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VIAJE
AL AYER
Madrid, 16 de abril, 2006
Mi querida Andrea:
Ya estoy de regreso y como te prometí, aquí estoy para
contarte lo que he hecho estos días.
Como
siempre, en estas fechas, me traigo un sabor especial. Es una época
del año que me gusta sobremanera, un paréntesis para
descansar, romper la rutina, jalear el alma y ver brotar, como
si fuera un milagro, que lo es para mí, la naturaleza. No me
había fijado que en Castilla hubiera tanto almendro, todos habían
florecido. Los brazos de la niebla, a primeras horas de la mañana,
se expandían por los páramos. Semejaba un mundo encantado que,
gracias a los rayos de sol, se iban despejando con las horas
para dejar paso a la alegría de la luz y el manto verdoso de
los campos.
Sin
duda, es bueno regresar a tus ancestros para recordar y te
aseguro, Andrea, que he hecho memoria de veras.
Quería
hacer multitud de cosas y dudaba que me diera tiempo, pero allí
las manecillas del reloj se mueven en la lentitud del sosiego:
puedes hacer lo que desees sin temor a que el minuto se
precipite. Saboreas cada paso que das y sientes que estás vivo.
De todas formas, la vida de la gran ciudad me ha dejado tanta
huella que, cuando llego a Valladolid, sigo con la misma energía
de querer abarcar el tiempo que, a la hora de estar allí, me he
salido del mapa; es, entonces, cuando tomo conciencia que allí
impera la serenidad y el ritmo es otro.
Mi
madre no sabía que iba; se imaginaba que me iría, como una tránsfuga
sin decoro, a Andalucía. Ella dice que me voy a la competencia,
pero, donde esté
la Semana Santa
castellana, que se quite todo lo demás. No voy a discutir con
ella sobre ese tema, Andrea, porque son formas de expresar un
sentimiento totalmente distintas. Castilla crece hacia dentro y
Andalucía es pura expresión; compararlas es un error. En fin,
como te decía, la cara de sorpresa al vernos a todos mereció
la pena, no la recordaba así en muchos años. Claro, a los
cinco minutos reaccionó y comenzó sus dos vicios favoritos: la
oportunidad de quejarse –deporte muy humano- y el sacarme
todas las taras posibles “Qué mal peinada, qué ojeras
tienes, qué ropa tan espantosa…”, no obstante, Andrea, el día
que no lo haga, me comenzaré a preocupar porque habrá dejado
de ser mi madre para convertirse en un ser feliz y ella ha
nacido para sufrir en su calvario particular – no se lo digas
a nadie, le encanta leer esquelas y luego te las cuenta… tengo
que respirar varias veces antes de darle un chillido. Aunque me
he venido muy contenta porque la mujer ha descubierto un nuevo
pasatiempo: los programas de corazón. Se sabe todos los dramas
de los famosos. La única pega que veo en este entretenimiento
es que pone la televisión valenciana –el idioma es similar al
catalán- y no sé yo si se enterará de mucho, pero me consuela
pensar que si hace el esfuerzo de comprender aunque sean tres
palabras, lo doy por buenísimo ya que, en su edad, ejercitar la
cabeza es la mejor gimnasia, ¿no te parece?
La temperatura ha sido excelente, lo que ha permitido que
salieran todas las procesiones.
La
imaginería castellana es impresionante; el valor que sale a las
calles de Valladolid estos días es incalculable: desde Gregorio
Fernández a Juan de Juni. Muchas de las imágenes están en las
iglesias y otras en el Museo Nacional de Escultura. De todas
ellas, ¿cuál prefiero? Es difícil decantarme, Andrea, porque
los Cristos yacentes son de cortarte la respiración –lee el
poema de Rosa del Ecce Homo, te lo recomiendo. Es como si
hubiera tenido delante a uno de ellos-, un realismo tal que ves
y palpas hasta las venas. Las tallas de las Vírgenes son
soberbias, mi predilecta es la Virgen de La Vera Cruz. Tiene una
dulzura en su rostro y un dolor contenido que hace creer al
converso, te lo aseguro.
Mientras
paseas, las calles huelen a incienso y un sonido de corneta de
fondo te recuerda en la estación en la que te hayas. Tú al
vivir en una ciudad pequeña quizá no lo valores tanto, pero a
mí me impresiona mucho que, mientras caminas, hay silencio, el
sonido que te llega es limpio lo que te ayuda a ir pensando,
cosa que con el ritmo trepidante diario eso está vetado. Es
entonces cuando me reencuentro con la vida que dejé atrás al
casarme, pero que con voluntad y cariño, he sabido nivelar con
mi vida actual y así no perder mis raíces porque una persona
sin sus orígenes, ¿es alguien? Creo que necesitamos el ayer
para alimentar el presente.
El
procesionar por Valladolid, además de todo lo que te he
comentado, es irte abrazando con la gente que un día formo
pieza filosofal en tu vida: profesores, compañeras y, lo más
importante: tus amigos. Quizá porque no haya tenido hermanos,
los amigos son para mí, una extensión de la familia
fundamental. Con ellos has reído, llorado, has sabido conservar
el cordón umbilical y hoy, gracias a Dios,
mantienes viva la llama. Nos contamos la vida a
borbotones, entramos en una iglesia a rezar, tomamos un buen
vino, a ser posible un Pablo Barrigón o un Rivera del Duero.
Corremos calle abajo porque oímos el sonido de las gaitas que
anuncian la llegada de la Virgen de La Piedad… Todo es tan
real y vivo, Andrea, que cojo vida y vitaminas para el alma para
el resto del año.
Normalmente,
las procesiones salen a la caída de la tarde y así continúan
hasta las tantas de la madrugada. En esas horas la ciudad se
convierte en una Iglesia gigantesca y ambulante iluminada sólo
por las velas de los cofrades. En una de ellas –me salió del
alma- levantaron la Virgen con un enorme esfuerzo porque, ahora,
igual que en Andalucía, llevan los pasos a hombros, que grité:”Al
cielo lo que del cielo viene”… Soy muy folclórica,
Andreita, pero es que en Andalucía, esa frase, la dicen mucho
los capataces qué guían a los costaleros y yo olvidé que
estaba en la sobria Castilla. En fin, ni caso, di una nota de
color.
Hoy,
dos días después de mi regreso, vuelco a letra todas estas
sensaciones que me he traído y que quiero compartir contigo,
porque la vida sin compartir
no merece la pena vivirla. Además, ya sabes que soy como
un loro parlante: siento la necesidad de hablar aunque sea con
una hoja de papel y escribir es conocerse cada día un poquito más.
Contéstame
rápido y relátame lo que has hecho estos días aunque, creo
que las vacaciones en Italia son al contrario que en España, ¿no?
Tengo
unas ganas enormes de verte, de poder pasear contigo, de reírnos,
¿te acuerdas cuando viniste a Madrid? Nos marcó carácter a
todas. Ese grupete tan encantador que formamos junto a Carmen
Amaralis, Rosa, Marial, Eva, tú y yo. ¡Cómo nos escuchábamos
unas a otras!, ¡qué guapa y dulce me pareciste!, una mujer que
sabía estar, discreta, afable… Hay que repetirlo, Andrea. Si
Dios quiso que nos conociéramos, era por algo, de eso estoy
segura –mi Dios no hace nada gratuitamente- y el contacto
humano es fundamental para seguir caminando, ¿no te parece?
Cuídate
mucho y espero ansiosa noticias tuyas.
Un
beso enorme
Angelines
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La
respuesta
Grosseto
(Italia), 28 de abril 2.006
Querida
Angelines:
no
sabes cuánto me alegra haber recibido noticias tuyas. Se lee en
tus letras la felicidad del retorno a tu tierra, el retorno a tu
casa, el amor por un lugar de nostálgica sobriedad. Recuerdo mi
viaje por Castilla, hace 17 años, recuerdo la zona de la Mancha
con sus colinas desnudas coronadas por los gigantes quijotescos,
en un cielo que amenazaba tormenta y que dejaba escapar hilos de
luz dorada…creo que los recuerdos son directamente
proporcionales a la felicidad del momento.
Un
poco te envidio. Como nómada que soy, no consigo tener una
casa, ni raíces, sólo un pasado personal que guardo en la
maleta y cada tanto saco a tomar el sol y que hojeo con una
cierta melancolía.
Me
produce ternura lo que cuentas de tu madre, creo que un poco se
asemeja a la mía, pero, seguramente, nosotras no nos
pareceremos a ellas...somos una generación de mujeres a mitad
de camino entre el ayer y el hoy, ¿no crees?
Por
aquí no fue un gran período el de Semana Santa, pues siguió a
las elecciones que se llevaron a cabo en medio de una gran tensión.
Bien sabrás todos los hechos que siguieron y que se prolongaron
hasta hace pocos días atrás. La incertidumbre en la que quedó
sumido el país, junto con una grave fractura social entre
derecha e izquierda, hace presagiar tiempos difíciles. No será
sencillo para Italia superar su grave crisis.
En
verdad no hice nada de especial durante estos días. Además en
Italia, salvo por algunos eventos locales, se ha ido perdiendo
mucho el significado de
la Pascua. Por
mi parte, he ido perdiendo los Via Crucis de mi infancia hasta
convertir la celebración en un huevo de Pascua en regalo para
mis niños.
Es
una suerte que después de un invierno tan frío, ahora se haga
sentir
la primavera. Aquí
también los almendros han florecido y los blancos y rosas
pueblan las calles, los campos alrededor de la ciudad, al igual
que las colinas, han recuperado un verde intenso, y los prados
están cubiertos de pequeñas margaritas y de flores amarillas y
blancas. También comenzamos con los primeros paseos por la
playa, desafiando el viento Maestral que sopla muy fuerte en
esta costa, pero hay que tratar de olvidar los grises invernales
que siguen poblando el alma.
Recuerdo
con mucho cariño nuestro encuentro en Madrid, hace casi un año
atrás. Los pocos días que pasamos juntas fueron maravillosos.
Yo había perdido un poco la costumbre de abrazar y de sentir el
calor de los amigos, esa luz caribeña cálida y arrolladora de
Carmen, la sonrisa dulce de Marial, la gentileza tímida y el
afecto de Rosa y Eva, tu increíble y contagiosa simpatía y
salero. Me sentí en casa, como si nos conociéramos de toda una
vida. Sinceramente quisiera retornar las manecillas del reloj
hacia atrás en este año vivido a mitad. Me haría muy bien
volver a Madrid a encontrarme con mis amigos, a beber esa
cerveza que tengo prometida a Luís Alfredo, a reencontrarme con
esa exquisita dama que es Socorro…Estoy segura de que nos
volveremos a encontrar, quizá muy pronto. Después de todo nos
separa sólo un pequeño charco.
“When
there is the will there is a way” me dijeron hace poco, algo
así como “si existe la voluntad siempre se encuentra el medio
para hacerlo” (perdona el anglicismo, pero es un defecto
profesional como podrás imaginar), así es que no desecho la
posibilidad de darme una vuelta por los Madriles
para dar un “achuchón” (que es otra palabra que aprendí
allí) a mis queridos amigos.
Espero
que se cumplan todos tus deseos y que muy pronto podamos
reencontrarnos,
Un
beso grande,
Andrea
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