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Ahora estoy en lista de espera, y a la espera de la resurrección de la carne. Tres más, y me llega el turno para pasar adentro. Es curioso: desde aquí tengo la mejor perspectiva que había tenido nunca, porque, aún sin ojos, ya puedo verlo todo. Privilegio de desencarnados. Puedo ver el descosido de los raídos faldones del catafalco, el zurcido de la levita del Oficiante y hasta el detallito hortera de la greca circundando la urna para los “restos” –y bien sabe Dios que nunca mejor dicho, porque lo único que me queda son restos de mis múltiples naufragios previsores-.
Para
que vayas entendiéndome, te diré por qué siempre me encontrabas tan
incompleta. Todo empezó por mi adicción a oír lo que decían las
gentes del otro lado. Así me enteré, por Radio Futuro, de que No voy a entrar en más detalles, porque sé que tú me entiendes. Sólo quiero que me comprendas, ahora que te toca a ti dormir en la habitación de los fantasmas. Y quiero también que sepas que, a cada amenaza, respondí con contundencia: al cáncer de mamá, cortándome las tetas antes de que llegara; al de útero, haciendo que me dejaran hueca como una flauta de pastor antes de parir culebrinas de enojos; a la epidemia de caguina contraataqué “volando” los caños del aguadero… El riesgo del contagio de los besos de todos los Judas promisorios lo atajé cortándome los labios; la lengua cayó antes de pronunciar el peligroso nombre de las cosas. Y, para no vomitar las bilis del olvido, me desclavé la yel. Cada una de mis cautelas tuvo su precio en sangre. Pero, mal que bien, seguí viviendo, ajena al miedo de que me alcanzara cualquiera de esas epidemias que amenazan a quien osa vivir a corazón abierto. No te vi llegar; ya estaba ciega. Me había arrancado los ojos antes de llegar tú, para evitar el llanto. Nadie me dijo a tiempo que los Machos Cabríos de la manada, además de intoxicar los pulmones con sus estornudos, podrían instalarse en el corazón como cualquier filaria perruna. Te hiciste mi inquilino. Pero, en el pecado llevas la penitencia. No me diste tiempo a arrancarme el corazón antes de que me lo colonizaras y, cuando empezaste a dolerme, tuve que acudir al último recurso que me quedaba: pegarme un tiro en la cabeza. Demasiado tarde he comprendido que hubiera podido vivir sin corazón, pero que no puedo vivir sin cabeza. Tenía que verme en esta situación de privilegio que ahora domino desde aquí para entender esa simple y única verdad: la cabeza es el último refugio del miedo que me mata. Y aquí me tienes, en lista de espera, a las puertas del horno crematorio, sin pulmones, sin tetas, sin útero, sin intestinos, sin labios, sin ojos y sin yel. Y con la cabeza estallada como una sandía en galería de entrenamiento. Pero con el corazón intacto. Y contigo dentro del corazón, Amor agusanado. Te lo dije: no es bueno cerrarse las puertas a la espalda. Acaba oliendo a moho. Pero, no temas. Ahora te quemarás conmigo en este último refugio de fuego que nos queda.
Gaviola
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