Web Master: Gaviola
El Restaurante |
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LAS TAZAS DE MI ABUELA Cada estancia de la casa de mis abuelos era como un pequeño museo, cada rincón con su propia personalidad. El perchero-paragüero a la entrada, siempre parecía firme, como si de un soldado se tratara custodiando un castillo; a la derecha los paraguas, a la izquierda los bastones y coronando las perchas el abrigo y el inseparable sombrero de mi abuelo, y en una repisa, casi a ras del suelo, el gato de porcelana, siempre quieto: “no sé toca, eh”.”No, abuelita, nena no toca”, -contestaba yo, agarrándome las dos manos detrás de la espalda para evitar tentaciones. El dormitorio grande con sus muebles de caoba, el esbelto armario con sus hermosos espejos y el juego de tocador, siempre intocable, cada pieza colocada sobre los pequeños tapetitos, impolutos, de ganchillo blanco, elaborados por las ágiles manos de mi abuela. La pequeña salita, una auténtica joya para la vista, con sus paredes llenas de retratos, imitando árboles genealógicos, sólo bodas y comuniones, éramos muchos los nietos y había que compartir el espacio; sobre las repisas: las fotos de los recién nacidos, entre libros, figuritas delicadas, y otras no tanto, como las maracas o la pareja de negros zumbones traídos de Cuba. Y el comedor, con sus sobrios y rotundos muebles de roble, mudos testigos de tantas comidas familiares. En la esquina, y dentro de una vitrina, la reproducción a escala de un buque trasatlántico: “barcos que hacían las Américas y traían a los indianos de vuelta a casa, al menos los que regresaban con posibles. Y dentro del Aparador, guardadas al fondo, el juego de tú y yo, oriundo también de Cuba: las dos tacitas rosadas, de exquisita forma, se diría que fueron hechas a capricho de un escultor, ni cuadradas, ni redondas, con sus platitos a juego. Eran como un tesoro y se usaban en contadísimas ocasiones. Mi abuela tenía una tradición muy curiosa que empezó de casualidad: cuando su hija mayor llevó al novio por primera vez a su casa para presentarlo, ella, les sirvió a los futuros esposos el café en aquellas tazas, que por alguna extraña razón no se usarían hasta que su segunda hija llevó a su prometido, y así se convirtió en una tradición familiar, primero con sus hijas y luego con sus nietos y bisnietos; era como un ritual, mi abuela no decía ni que sí ni que no, sencillamente, si le gustaba el candidato, sacaba las tazas y servía el café, si no lo aceptaba o aún no estaba segura, las dos tacitas seguían reposando en el fondo del armario. Han transcurrido casi treinta años, desde que mi abuela nos sirvió a mi novio y a mí el café por primera vez en aquellas tazas, y desde aquel día, me dije a mí misma que yo solo quería de herencia aquel “tu y yo”. En marzo se cumplirán seis años de la muerte de mi abuela, y las tacitas, reposan desde entonces en el fondo del armario de mi hogar, ahora, recordando aquellos tiempos, me pregunto, si yo también algún día con mis hijos y mis nietos, seguiré con la tradición de mi abuela. Emma Rosa |
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