Web Master: Gaviola

 

 

El Restaurante

                 Emma Rosa   

 

 

 

 

 

 

 

 

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       EL RESTAURANTE


             Aquel lunes, a la una en punto de la tarde, el hombre no llamó demasiado la atención. Con incipiente calva, gafas de montura plateada transparentando unos ojos ligeramente saltones y traje gris
con corbata de rayas, entró por la puerta del restaurante aspirando por la nariz como si estuviera oteando el horizonte.

            Habló con el camarero y tras decir que quería comer, se sentó en la mesa que le indicaron, leyó el menú y, sin más ceremonia, pidió su comida:

            -Por favor, me trae sopa de cocido y pollo asado con ensalada. Para beber, agua fría con una rodaja de limón. Ah, y espero que no tarden mucho en servirme; tengo el tiempo bastante limitado.

            Se dedicó a observar a su alrededor: el local era pequeño, el sitio perfecto para sus planes. Un negocio familiar que anunciaba comida casera y buen trato a los posibles clientes que, normalmente, quedaban tan a gusto con los servicios prestados que terminaban convirtiéndose en asiduos.

               Apenas habían pasado cinco minutos cuando le sirvieron el primer plato. La sopa estaba muy sabrosa y dio cuenta de una buena ración pero, cuando probó el pollo, frunció el entrecejo y llamó al camarero, le dijo que aquello no se podía comer, que estaba reseco y duro como cartón. Y no, no quería que le trajeran otra cosa; sencilla- mente tenía prisa y se le había quitado el hambre. Pagó su cuenta y se fue.

               Al día siguiente, martes, el mismo hombre volvió a entrar en el restaurante a la una en punto de la tarde. Tras hablar con el camarero -que se asombró de verlo otra vez  después de lo que había pasado-, se sentó en la misma mesa y pidió su comida:

-Por favor, me trae una sopa de pescado y un chuletón con ensalada.

               Como el día anterior, y con la misma rapidez, nuestro hombre se comió su buena ración de sopa y, después, al probar la carne, volvió a arrugar el entrecejo alegando que estaba demasiado crudo, prácticamente sin hacer. Pidió su cuenta y se marchó otra vez, sin aspavientos y sin llamar tampoco la atención; ninguno de los escasos clientes que había a esa hora se habían percatado del incidente, y el camarero se limitó a encogerse de hombros y recoger los platos.

               Al tercer día, el miércoles, el mismo cliente misterioso. La misma ceremonia. Esta vez eligió una crema de verduras que degustó tranquilamente y, cuando probó la merluza en salsa, se quejó otra vez. Según él tenía un olor raro como si no estuviera fresca. Pagó su cuenta y se marchó casi tan rápido como había entrado.

               El jueves, el camarero, que ya había dado por sentado que el cliente aquel tan extraño no aparecería más por allí, creyó que tenía alucinaciones al verlo aparecer de nuevo a la una en punto, y empezó a sentir curiosidad por saber cómo se desarrollarían los aconte- cimientos. Su tío, que era el cocinero, se había disgustado al principio, pero él le había ido calmando, sugiriendo que era un tipo raro, y que igual estaba chalado; que, mientras pagara y no alborotara, mejor dejarlo estar.

               Le sirvió una sopa de tomate y verduras que, como siempre, desapareció en seguida del plato del comensal y, después unos espaguetis que aunque parecían apetitosos se quedaron casi sin probar, la excusa esta vez fue que estaban demasiado cocidos y pastosos.

               El viernes, el camarero, según se acercaba la una de la tarde, ya estaba pendiente de la puerta y de la mesa para que no la ocupara nadie; tenía los nervios a flor de piel. Su tío se había tomado ya muy mal la escena del día anterior y había dejado claro que si volvía a aparecer por allí aquel estúpido le serviría él personalmente la comida. Para rematar la mañana, habían tenido problemas con los proveedores, y el cocinero estaba de un humor insoportable.

               El hombre del traje gris entró por la puerta, esta vez su ropa era azul marino y traía un maletín en la mano. Se sentó a la mesa y pidió una sopa, pero no especificó de qué, dijo simplemente que le encantaban todas y que lo sorprendieran.

               Cuando el joven se presentó en la cocina con semejante petición su tío le contestó mientras le lanzaba una mirada fulminante:

            -¡Así que se ha atrevido a volver, eh! Pues esta vez le atenderé yo personalmente.

               Sirvió sopa en un plato y le echó diversos ingredientes y, dándole la espalda, agregó algo más que su sobrino no supo ni quiso adivinar lo que podría ser.

               Se acercó con el plato a la mesa y, con una extraña cara de circunstancias, se dirigió al cliente:

            -Una sopa especial de la casa, para un cliente muy especial. Veamos ese paladar tan fino que tiene usted si distingue los sabores –añadió en tono retador.

               Nuestro hombre, sin decir nada, revolvió el líquido y, sacando un botecito de plástico, empezó a verter dentro cucharadas de sopa.

              El cocinero se puso lívido y le preguntó con inmenso terror si era un inspector de  Sanidad o algo así. Pero el extraño cliente le contestó con absoluta tranquilidad.

            -¡Oh, no!, no se preocupe por eso, buen hombre. El analista es mi hermano, yo soy psiquiatra; estoy haciendo un estudio comparativo sobre la capacidad de aguante y las distintas respuestas y reacciones que tienen las personas sometidas a un estrés predeterminado y ante situaciones extrañas que no pueden controlar.

              Cerró el botecito, se lo guardó y, guiñándole el ojo, añadió con una gran sonrisa:

            -Quédese tranquilo, su secreto estará a salvo conmigo. Ah, y que conste que su comida es fantástica. A veces me dio auténtica pena tener que marcharme dejándola intacta.

               Y, diciendo eso, se levantó y se marchó, esta vez sin pedir la cuenta.


Emma Rosa

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