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Web Master: Gaviola

 

 

Tánger en la memoria

                IsaMar  

 

 

 

 

 

 

 

 

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TÁNGER EN LA MEMORIA

 

 Los almíbares de su pasado fluyen convertidos en lágrimas de sangre de un presente que se agria por segundos.

 La tierra que me vio nacer, pero que apenas tuve tiempo de vivir, fue el paraíso soñado para todos cuantos arribaron sus costas desde innumerables partes del mundo, hasta mediados del siglo XX, imprimiéndole así su sello de ciudad cosmopolita por todos los rincones del planeta.

 Por el Boulevard Pasteur, no era difícil encontrarse con cantidad de artistas que por el transitaban; escultores, pintores, músicos, escritores, etc., se daban cita en los innumerables cafés existentes en la zona, todos ellos de diferentes razas y lenguas que la dotaron de una mezcla de culturas sin precedentes en aquella época.

 La plaza del Zoco Grande, en el principio de la parte vieja de la ciudad, atrapaba al transeúnte con el olor a mil especias surtidas que en los tenderetes eran expuestas al público, en platos blancos rigurosamente ordenados. Toda la plaza estaba cuajada de puestos de flores, dulces, frutos secos, telas, cacharros, todo un placer para los sentidos.

 La plaza del Zoco Chico, era una pequeña plaza rodeada de cafeterías. Aquí no había mercados pero si, todo tipo de negocios entre comerciantes sin comercios, inversores y buscadores de fortuna.

 El faro Spartel, divisaba la arena blanca de la playa  y proyectaba su luz sobre las aguas cristalinas que bañaban el horizonte. Era el guardián de aquel oasis de paz, de aquella playa virgen, sin rival en cuanto a belleza.

Ocasos castaños y estrellas de colores, envolvían la ciudad de norte a sur, y de este a oeste, rezumando una mezcla de olores exóticos  que se alojaban  en mi piel, y donde hoy aún mi nariz  conserva su esencia plenamente  como si fuera ayer.

Aquellos tiempos de mieles se transformaron en barro podrido que arrancó de cuajo mi raíz de su cielo, cambiando de repente el rumbo del destino. Nada ni nadie pudo frenar  la ambición de una independencia absurda, un caos que la sumió en la más absoluta de las miserias, arrastrándola hacia un coma irreversible.

 Hoy veo agonizar al sol que mira a un mar teñido de azabache, cubierto de  sombras de pateras asesinas,  donde  miles de corazones sin apenas oxigeno, se debaten entre la vida y la muerte; presos inocentes condenados a cadena perpetua que piden a gritos  clemencia , pero el mundo no tiene oídos.

 Mientras tanto, millones de almas repartidas por todo el universo, lloran  por esa tierra castigada que les abrió las puertas del edén de  par en par, atesorando en la memoria los dulces recuerdos que para siempre añoraran sus retinas, esas que se quedaron encandiladas eternamente por la luz de la ciudad hospitalaria que siempre fue y será mi querida Tánger.

 Isamar. / Septiembre/2006

       

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