1810
RETRATO DE UNA ISLA
Mi madre está empeñada en que yo no sea como mi padre.
-Que, entre tanto marino y tanto maestro artesano como
hay en esta Isla de León, si quieres ser algo, tienes que conocer
bien las letras y las cuatro reglas –me repite una y otra vez.
Y aquí estoy, que van ya para cuatro años de
aprendizaje, encerrado en una habitación, redactando una
composición sobre los sucesos que estamos viviendo estos días, y
que luego –que me aspen si me equivoco- rubricará con su nombre el
señor Cayetano antes de presentarlo a su amo como si se tratase de
un trabajo personal. Que el hombre se pone a contarme lo que ve, y
parte de lo que le dicen, y en seguida, ale:
-Escribe sobre esto que te acabo de contar, que un buen
escribano debe de saber contar y comentar lo que le dicen.
Luego, para hacerme ver lo importante que es esto de
oír cuanto se mueve a tu alrededor, van los dos, el maestro y mi
madre, y me aconsejan:
-Hijo, hay que estar en el mundo y aprender lo que éste
nos enseña.
Aunque mucho me temo que esto de que aprenda del mundo
es sólo palabrería; si no, ¿a cuento de qué viene que me manden al
desván y me pongan a escribir, o a averiguar cuantos pasos he de
dar para recorrer de punta a rabo la calle Real, sabiendo que cada
paso mide…? Quien quiera saberlo que se dedique a andar y cuente
los pasos que hay, digo yo. Y a mí, que me dejen ir a jugar con los
amigos que nada saben de letras, andan a la que salte, y se mueven
más que un garbanzo en la boca de un viejo: del colegio de las
monjas a la Casa de Comedias, de ahí al castillo de San Romualdo,
luego, a donde haga falta y suene un real. Así, cada día le dan
diez vueltas a la Isla, que es como dárselas al mundo entero. Ellos
sí pueden decir que están en el mundo y aprenden de él.
Claro que, como yo no quiero ser menos, y por lo que
pueda pasar, guardo para mí una copia de cuanto entrego al dichoso
escribano éste que, convertido en maestro, bien me explota como
criado para cobrarse sus lecciones.
Y, en estos ejercicios que me guardo, bien me cuidaré
de que quede constancia de muchas cosas que, por discreción y
seguridad de mis orejas, no aparecen en los papeles que para mi
maestro redacto.
Entre ellas, las que nos traemos Vicente, el sobrino de
su amo, y yo. Esas me las guardo; que por mucha sangre azul que
digan que tiene, me temo que es pura mentira. Al final, resulta que
es tan roja como la mía. ¿Sangre azul? ¡Sí, hombre! Ganas de decir
tonterías, porque yo bien que manché de sangre mi sable de madera
con el último mandoble que le di. Y era roja, tan roja como la de
este pobre aprendiz de escribano. Que me sospecho yo que, como dice
mi abuela, “más diferencia hay entre apellidos que entre
chiquillos”. Claro que, al menos, no se enfadó ni nada.
Y eso que
su tío es un héroe… Dice el señor Cayetano que el 29 de diciembre
del año pasado, lo hicieron prisionero los gabachos en la batalla
de Barranco Hondo, pues antes de anochecer ese mismo día ya se
había escapado. Digo yo que Vicente tiene la madera de su tío,
bueno, lo dice su madre. Y se pone de orgullosa…
-¡Carajo! Que me diste y bien –refunfuñó cuando le di
el sablazo.
-Esto son
juegos de críos –dijo la mujer de Cayetano cuando nos vio entrar a
escondidas para lavarnos los restos de sangre-, si los mayores se
matan, ellos se apalean. Y vosotros, hijos, ya tenéis pelos en las
piernas como para andar haciendo niñerías…
-¡Vaya mierda! -protestó Vicente, a quien le gusta
usar palabrotas, como las que dicen los marinos en los barcos-.
Somos grandes para usar sables de madera y muy niños para usar los
de verdad.
Esa es una de nuestras penas, que con trece años, no
tienes edad para nada, ni para ser niño, ni para ser mayor. Aunque
estés a punto de cumplir los catorce, como yo. Con las ganas que
tenemos de enrolarnos en un falucho de las Fuerzas Sutiles como el
que manda su tío... Sobre todo cuando oímos a mi madre decir que la
gente de esos faluchos es tan valiente que se las tienen tiesas con
los gabachos por los caños. Gabacho que asoma el bigote por la
orilla del caño, gabacho que lo pierde.
Pues nada, eso de “sois unos críos” está ya tan manido
que hemos decidido que, en cuanto tengamos presencia para engañar a
los de la leva, nos enrolamos como Voluntarios. Se va a enterar mi
madre de lo que es un hombre… Porque, encima, siempre están
poniendo de ejemplo a mi padre, a un tal don Dionisio Alcalá
Galiano, pariente de Vicente, que también murió en Trafalgar cuando
mi padre, y a todos cuantos, según dice el señor Cayetano, regaron
con su sangre aquellas aguas hace unos años. Este don Dionisio era
amigo del amo de mi madre, y su hijo don Antonio, que volvió a
Cádiz cuando empezó el jaleo con los gabachos, viene de visita a
casa de vez en cuando y escribe…
Ese sí que sabe escribir y no el señor Cayetano. Hasta
entra en el Colegio de la calle Real, y luego escribe sobre las
discusiones que allí se forman… Por cierto, que el señor Cayetano
nos ha prometido referirnos algo de lo que se cuece en ese colegio
desde que vinieron a él los señores del Gobierno de la Nación. Que
desde unos meses para acá, con esto de que los gabachos se han
hecho los amos de España, más parece que nuestra nación enterita
está aquí, en la isla: militares, obispos, los señores de la Junta
Central, gentes de toda América...
Otro señor
que escribe muy bien –al menos eso dice el amo- es un tal Pepito
Robles, amigo de don Antonio Alcalá Galiano. ¡Y tiene que ser más
peligroso cuando agarra la pluma…! Bueno, por lo menos, cuando él
viene a casa, los demás hablan como si temiesen que tome
nota de las conversaciones. Don Francisco Javier, el amo, dice que
escribe en los papeles de “El Conciso”, que es un periódico que lee
toda la gente de la Isla y de Cádiz, y que es progresista. Que yo
aún no sé muy bien lo que es ser progresista, que es algo así como
mirar al futuro. Al menos, eso es lo que yo saco en claro.
Otro de los amigos que vienen a jugar a casa del tío de
Vicente -que es donde el señor Cayetano nos da sus clases-, es
Antonio Zayas. El padre de ése sí que manda: es general. Ha estado
por un montón de sitios peleando contra los gabachos, pero no con
guerrillas, sino con un ejército de soldados de verdad, con
uniforme y todo.
-Mi padre
manda un ejército tan grande como el que mandaba el General
Castaños cuando lo de Bailén –presume cuando hablamos de la guerra.
Antonio cuenta que está ahora con sus soldados en el
Cerro de los Mártires, y que desde allí vigila los movimientos del
enemigo. Cuando éste acerca al caño de Sancti Petri, avisa para
que, desde los faluchos de las Fuerzas Sutiles, le den para el
pelo.
Y les disparan bombas de verdad, de esas de 24 libras
formadas por saquitos de metralla, no como las bombas de plomo que
lanzan los gabachos desde Matagorda. Que son tan tontos que, para
que el viento de levante no se lleve sus bombas a la quinta puñeta,
no se les ocurre otra cosa que cambiarles parte de los explosivos
por plomo. Y claro, las bombas ya no se van a matar peces a la
Caleta, pero como no explotan ni nada, la gente del barrio de la
Viña se lo ha tomado a guasa. Pepito Robles lo contó en “El
Conciso” con tanta gracia que el tío de Vicente me hizo escribir un
resumen para leérselo a los marineros de su tripulación.
-Aunque no
os lo creáis –nos decía el otro día el señor Cayetano-, esas bombas
sirven para algo. Oíd, oíd esta canción que se canta por Cádiz y
veréis para lo que sirven:
Con las
bombas que tiran
los fanfarrones
se hacen las gaditanas
tirabuzones.

Pero las bombas que tiran los faluchos, esas hacen daño
de verdad. Bueno, a lo que iba. Todavía no había dicho que el tío
de Vicente se llama don Juan José de Villavicencio. Y su escribano,
que es el señor Cayetano, es quien me está enseñando las letras,
las cuatro reglas y algo de latines. De camino, entre ejercicio y
ejercicio, también hago algunos recados para los tíos de Vicente. Y
si hay que llevar algo de un sitio a otro, pues aquí estoy yo.
Que
puestos a pagar las clases con mi trabajo, lo que más me gusta es
ejercer de recadero. En cuanto realizo las tareas, me voy a la
cocina. Allí me dan un panecillo y algo de fiambre que me zampo en
un decir amén, y luego, me mandan a llevar tal o cual cosa a alguno
de los muchos señores que andan por aquí… Que desde que llegaron
los gabachos, hay que ver la de gente importante que vive en la
Isla. Hasta un monseñor al que los amigos llamamos el obispón, pues
es más ancho que alto, y dicen que es de los que más mandan en la
Isla y en España.
Vicente y Antonio me acompañan a escondidas. Dicen que
sus padres no les permiten salir a hacer recados porque es cosa de
gente humilde. Pero es que lo pasamos tan bien y aprendemos tanto
del mundo…
Un día nos encontramos con Sixto, sobrino del
escribano, que es mayor que nosotros. Estábamos por los alrededores
de la Casa Consistorial viendo a los señores principales que
entraban y salían. El caso es que como aquella gente no paraba,
nosotros nos dedicamos a ir detrás de ellos, riéndonos de su manera
de hablar, oyendo sus conversaciones y enterándonos de más de una
de las trampas que, entre buenos modales y puñaladas traperas -al
decir del señor Cayetano-, se dedicaban unos a otros. Pues si yo
dijera dónde se metía más de uno de aquellos padres de la nación…
Hace un par de años, cuando Vicente y yo éramos unos
críos, Sixto nos llevó a uno de aquellos sitios.
-Una casa de mujeres malas –nos dijo-. Pero ahí no
podemos entrar los niños.
-Entonces… ¿qué hacemos aquí?
-Nos colamos en el patio que hay a la entrada de la
casa. Y, como de vez en cuando se asoman a la puerta las mujeres
malas, nos metemos con ellas…
-Pero si esas mujeres son malas ¿por qué entran ahí
tantos señores?
-Porque a los hombres les gustan las mujeres malas, so
tonto.
Pues un día nos metimos, y nos ocultamos en el patio,
detrás de unos sacos que había amontonados. Desde allí, vimos a
mucha gente. Hasta el señor Cayetano entró y saludó a una de
aquellas mujeres, que salió a abrirle la puerta. Pero a mí no me
pareció una mujer mala: era joven y guapa, y lo saludó con mucho
cariño.
-¡Hijo de puta! ¡Vaya suerte que tiene mi tío! –dijo
Sixto-. ¡Anda que no está buena!
-Entonces, esa mujer no es mala –dije yo.
-¡Pues claro que es mala…!
-Pero, ¿no has dicho que es buena?
-Otro día te lo explico –me dijo, sin aclarar nada.
El caso es que tuvimos que salir corriendo a escape sin
podernos meter con nadie por miedo a que el señor Cayetano, que
estaba dentro, se enterase.
Ahora, un par de años más tarde, hemos vuelto a ir… Y
resulta que los señores principales, esos que están viniendo para
reunirse en la Casa de Comedias, también van a esas casas… Y el
señor Cayetano, con su pata de madera y todo, aún sigue yendo, que
lo hemos visto más de una vez y siempre sale a recibirlo su amiga
de siempre.
Bueno, creo que no había dicho que el señor Cayetano es
cojo. Estuvo embarcado un tiempo hasta que en una batalla que hubo
antes de la de Trafalgar, también contra los ingleses, un cañonazo
se llevó por delante su pierna izquierda. Por
eso,
cuando volvió a la Isla, el comandante de su barco lo recomendó a
los señores de Villavicencio, y desde entonces es su escribano.
Porque
el señor Cayetano era huérfano. Antes de enrolarse en la marina,
había estado de novicio en un convento de Cádiz donde, como era muy
despabilado, aprendió latines y todo. Lo que pasa es que, como no
tenía dinero, se metió en el negocio del contrabando, y escondía el
material en su celda del convento hasta que iban a recogerlo los
marchantes.
El caso es que, en uno de aquellos trasiegos de
contrabando, se formó una gresca en la fachada trasera del
convento, justo debajo de la ventana de su celda y hasta tuvo que
intervenir el obispo.
Poco tiempo después de aquello fue cuando el señor
Cayetano se enroló en el Bahama, un barco que mandaba don Dionisio,
el pariente de su amo.
-Como que si no se embarca, mi tío va derechito a la
cárcel –dice Sixto.
Manuel Cubero
