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EL JARDÍN DE CONCHA

Hoy entré en tus paredes tapizadas de flor marchita; Mordí el polvo
de los tiempos mientras desenterraba recortes de tu vida. El
silencio hacía eco a mis pisadas para reinventar tu huella en plata
sobre fondo gris.
Me dije que escribir es vivir otras vidas y me convertí en rehén de
tu memoria.
Desempolvé el cofre de recuerdos sin mancillar, empaqueté tu vida y
me la traje a la mía; hoy la contemplo en todo su esplendor.
Eras distinta y lo sabías.
Vital y soñadora. Tierna y mimada te hicieron quien abasteció tus horas
de enjambres y pistilos, de dulces sueños escondidos en los recovecos de
tu alma.
Al llegar al otoño de tu camino, volviste los ojos al pasado pero,
no fue antes del invierno, cuando evocaste pasajes de un lejano ayer
bañado de rosas y espinos. Allí te refugiaste, un rincón donde las
hojas ocres bailaban un vals y tu cuerpo se vestía de seda
violácea.
El suelo se cubría de un manto dorado y tus pies eran dos alas
volando por los recuerdos.
Unos ojos, achinados por la luz, sonreían mientras el abanico de sus
pestañas jugaba al despiste... Así eras tú en el papel sepia donde
te
contemplo.
No eras la instantánea de una foto, tus vestigios te delataban así
como la huella de tu ser que no será olvidada.

Prendiste un jardín en tu solapa para ver de cerca lo hermoso y
bello de tus recuerdos. A él llegaron los aromas de lavanda y
jazmín
y a su sombra esperaste tu hora magna.
Ahora, relato sobre tus surcos, despejo telarañas, bruño el metal de tus
enseres, el cristal opaco de un tiempo que retorna en toda su
belleza...
Sigo
el rastro del agua fresca que sustentó tu historia en ese lugar inédito
para mí.

En
este amanecer bermellón me paseo por tu jardín, Concha, en busca de tu
eco. Las palabras, a veces, despistan. Sin embargo, la memoria
ayuda a recordar y sé que algo te debía...
Mª Ángeles Cantalapiedra |