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Querida hija:
No voy a andarme con rodeos. Estoy en Valencia. O, por mejor
decir, Don Valerio y yo estamos en Valencia. Sí, Don Valerio,
el Maestro-Escuela de Salinas. Estamos juntos. Pero no con uno
de esos viajes organizados para viejos. Estamos los dos solos,
viendo cómo se le suben las colores a
la Albufera
por la tarde, Dios sabrá de qué vergüenzas de lo que tiene
visto.
Hemos
escuchado vuestro anuncio en la radio, en eso del “Servicio de
Socorro de Radio Nacional” y, aunque no termino de discurrir a
qué viene tanta preocupación, te escribo seguidamente. De
verdad que, después de tantos meses en
la Residencia
sin noticias vuestras, no esperaba que nos publicarais como a
los desaparecidos por tres días que hace que faltamos. ¡Lo que
tiene una que ver! Cuando las hijas de Don Valerio y vosotros,
con las habladurías y las rencillas, no podíais ni miraros a
la cara. Y
ahora, con lo del anuncio de la radio, parecéis uña y carne
mentando a vuestros viejos y publicándonos como si fuéramos
dos coplas dedicadas.
Hablando
de la radio, sabréis que ha sido oyéndola como nos entró el
regomello de hacer lo que hemos hecho. Ya habréis oído que los
del Gobierno han dicho que los viudos no vamos a perder la pensión
si volvemos a casarnos. Y a eso hemos venido Don Valerio y yo a
Valencia, a casarnos. Bueno, ¡ya lo he dicho! Y me entra la
risa, -perdona, hija-, figurándome tu cara con lo mirada y
melindrosa que tú eres.
Que
Don Valerio y yo nos quisimos de mozos ya lo conocíais y de ahí
vinieron en el Pueblo, como sabes,
los desaires entre la familia de tu Padre, la mía y
la de Don Valerio.
Él
y yo éramos de los pocos que teníamos algunos estudios, así
que “cada oveja con su pareja” -que rezongaban los míos,
como se decía antes-. Que “mujer leída no podía ser
buena” -que decían los de tu Padre; y que “plato de segunda
mesa era malo de catar” porque catado estaba, le decían a tu
Padre los amigos cuando se juntaban y hablaban de mí.
Sabiendo
eso, no te extrañará que estuviéramos en boca de todo el
mundo por haber vuelto a hablarnos últimamente, a destiempo y
como en una chochez vergonzosa.
Lo
de “todo el mundo” es mucho decir. Me refería a ese “todo
el mundo” que es una Residencia de Ancianos. Y ahí en el
Pueblo, que ya sé las murmuraciones que habéis tenido que
apechar tus hermanos y tú, y las hijas de Don Valerio. Pero, te
juro por todos los de mi sangre que, mientras estuvo vivo, nunca
le falté a tu Padre que en santa gloria esté ni con el
pensamiento.
Don
Valerio y yo tonteamos de mozos; para qué lo vamos a negar.
Pero nos empezamos a olvidar como pudimos cuando él se fue a la
mili y se reenganchó de voluntario todas las veces que le
dejaron para poder comer caliente -que en el Pueblo no
encontrabas ni nabos en los malditos años del hambre-. Y nos
terminamos de olvidar cuando volvió con la cartilla de
licenciamiento y yo ya estaba bien casada por
la iglesia. Que
encima tenía que agradecerle a tu Padre que me matrimoniara
habiendo estado de novia con otro antes que con él.
Ni mirarnos a la cara de cerca le consentí a Don Valerio
cuando llegó. Y bien que más de una vez se fijó de lejos en
los verdugones que me dejaba en ella la correa de tu Padre
cuando lo malmetían en
la Taberna
y le agarraban los celos en una de sus borracheras; o cuando se
jugaba el jornal al tute en una sola tarde y teníamos que comer
de fiado el resto de la semana hasta que le pagaban.
Lo
malo era cuando se juntaban dos o tres semanas sin cumplir con
la cuenta de la tienda y no querían fiarme. Entonces me tundía
de una manera... Tú te recordarás que ya eras grande y alguna
vez recibiste por meterte de por en medio.
–
Mira, María, -me decía
la Tendera
con ojos de lástima- si fuera por ti, te daría de fiado por un
año. Pero, hija, con ese “chalao” de hombre tuyo tendrás
que entender.
Yo
me iba calle abajo con el miedo metido en el cuerpo, cavilando
en qué ponerle en el plato para que tu Padre, mal que bien,
llenara el estómago y se olvidara de la correa. Pero ya no le
echo cuentas a aquellos años de vapuleos y de hambre; bien lo
sabes tú; y, como
te digo, que Dios lo tenga en su santa gloria.
Cuando te porfié para que me trajeras a la Residencia,
porque la casa se nos estaba quedando chica, -que mira que has
parido hijos-, y cuando, desde la ventana de mi nuevo cuarto, te
vi de irte el primer día, se me partió el corazón teniendo
que apartarme hasta de las cosas mas insignificantes que había
tenido en el mundo. Pero, como te dije, los viejos nos volvemos
demasiado chinchosos. Y un poco sucios; para qué lo vamos a
negar. ¡Si yo misma me huelo el tufo de la vejez cuando arrimo
la nariz a mis manos! Para qué vas a castigar al mocerío con
tu presencia, -me decía cada día que pasaba en
la casa-. Por
eso tentaba las cosas tantas veces; me estaba despidiendo de mi
mundo.
Por
lo menos en
la Residencia
, todos juntos, parece que nos prevalecemos mejor de nuestros
achaques porque siempre hay alguien peor que tú. Tan peor que
en los años que he estado allí no pasaban tres días sin que
alguno de los compañeros dejara de sentarse en el comedor a la
hora del desayuno. Pero sabrás que ninguno preguntábamos,
porque por adelantado se nos alcanzaba la razón de
la ausencia. Alguno
de los que llegaban nuevos y no conocía el cada día siempre se
le escapaba
la pregunta. Pero
, después de la primera vez, nunca volvía a averiguar. ¡Si
supieras lo deprisa que aprendemos los viejos y lo poco que
queremos saber de la muerte! Ya lo apreciarás tú si Dios te da
vida; que así sea.
Pero me estoy retirando de lo que quería decirte en esta
carta. En eso tenías razón de enojarte: que nunca he sabido ir
al grano cuando quería mentar algo. Será por el aprendizaje de
tantos años, por lo
difícil que era entrarle de frente a
tu Padre, que Dios guarde en su gloria, sin que te
soltara un sostrazo.
Como
te decía, no teníamos en nuestros cálculos Don Valerio y yo
el que la vida nos juntara finalmente en
la Residencia
; será que el destino lo dispuso así para que a los dos nos
dieran plaza en ella y aliviaros a vosotros del quehacer de
cumplir con los viejos, y a nosotros de la pena de no tener
sitio entre los jóvenes en nuestras propias casas.
Vernos
y encenderse el antiguo querer fue la misma cosa; que a los
viejos, aunque no te lo creas, nos bulle el corazón con mas
apremio que a los que tenéis tanta vida por delante. Y si no
nos hemos casado antes fue por lo de no perder la viudedad; por
no privaros a vosotros, que tantas bocas tenéis que tapar, de
lo que queda de nuestra pensión después de pagar la
Residencia.
Además,
¿de qué íbamos a vivir los dos? ¡Mira que era tener mala
sangre quitarle a los viejos la pensión si volvían a casarse!
Si tú supieras cuántos viejos he visto queriéndose a
escondidas en aquella triste casa donde nos tienen apartados
como espuertas, y con el miedo royéndoles los entresijos por si
los dejaban sin los dineros y sin tener que echarse a la boca si
perdían su pensión… ¡Cuántos se hubieran casado si…. ¡Ay!,
perdona otra vez que ya dejo de desbarrar y sigo.
Pues
te diré que cuando han radiado lo que ha dicho el Gobierno, que
ya no nos quitan la pensión, nos hemos figurado volver a lo que
nunca fue y no hemos querido esperar más.
Ni
tampoco queríamos seguir arrinconados como capachos viejos.
Como
ya te conozco tú me dirás que, a fin de cuentas, juntos estábamos
en
la Residencia
y que qué necesidad teníamos de dar el campanazo. ¿Para qué
vamos a menear el agua ya remansada y enturbiarla otra vez;
verdad, hija? Lo que no puedes comprender todavía, hasta que no
empiecen tus huesos a helarse como los nuestros, es el frío que
se te mete por el cuerpo en la soledad de las larguísimas
noches sin sueño de
la vejez. Cuando
, por las noches, teníamos que irnos cada uno a nuestro cuarto,
Don Valerio y yo nos mirábamos sin hablarnos ni siquiera,
preguntándonos con los ojos si al día siguiente nos juntaríamos
para tomar el desayuno o si nuestra silla sería retirada
discretamente de la mesa por
la mañana. Y
tenías que haberle visto cómo se le eclipsaba el mirar. Así
que ya sabrás por qué nos hemos casado: para poder darnos por
las noches un poco del calor que nos queda. Y para morirnos
juntos si podemos.
No
te sofoques, hija; ya se que siempre has dicho que con los años
se me estaba perdiendo la vergüenza en la lengua, pero, aunque
sea una vez, y por carta, para
no cortarme con lo que tengo que decirte viéndote ese mirar
calcado del de tu Padre que en paz descanse, tengo que referirte
las cosas como son y como las siento.
Don Valerio y yo, que tanto hemos esperado, no vamos
esperar ahora a la muerte sentados en la puerta de nuestro
cuarto, mientras el cuerpo se nos dobla como si buscara ya la
tierra. Queremos salirle al encuentro, cruzarnos con ella por el
paseo y por la plaza del pueblo, echarle el último pulso y
poderle hasta que ella nos pueda.
Nos
hemos casado y nos hemos venido de viaje de novios viejos a
Valencia, a una pensión junto a
la Albufera
, donde las puestas de sol, por las tardes, tienen la misma
mansedumbre de nuestros años y el mismo color que nuestras
tristezas. Aquí nos estamos gastando lo que el pobre ha podido
retirar de lo que sus hijas querían darle de lo que era suyo
cada mes y lo que yo sacaba vendiéndole pañitos de ganchillo a
los familiares de los otros viejos. ¡Con lo que a ti te
desazonaba y te afrentaba mi comercio miserable! ¿O te piensas
que no me daba cuenta? Pero, bien que te callabas cuando te daba
para los reyes de tus hijos o para unas medias de nailon por la
feria del Pueblo. Bueno, vamos a dejarlo así; que ya no me
quedan muchos alientos para gastarlos peleándome contigo. Y
menos ahora que estoy como reviviendo.
Aunque te de el último sofocón, lo que sí tengo que
decirte, que ya lo hemos hablado mi marido y yo, -perdona, hija,
que se me llene la boca por una vez en la vida-, es que nos
vamos a ir a vivir a la casilla que Don Valerio se compró en
la Rambla. Esa
que está cerrada desde que él se fue a
la Residencia
y que ninguna de sus hijas ha querido porque no tiene corral
donde meter las bestias y porque la alcoba y la sala son la
misma pieza. Esa que tu Rogelio quería comprarles por cuatro
cuartos porque decía que parecía un piso de capital. Pero,
vaya una cosa por otra: no tenéis que desazonaros por el pico
de mi pensión que te quedabas tú después de pagar
la Residencia
; que, con lo que ha acordado el Gobierno de no perder las
pensiones, podremos vivir mi hombre y yo con lo que le pagábamos
cada uno por la estancia y aún ahorrar unos duros nosotros que
tan poco necesitamos ya y que de tanto hemos carecido; y
arrimaros ese remanente que siempre te quedabas de mi pensión.
¿O te pensabas que no lo sabía? Pero tampoco por los dineros
no vamos a pelear a estas alturas, ¿verdad, hija mía?
Una cosa quiero pedirte: que en cuanto recibas esta carta
retiréis de la radio la proclama; porque verse publicado,
aunque sea a la vejez, es como si te afrentaran.
Y
hablando de afrentas, ya lo sé: que, la primera noche que
pasemos en el Pueblo, nos darán de madrugada la cencerrada que
le echan a los que se casan de viudos viejos; pero mi hombre y
yo la oiremos juntos, arrebujados en nuestra cama; y te juro que
nos sonará como si fuera la serenata que no pudimos tener de
mozos.
En
lo que estás confundida, hija, es en
la ropa. Ya
no visto “bata negra y zapatillas de paño a cuadros”, que
era lo único que tenía en
la Residencia. Mi
marido, para la boda, aunque fue humilde y en misa del alba,
me compró una saya de florecillas malvas y grises, unas
medias de cristal, una
toquilla de lana y unos zapatos de piel como los que llevé una
vez en la feria del Pueblo el año antes de irse a la mili.
Y
hasta velo de gasa llevé a la boda aunque negro como me
corresponde.
Para
acabar quiero pedirte que no te amargues por lo que vayan a
decir tus hijos. O por lo que tú tengas que referirles. Ni
siquiera por lo que tengan que oír. Yo que tú les diría -para
cuando puedan comprenderlo- que quererse es mejor que pelearse,
aunque les hayan enseñado que en lo de quererse hay mucho
pecado. Y aunque uno tenga que quererse con un pie al borde de
la fosa. Ahora
estoy sabiendo, hija mía, lo que es un apego de verdad. Como
verás siempre hay tiempo para aprender cosas, y para que la
vida se enmiende.
He
tenido que hacerme vieja para saber lo bueno que es tener un
compañero. Te deseo -y que Dios me perdone-
que el tuyo se te cruce en la vida antes de morirte… Y
perdona si me percaté a destiempo, poco antes de pedirte que me
llevaras a
la Residencia
, de que el Rogelio
te había salido tan bravo como a mí tu Padre.
¿Y
qué podía hacer si no era irme de la casa antes de que yo le
partiera la cabeza o él a mí me partiera el alma encima de tus
lomos? Ahora ya sabes lo que tenías que saber.
Y sin más que decirte se despide tu madre que lo es y
que te quiere.
Gaviola
de
Aznaitín
Marineda
9 de Diciembre de 2001
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