Web Master: Gaviola
La Plaza crucificada |
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“La plaza crucificada” o El Barrio Butteler en primavera (Caticrónica)
Para aquellos lectores que hablan de la melancolía de muchas de mis crónicas y que aún así, gustan de ellas… …………………………………………………………………………………………….
“Siglo veintiuno sin
Discepolín,
“Ya fue” Letra y música de
Ignacio Copani La manzana se está cayendo del mapa de Parque Chacabuco. Parece Tupac Amaru, disputada por Boedo y Pompeya. A pocas cuadras del “Viejo Gasómetro” –antiguo Estadio de San Lorenzo de Almagro- para sus fieles seguidores -entre los que toda mi familia se cuenta oprobiosamente reemplazado por un hipermercado francés, aparece aquel que porta el pretensioso nombre de “barrio” dentro de mi Barrio. Es un cuadrado de apenas cien metros de lado cuyas diagonales (todas con el mismo nombre que honra a Azucena Butteler, la propietaria de la tierra en que se construyeran las modestas casitas de techos horizontales) vuelven a crucificar al autor de Yira Yira y Cambalache, su Biblia y su calefón en una plaza que lleva su nombre.
Es el 21 de septiembre, comienzo de la primavera por aquí, y en un día de
atmósfera diáfana y cielo azul camino por Senillosa y Zelarrayán sintiendo
que, con mi presencia, violento una realidad hecha de adoquines y
malvones, de pava, mate y bizcochitos. Estoy casi, casi, después del
paredón, parafraseando a Homero Manzi. Todo tiene un aire
melancólico, de pobreza. Digna, pero pobre al fin. Un impertinente color
gris se mezcla con el blanco y crema de las modestas casas y con el color
del jacarandá que verdea allá, a lo lejos. En este cuadrado en el que
vivieran el intérprete del bandoneón “Tití” Rossi y el músico rosarino
Juan Carlos Baglietto, las melodías se intuyen aunque no suenen, y puedo
percibir las dos vertientes que también fluyen en mi vida: el tango, de la
mano de mi padre, de esta ciudad y del ayer y el rock, que me alcanza
Fernando, mi hijo con las realidades de un hoy que me esfuerzo por aceptar
y comprender. En silencio respetuoso, como llegando tarde a una Misa cotidiana, me adentro, siguiendo la calzada de uno de los brazos de la cruz -y descartando, por estrechas, las aceras- en la plaza que lleva el nombre de Enrique Santos Discépolo. Me pregunto qué diría Discepolín al verse, ojos de ciego, gracias a la mano burlona de algún gracioso, en el modesto bronce de un busto que no pinta de cuerpo entero su desgarbada y particular estampa, para dar honra a él y a sus inolvidables tangos. Y me conmuevo al girar la cabeza y contemplar, en pleno mediodía, su letra corporizada “in situ” porque en uno de los bancos, cubierto con una frazada, duerme alguien que debe haber encontrado, sin ninguna duda, secas las pilas de todos los timbres que apretó.
¿Le gustaría a aquel que murió sin la compañía de muchos de sus amigos
-por defender un movimiento, el peronista, que para él representaba una
forma de darle lugar a aquellos que nada tenían- este rincón de Buenos
Aires cuyos letreros ni siquiera se ponen de acuerdo? Es que hay varios en
los que Doña Azucena se llama “Buteler” con una sola t mientras en otros
esa letra se duplica. ¿O consideraría este detalle como una muestra más
de las incoherencias cotidianas que tan bien sabía denunciar en sus
letras? Creo que, a pesar de todo, preferirá poner sus ojos en el sueño de juventud de aquella muchachita que, sentada en un banco adornado con filetes, mercadea flores con el vendedor ambulante ataviado con una brillante camiseta azul y oro que lo convierte en hipotético blanco de algún trasnochado integrante de la barra de “El Ciclón” que se reúne en esta plaza por las noches. Discépolo no puede responderme. Me deja con los enigmas de una vida que adivino crucificada igual que la plaza que lleva su nombre. Tal vez, por la indecisión y la falta de coraje para romper el vínculo con su mujer, la dominante Tania y hacerse hombre de verdad, más allá del dolor de su orfandad, o, quizás, porque la lente de su alma de niño grande estaba graduada en “orsay” y percibía demasiado la miseria humana. Pero, a pesar de su silencio y de la tristeza que alienta en éste, su “rincón-barrio” de mi Barrio, una bandada de palomas alza vuelo como si quisiera llevarme a los murales de las esquinas que se abren a las avenidas La Plata y Cobo, en un intento por reconciliarme con un hoy en el que, por momentos, siento que Discepolín y su cuota de dolor, humor y amargura siguen teniendo tanta vigencia como cuando él escribió su desencanto y su tormenta.
Los murales, realizados en el 2004 por alumnos de varias Escuelas de Arte de la Ciudad, rinden homenaje al compositor con colores e imágenes relacionados con sus creaciones. Intentan tener personalidad propia y no copiar el colorido violento que cubre Caminito. Veo reflejados a Buenos Aires y el tango en los pinceles de los jóvenes, y agradezco a las palomas que me marcaron el rumbo hacia sus pinturas porque la savia nueva, pienso, es el mejor remedio para las melancolías y, tal vez, habrá más de un Discépolo encubierto en los pibes que templen la guitarra aquí, alguna noche, el próximo verano, en la placita del Barrio Butteler.
© Cati Cobas Tangos a los que la crónica hace referencia: Yira Yira, Cambalache, Sur, Desencanto y Tormenta. Vals: Sueño de juventud. Todos, salvo Sur, son de autoría de E. S. Discépolo.
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