo, y desistí en mi primer empeño de calcular cuántos siglos de infatigable trabajo habría necesitado la tenaz gota de agua para esculpir sobre el suelo semejante anhelo rocoso, y cuántos más necesitaría para culminar su tarea celestinesca, alimentando la escalada del beso ascendente hasta alcanzar la boca de la estalactita que apagaba la sed de una columna aún inexistente desde la bóveda lejana. ¿Quién sería el primero en ver y acariciar esa columna cuando por fin fuera ella misma…?

          Un rumorcillo de agua entretenía el silencio; y Olga se callaba para no interrumpir la gravidez amorosa y uterina del universo hecho concavidad pétrea y húmeda como cualquier entraña.

          Finalmente con el ánimo lleno de luces y de sombras, y con el estómago vacío, volvimos a la guagua. Allí estaba Amaralis repartiendo un ágape y unos refrescos abastecidos por El Municipio quien, a pesar de haber concluido oficialmente el Congreso, tuvo la generosidad de pensar en nuestras previsibles hambres terrenales de excursionistas recién paridos, proveyéndonos del alimento necesario para seguir viviendo emociones.

          Fue entonces cuando descubrí la verdadera dimensión de Olga, nuestra Guía Municipal: ella, ante la eventualidad de que el Municipio no pudiera alimentarnos un día más, se había ofrecido la noche anterior a cocinar durante horas, para nosotros, un arroz con pollo –en Puerto Rico no se concibe una sola comida sin arroz-.

Después de las Cavernas de Camuy fue el Observatorio de Arecibo: ese lugar mágico e inesperado desde el que cualquiera se traslada a mundos siderales y oníricos hechos paisaje.

 Olga volvía a deferir en Miguel la tarea de decirnos que el gran “platillo” receptor está sostenido sobre tres ciclópeos pilares, levantados en tres motes equidistantes, y que en/desde ese colosal “platillo” se están recibiendo/enviando de/al espacio, ininterrumpidamente, y desde hace años, distintos mensajes cifrados. Luego, los que saben de esas cosas, procesan lo enviado y lo recibido -¡ay, qué emoción debe ser semejante tarea!- con fines que no se nos dijeron o que nadie sabe…

          Olga seguía siendo una sombra ilustrada que apenas aportaba más que la amplísima información sistematizada en el propio Observatorio.

          Pero Olga, aquella tarde, en nuestro viaje de regreso a Mayagüez, para celebrar la última cena con nuestros anfitriones antes de la partida a nuestros reinos particulares, estaba en nuestro pensamiento como esa mujer sencilla y anónima que, sin conocernos, había querido cocinar durante la noche para nosotros, unas personas que llegaron a Puerto Rico con hambre y sed de literatura y que fueron saciadas con abundancia de sencillas historias de amor no escritas sobre un papel, sino sobre el paisaje de una excursión inolvidable dibujado en nuestras pieles cansadas y satisfechas.

          Gracias, Olga.

          (PS/ Gracias también al Municipio por el ágape. Pero tengo para mí que el fantasmagórico arroz-con-pollo de Olga hubiera sido un buen sustituto de los magníficos “sangüiches” municipales)

 

          GaviolaSaciada

 

(Lo que aquí cuento sucedió un 30 de Noviembre de 2007)