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Web Master: Gaviola

 

 

Viaje con Tanit

                 Aurelio  

 

 

 

 

 

 

 

 

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VIAJE CON TANIT

 

Pasan los años rápido cada sesenta segundos. Es un misterio que, cumplidos los cincuenta, nadie se explica; sin embargo, llegado a esta edad, reconozco que no vale la pena seguir creando nuevas ruinas y desaciertos con la pretensión de mejorar lo que sólo son espejismos de felicidad.

 No quiero esas dudosas compensaciones de un más allá que no conozco, sólo quiero que mi vida se realice plena contigo, total, aquí y ahora. Compartir todos los placeres del cuerpo. Mostrarme humano. Juntos, exacerbar los sentimientos entre las sábanas.

 A mil kilómetros hora; a una altura de nueve mil ochocientos metros; soplando un viento de cola a ciento ochenta kilómetros hora; soportando setenta y un mil kilos de peso. Ahí abajo está Túnez. Las nubes flotan y pasan por el cielo                o se desvanecen lentamente. Como modernos aníbales sobre los lomos de un enorme elefante volador, y a una temperatura exterior de cincuenta y ocho grados bajo cero…, y hay aún quién dice que los milagros no existen.

 El horizonte se aleja en cada paso que doy. No miro atrás para no convertirme en estatua de sal. Estoy avaro de emociones, lejos del tedio. Cualquier cosa que sucede llena el tiempo sin matarlo. Escribo, apunto, amarro las palabras de la experiencia para que no venga luego el remordimiento del olvido. Sin embargo, pienso que escribir es más peligroso que jugar a la güija, porque hay en las cosas un misterio que se oculta y para que jamás puedan ser entendidas. Es difícil atrapar lo sucedido en palabras para contarlo; por eso mismo quiero, desde el principio, describir lo real para alcanzar sólo lo verdadero.

 Sin duda, la verdad se oculta detrás de las palabras y éstas, como racimos de cerezas, se enredan en mi cerebro e impiden trazar el pensamiento para fijarlo con la permanencia de la tinta sobre este papel blanco. Escribir es asomarse a un lugar que ya no es, ya no existe, pero quiero dejar constancia de lo que sé de él y de lo que en él encontré y aún persiste en mi memoria.

 DÍA 1:

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Quizás en remotos tiempos fui moro bereber, o cristiano viejo e incluso musulmán, o judío expulsado del reino de Granada; hasta quién sabe si cartaginés, fenicio, romano, vándalo, bizantino, pirata barbazul, o turco otomano, por los múltiples rasgos belicosos que descubro entre mis defectos. Es posible. Ahora regreso a una patria antigua como turista curioso, deseoso por pisar la tierra que dejé en la antigüedad, donde yace mi cadáver de otro cuerpo orientado la cabeza hacia la Meca.

 Ridha, que significa “Alegría en la satisfacción” nos recibe en el aeropuerto. Es moreno de tez cetrina, culto y muy educado. Es de esas personas que suelen abrir la boca para decir sólo palabras importantes y saben escuchar afirmando con la cabeza. Más tarde, descubrí que también sabe mirar a lo lejos, más allá de la realidad aparente. Piensa, como yo, que la sinceridad es más sabia que la hipocresía porque te lleva más lejos y te hace sentir mejor dentro del pellejo. Conoce mil historias y leyendas de su país. Está casado y tiene dos hijos. Es practicante activo de los preceptos del Corán. También, como todos los de esta tierra, es altivo y orgulloso, intuyo que sea por motivos de un cierto complejo trastocado de conquistadores a conquistados por hordas estúpidas en estos tiempos de globalización, donde ahora les corresponde alimentarse tan sólo del turismo y de la agricultura.

 He conocido un colosal anfiteatro en El-Jem. Un gigantesco coliseo romano, construido en el siglo III, con una capacidad de treinta mil personas. Recuerdo en él antiguas riadas humanas deseosas de sangre pasear por sus galerías abovedadas y sentase en los graderíos de piedra alrededor de un ruedo elíptico para disfrutar de los gladiadores que luchan hasta morir. Aquí es donde una vez tú fuiste leona y yo esclavo cristiano; entonces ya te indiqué, con el dedo, que comenzaras primero por el cuello y continuases, lentamente, saciándote con el resto. Aún hoy siento tu rugido y el placer de ser devorado mi corazón en el país de las cosas mudas.

 Escribo: Gozo de la carne que te doy, lo mismo que mi cuerpo, del tuyo, recibe.

 Aquí la vida parece suspendida, inmóvil, lejos de las estridencias de las prisas de otras grandes ciudades. Encuentro en este paisaje, como un olor a infancia que soy incapaz de explicar.

 Desde este minibús, lleno de ojos, observo a la población. Multitud de niños y jóvenes entrando o saliendo de las escuelas están por todas partes. Las mujeres visten con la “mellia” clásica árabe de colores extraños en su mezcla: azul y púrpura, marrón y verde, naranja y negro; chocantes ocres con rojos. Son muchachas hermosas estas hembras morenas, mediotapadas y muy pocas enveladas; sus manos pintadas con tatuajes de henna, y perfumado su cuerpo de almizcle con aromas de jazmín. Los muchachos son atléticos y hermosos; algunos llevan la “chechia” -una especie de gorro redondo de fieltro de color rojo encendido- y ofrecen ramitos de jazmín blanco a un dinar. Su dedicación, casi exclusiva, es la venta de mil repetidas baratijas, en un incesante regateo en los zocos que aprenden de sus más de tres mil años de historia. Todos los chicos y las chicas gesticulan y ríen.

 Anoto: Juventud: divino tesoro que se agota en horas. Primavera y adolescentes en flor de sementera.

 Trato de ser respetuoso ante la contemplación de todo lo que me rodea. Mi presencia anónima y la actitud desinteresada de las personas me dan el valor suficiente para atreverme a fotografiar sus vidas sin esa sensación repelente de curioso y descarado extranjero.

 En la estepa crece, espontáneo, el esparto, formando matorrales donde, después, las mujeres lo arrancarán doblando la cintura y, junto con los ancianos, harán cestas y bolsas con estas fibras de color verde seco. Mientras, los maridos esperan sentados al fresco de la calle, en grupo, fumando tabaco en pipa de agua. Toman el té negro o verde, absortos, miran pasar el tiempo y también esas bandadas alegres de gorriones antiguos piando como locos entre el polvo y el olor a estiércol.

 

DÍA 2:

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Por el norte, en la carretera que atraviesa el Sahel -la parte más fértil del país- voy pensando y tratando de adivinar la vida de otras costumbres, en otros olivos cuidados en diagonal geométricos, en otras vides iluminadas por el sol y dispuestas ya para madurar la uva. Campos donde hay verdes granados, y árboles de pistachos en brote, y limoneros, naranjales, albaricoques, y melocotoneros; altas palmeras y pastos débiles de verde para el ganado de ovejas, cabras, burros o dromedarios.

 Más al sur, por la misma vía que conduce a Libia y después a Egipto, al fondo a la derecha, aquellas montañas áridas del Atlas se funden con el cielo azul, y son como transparentes entre la bruma de la distancia que marca la frontera con Argelia. El paisaje se hace monótono, me entretengo observando los adelantamientos temerarios de los escasos vehículos en circulación, o escucho, con los ojos cerrados, “Passión”, esa música bíblica de Peter Gabriel que parece transportarme en una especie de Caballo de Troya con ruedas por esta antigua tierra.

 A ambos lados de la carretera, hay múltiples puestos de venta ambulante de gasolina del contrabando “legal” procedente de las refinerías de Trípoli.

 Encuentro a mi paso escasas poblaciones dispersas, con algunas casas pintadas de rosa o rojo indicando al viajero de la venta y consumo, ahí mismo y en el acto, de carne de cordero, cabra o dromedario a la brasa. Por este motivo cuelgan los animales, sangrantes y despellejados, exponiéndolos al sol y a las mosca y la vista de aquel que pasa rumbo a la Meca. La cabeza de un dromedario cuelga de un gancho de carnicero y parece observarme al otro lado de la ventanilla como invitándome a comer su cuerpo ya dispuesto en trozos de carne para la venta.

 Aún más al sur, con dirección al desierto del Sahara, se percibe que estas gentes aman el espacio abierto. Los poblados son casas diseminadas de forma y modo que es el vacío lo que más llama la atención. No se percibe en apariencia ningún plan que regule u ordene las viviendas en los poblados, y no existen las calles, aceras, alumbrado o alcantarillado. No buscan “adosarse” con los otros quizás por reminiscencias a una forma de vida independiente y aislada en el desierto (ya casi perdida). Las viviendas sólidas están a medio construir, en cualquier sitio y sin huir del sol; son como jaimas muy feas, de ladrillos y cementos, que nunca parecen terminadas por causas económicas, o  quizás,  a la espera de continuar la obra cuando algún hijo se case y decida establecerse entre un nuevo andamiaje.

 Por aquí, la poca agricultora es de secano: garbanzos, trigo duro, cebada, avena, centeno, alubias, y algún que otro árbol sediento, solitario como el sol.

 Me viene una frase a la cabeza y la anoto: Soy trigo que da pan.

 Me sorprende el poblado de Matmata por sus viviendas escavadas en las montañas áridas y arenosas, donde el mayor trabajo del día es obtener el agua suficiente para seguir viviendo. Viven unas seiscientas familias trogloditas beréberes en su interior. Son morenos de piel, casi negros. En las entradas a estas cuevas-vivienda aparecen dibujadas, torpemente en azul, manos de fátimas y colas de pescados para ahuyentar el mal de ojo. Para estas gentes del desierto, me sobran razones para pensar que es una victoria el estar vivo en un continuo sufrir de privaciones. Todo esto es un inmenso nido levemente habitado, lleno de polvo sin vida y ausencias. Bajo el cielo azul, sólo piedra, barbecho y arena.

  

DÍA 3:

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Tengo ante mí, por primera vez, un paisaje desconocido: el desierto. Una tierra inestable y cansada, fatigada por un sol duro que ablanda cualquier voluntad y ansiosa de agua. Es una belleza terrible, solitaria. Más que arena es acúmulo de polvo. Es un inagotable mar seco o el mismo fondo marino sin agua con las huellas del persistente oleaje de vientos calientes sobre las dunas. Su color es bello a cualquier hora del día, fascinante allá  donde la vista alcanza. La nada envuelta en arena y azul en un horizonte circular lejano.

 Los ojos ayudan a componer el paisaje de inmensa soledad, donde no hay lugar concreto ni huella de ningún paso que haya caminado antes por ella. Es una tierra muerta. Es una tierra inútil, plena de historias, de calimas y siglos, de fatigas y de amarguras. Bajo la arena se pueden oír los gritos de dolor y los aullidos de mil batallas; esqueletos del pasado que ningún arqueólogo desentierra.

 Un puñado de esa arena caliente, finísima, es como polvo que se escapa entre los dedos. No hay sombras sin luz y aquí todo es luz sin sombras que daña la piel y seca los ojos. El calor que cae es de plomo derretido.

 Azules y ocres suaves, amarillentos puros de sol, naranjas sobre púrpuras de nácar. Paisajes de nómadas y fascinación y donde la nada parece ser el sentido mismo del misterio de la vida. No observé zarzas apagadas ni maná caer del cielo, sólo un bello silencio abierto. En la oscuridad de la noche, el enigma de las estrellas sobre el oscuro azul del cielo cóncavo, es el mejor espectáculo del mundo. A tu lado, esa multitud de estrellas, tan cercanas y luminosas, dibujan pecados sobre nuestras cabezas en esta soledad erótica inmensa.

 Absorto voy observando, sentado junto a la ventanilla. El paisaje se diluye a lo lejos en una neblina seca de calima. Algún que otro nómada busca pastos para el ganado con la paciencia de un dromedario, entre alguna que otra pita e inmensas chumberas. Le salen al paso bandadas de pájaros alzando el vuelo sobre su cabeza, enloquecidos por su cercana presencia. La vida aquí es difícil. Se añora el verdor de la hierba y, es tan ancho este espacio libre y plano, que caben en él todas las penas del mundo y aún sobra espacio en este inmenso suelo de arena.

 Escribo: Nada sobre nada; da el sol a plomo.

 Yo también veo pasar el tiempo. Es una manera de decir. Pequeñas aldeas desiertas donde apenas unos chiquillos o ancianos se dejan ver, y alguna que otra mujer muy tapada va deprisa de una casa a otra. Las calles parecen desiertas y tan solo se mueve el lento asentarse del polvo sobre la suciedad dispersa.

 Después de amar, anoto: Sobre la cama y a la luz de la luna me paso las noches enteras haciendo compañía a mi estrella. Alborotan los pájaros con su siringe ahí fuera mientras amo. Y el tiempo se detiene. Prendido a ella toda la noche no renuncio a nada y menos al placer. Mis madrugadas son lúcidas, sin fatigas ni sueños.

 

DÍA 4:

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Existen lagos secos de sal, eriales salinos donde los espejismos son el reflejo del deseo de todo aquello que no existe, y pájaros de incesante piar en inmensos oasis de palmeras dulces que producen los mejores dátiles del mundo, los llamados “dedos de luz”. Aquí las construcciones son ocres, pobres, como belenes bíblicos y, un poco más allá, las dunas de arena se apoderan ya del paisaje. Vence el desierto.

 Sorprende el sonido de su idioma que es el árabe, aunque la mayoría son bilingües y hablan también francés o cualquier otro idioma que se requiera para el negocio de los bazares; aquí todas las españolas son llamadas Maricarmen, quizás, por esa querencia de jardines que tienen todos los pueblos del desierto (Carmen=Jardín).

 El dialecto bereber, chelha o tachelnit sólo se habla en pueblecitos aislados del interior. En Túnez, el bereber es una lengua hablada; carece de escritura.

 Los baños públicos o “hamman”  son el lugar ideal para relajarse y charlar de la vida con los tunecinos. Después de un baño tibio de calor húmedo y sudor, es una tortura deliciosa sentir ese masaje, legado por los turcos, desentumecer y desanudar cada una de las articulaciones entre quejidos de satisfacción más parecidos al llanto que al jadeo del orgasmo. 

 Sentir que el tiempo pasa sin importancia alguna, dejando atrás esos pequeños proyectos inmediatos que nos atontecen el momento. Dejar fluir la vida respirando las fragancias de un buen té negro, acompañado de unos dátiles naturales; dejar mecer la vida por múltiples placeres diminutos. Tomar un zumo de palmera, ese jugo de savia macerada al sol, como aquel que reconoce en su boca sabores perdidos y siempre, muy cerca, mi odalisca de los deseos a la altura de los labios.

 Es increíble estar frente a los deseados y magníficos mosaicos que se conservan en el Museo del Bardo, son testimonios romanos hermosos, donde muestran la vida y costumbre de aquella época pasada. En una cámara, cubierta de azulejos y cúpula de revoco esculpido, pude contemplar, al fin, el famoso mosaico de teselas del siglo III que representa a Virgilio y a las musas Clío y Melpómene.

 Más tarde caminé sobre las termas romanas de Antonino y entre las ruinas de Cartago. Apenas queda nada de la antigua ciudad púnica porque recuerdo que Escipión nos hizo demoler cada edificio, y nos mandó echar sal sobre sus ruinas para impedir que volviera a brotar la más débil brizna de vida en ese lugar.

 Sumergirse en la historia dejando volar la imaginación, releyendo a Herodoto, o la Eneida, o Salambó, en las espléndidas playas de Hammamet, Souse, Monastir o Madhia…

 Dejo anotado: Anoche soñé con máscaras sardónicas de feroces facciones distorsionadas; con tesoros púnicos de piedras preciosas y alabastros; con lámparas de aceite adornadas con cabezas de ancianos cuyas barbas son las mechas. Soñé con las estatuas funerarias de mármol. Después fui bautizado en una sala paleocristiana en cuya pila bautismal se encontraba el mismísimo San Agustín. Soñé con imponentes estatuas de bronce y bustos de piedra. Con unos pies y una cabeza de un Júpiter gigantesco. Con hermafroditas enanos y con un Apolo bellísimo. También soñé contigo entre columnas rosadas asomadas al Mediterráneo. Te despojabas del vestido, cubriéndote tan sólo con una sonrisa, y avanzabas hacia mí. Toqué tu cuerpo con amor reverente, como si de un objeto sagrado se tratase, y que acaricio, comulgo y beso.

 

DÍA 5:

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 En otra época sé que fui niña púnica sacrificada a la diosa Tanit (la antigua Astarté de los fenicios) y mis restos funerarios fueron cenizas depositadas en urna de piedra junto a otras mil más hoy desenterradas.

 Fue en el oasis de Tozeur, donde suena la música tradicional árabe con influencias andaluzas y turcas. Es de una percusión hipnótica, con instrumentos tribales de piel de cabra y por otros de viento, muy rudimentarios, que arrastra a participar en un baile alegre y desinhibido, donde los pies y el cuerpo se funden alegres con la dicha del balanceo púbico y una sonrisa siempre. Esa música es algo que corre por mi sangre como un fuego secreto que alimenta mi entusiasmo, y parece no tener principio ni fin en el cuerpo de esa mujer hermosa que inflama y seduce. Es un gozo sensual que tiene su colofón al día siguiente, cuando dejo las sábanas revueltas y salgo del hotel temprano con el amor bien hecho.

 Dejo anotado: Soy también mi sexo. A tu lado lo erótico se contamina de religión. Demasiada carnalidad que excita mi alma y sofoca mis sentidos con la calma de tu sexo.

 El oasis de Kibilis fue escenario del comercio de esclavos, donde, en otra época, fui nómada almohade capturado y comprado por la caprichosa sultana de Tarik.

 Douz es la puerta al desierto del Sahara. Un bello oasis de miles de palmeras y cultivos. Un infinito trinar de pájaros invisibles me deja aturdido, además del fuerte olor que desprende el sudor y la mierda de innumerables rebaños de dromedarios dispersos y cansinos. Estos están siempre dispuestos para pasear a un “beduino” como yo, sentado en sus cachas como un torpe Lorenzo de Arabia. Son extraños animales fatigados que me miran con la paciencia y el saber de lo estúpido que puedo llegar a ser.

 Pequeños paseos por calesas de lata pintadas con fuertes colores, y arrastradas por mulos o borricos de pueblo. Es para aprovechar el tirón del viajero deseoso por desplazarse, y ver aquello que sólo se alcanza con la vista sin ninguna necesidad de moverse del sitio.

 Al lado de la carretera observo cementerios de inexistentes muros que separen a los vivos de los muertos.  Esas altas murallas las construye el sentido común, incapaz de ver el misterio que delimita el presente con un futuro pretérito más cerca cada segundo. No hay cruces y quizás ya ni muertos. Solo manchas blancas sobre la tierra baldía o una piedra áspera orientada a la Meca. A los muertos se los entierra sin cajas, sin ataúdes, sobre la tierra caliente, envueltos en mortajas de sábanas muy blancas y muy limpias. Mi alma presiente otros cuerpos aquí enterrados que en otros tiempos la albergaron.

 Anoto: En momentos de desolación y tristeza busco el calor de otra mano en la mía y siempre la encuentro. He nacido para amar el placer sobre tu cuerpo las veinticuatro horas de cada segundo. Tú pueblas mis noches de amor interminable. A tu lado, soy capaz de contar una a una  las estrellas de ese firmamento oscuro; aunque a veces pienso que ya hemos tocado el velo de Tanit, de Isis, y nuestras almas inocentes serán inmoladas en las fauces de Moloch.

 

DÍA 6:

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 He sido devuelto a la vida varias veces. He regresado desde la muerte, que es a donde voy en las próximas horas, para luego volver otra vez, una y mil veces. Esto lo digo sin estar bajo los efectos de ninguna droga, sólo por la alegría de saberme vivo aquí de nuevo. Aquí estoy más vivo que nunca. Respiro hondo, feliz, como quien respira vida. Ahora se muy bien que el mayor pecado es disimular los sentidos y tratar de confundir al corazón.

 La gastronomía en Túnez es distinta y a la vez parecida. Simple para el paladar que reconoce cada uno de los componentes que lo integran. Desde el aceite de oliva y el uso incesante de especias como el anís, el cilantro, romero, tomillo, comino, albahaca, alcaravea, canela, azafrán..., y las deliciosas sorpresas picantes cuando menos te lo esperas. Es el cuscús a base de sémola de trigo, legumbres, verduras, cordero y pollo cocido al vapor, una delicia siempre y acompañada por ensaladas frescas con queso de cabra y con aceitunas negras. Son excelentes los vinos de escaso cuerpo. Los postres son dulces de almendra, mermelada de higos y miel. Después, un té negro, verde, a la menta, o con piñones, o un café turco, o un zumo de naranjas sanguinas, o agua de rosas, o una copa de licor de Boukha obtenido del destilado de higos, o del rico Thibarine de dátiles y plantas aromáticas, para terminar todo, como es menester, con una erótica siesta…, y cuanto desperté, tú todavía estabas allí.

 Paseo por estrechas callejas, por sus arcos adornados de la medina y sus zocos que me hace sentir como un intruso en un cuento de las Mil y una noches; sólo soy interrumpido por los molestos vendedores de “souvenirs” (que no son cosa nueva, que ya otros lo hacían hace mil años)

 Un beduino no es un bereber sino un habitante del desierto, sinónimo de nómada, de pastor trashumante. Hay muchos beréberes que siguen siendo nómadas y otros no. Los encuentro, muy dóciles y atentos, en hoteles sirviendo copas de alcohol, sólo permitido a imbéciles como yo. Este pueblo está muy repartido entre Egipto, Libia, Argelia, Marruecos y Mauritania.

 Por el setecientos once volví Al-Andalus a lomos de un precioso caballo árabe, atravesé Gibraltar y Gadir para llegar a la bella Córdoba; yo era el orgullo de mi jefe Tarik.

 Este pueblo y su arquitectura de cúpulas y alminares, de mezquitas elegantes y exóticas, de puertas azules, del color del azul de cielo (enemigo de los insectos) me atrae irresistiblemente.

 Aquí, después de los romanos, llegaron los vándalos y bizantinos. La palabra “vandalismo” se usa desde entonces por la castración y desnarigamiento de todas las estatuas y bustos romanos que estos vándalos del norte realizaron con saña y desprecio. Hay mucha sangre tunecina en cada uno de mis genes almohade, pero ninguna de vándalo.

 La belleza y hermosura de la mezquita en Kairouán ya estaba presente en el cisma del Islam entre sunnitas y chiitas, aquí, entre sus magníficas murallas y las letanías en los múltiples minaretes, fui concubina de un califa Omeya.

 Por este mar Mediterráneo, y en estas costas, navegué con corsarios y piratas barbarojas, saqueadores de guarniciones españolas y fue donde un prisionero llamado Cervantes me contó la historia de un loco que pretendía escribir si le ayudaba a escapar del agujero infecto donde se pudría.

 Desde la ventana se ve el mar. De él llegan hasta aquí murmullos y voces. En la noche, el Mare Nostrum está cubierto de luces multicolores; en esa líquida piel antigua se reflejan hilillos de luz infantil. Es un espejo oscuro y a la vez luminoso, encerrado, viejo, maltratado por una polución industrial desmedida.  El mar reluce con reflejos que dibujan en el agua un firmamento nuevo, incluida esa  luna de yeso con agujeros. Miro las estrellas con el vértigo de saber que ni una sola vida basta para llegar a la más próxima debido a su inmensa distancia.

 Escribo antes de regrasar: Mientras este cuerpo viva despierto, arderé de pasión y quemaré cada átomo del corazón de hombre que ahora habito. Con amor, con sentimiento, con locura, con poesía, con erección y ardiente orgasmo. Por la bragueta me salvo del infierno aunque, tal vez, sea esta la causa de mi perdición futura. Soy un genio agazapado en la lámpara de tu corazón en espera de esos tres deseos; aunque, a veces, soy un canalla con una sonrisa en mi hocico y una lágrima en tus ojos.

 Vale la pena estar en el mundo, lo sé por experiencia; por eso desprecio a aquellos que se juegan la vida en cualquier actividad peligrosa.

 En esta tierra aprendí muy pronto a decir “aslama” (buenos días) y “bislama” (adiós). Salen de mis labios, como besos, para este hermoso pueblo y sus gentes, aquí, donde yo nací y morí tantas veces en otros tiempos.

  

© Mayo-2006 - Aurelio García

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