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AQUEL
PUEBLO DEL VALLE D'AFUEVA
Es el cementerio de mi pueblo.
Crisantemos y tristeza abundan sobre las tumbas de
tierra y nichos. Está amaneciendo.
Las flores que adornan las sepulturas
son numerosas, tantas, como caricias y besos dejamos
de dar a muchos familiares y amigos cuando estaban
entre nosotros.
La senda que va del pueblo al
camposanto da vueltas a la cruz de cemento que se
levanta a pocos metros de la fachada. Las mariposas
azules presagian buenos augurios. Nunca he creído en
su simbolismo… hoy he visto una, y he recibido
noticias, buenas noticias. El vuelo de las azules,
van desde la cruz hasta las flores que adornan las
tumbas, pasando por la verja de la puerta. Las de
otros colores olvidaron el recorrido.
Una plaza de toros con carros
agrícolas se ha montado en la plaza mayor. Gran
cantidad de personas subidas a ellos. Son las fiestas
patronales. Un hermoso toro tordo sale furioso de una
caja de camión en el cual ha sido transportado. Rugen
los espectadores. La fiesta estalla, hermosa y
española.
No se… estoy enterrando los mosquitos
de mi tristeza. Parece ser que me estoy dirigiendo
hacia un destino feliz. O, ¿tal vez? el destino es
atractivo, lúcido, y extraordinario porque ahora amo
de verdad.
Beth, te dejé porque descubrí que tu
mirada estaba vacía… algo pasaba. ¡Ay!… si hubiera
podido hacer un nudo celta con tus besos… Un paisaje
boscoso rodea las casas. Piedras musgosas acariciadas
por un pequeño río indolente.
Este musgo profundo, en este valle, me
recuerda que es cierto. Al otro lado, hay un mundo de
hadas, de dioses y de héroes.
Escribo ahora apoyado sobre estas
piedras monacales venidas de los más ignoto por el
camino que abrieron las oraciones de los monjes de
probada fe, con palabras silenciosas que volaron
hacia… pero, no consiguieron que se convirtiera el
monasterio, tras su abandono, en un montón de ruinas.
Ahora mi alma es una huella sobre al agua, un sueño
que se consume. Solo quiero pensar, escribir… ¡no!...
no sé describir tanta paz. ¡Cómo agitan sus ramas los
abetos! Y, no es de la brisa… estos árboles están
escribiendo en el libro de los siglos, la historia
del monasterio. Estoy seguro que en el próximo
solsticio, sobre el dolmen de Tella, bañado por las
primeras luces que se hundirán más y más en mi pecho,
me transformaré en habitante de un mundo poblado de
seres soñados.
La cadiera, con más de un siglo de
existencia, marca el territorio del lar, sobre ella,
se van reflejando las llamas del fuego que parece
danzar al compás de la melodía "Forever loving" que
suena en el interior de la cabaña.
Recuerdo cuando fui tirando trozos del
viejo amor para huir con el nuevo. Éste, tiene ojos
oscuros, más sexual, más misteriosa, más trasgresora…
con ésta soy capaz de hazañas imposibles. Corremos,
sobre el bien y el mal, pálidos de locura, sin
contaminarnos, y como Eufemo, veloces sobre las olas,
sin mojarnos.
Eloísa y yo, escuchábamos con poderosa
fascinación las notas de "Noches de blanco satén",
abrazados delante del hogar. Nuestras sombras
parpadeaban sobre el suelo de la cabaña, muy juntas,
como una sola.
Antes de separarnos, quisimos ver como
se transforma en azul los pájaros al volar. Abrazado
a su cuerpo que desprendía olor a cerezas, posé mi
rostro sobre su vientre que temblaba como las flores
en los prados. Escuchamos como los abetos golpeaban
el horizonte, y como la tarde empujaba para dar paso
al crepúsculo, que, lleno de magia, deseaba mirarse
en sus ojos de gacela.
Tumbados en el prado, recibimos un
baño de luna joven. Y nuestras manos se apoderaron de
sus misterios. Abrimos nuestros cuerpos de par en par
para recibir nuestras caricias como burbujas de
colores, como sortijas de un amor que brilla en un
paraíso imposible. Nos perdimos en la orilla de una
eternidad que no nos pertenece.
Al amanecer salimos cogidos de la
mano. Ella, acariciada por el viento suave, se alejó
de mí hasta confundirse entre la lejanía del valle.
Somos dos grandes árboles que gritan.
Cuando no nos acaricie el viento, seremos astillas en
brasa, que daremos vida a un fuego eterno.
JOSÉ ÁLVAREZ ARNAL "Atho"
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