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Sin pasaje

                     Andrea Zurlo

 

 

 

 

 

 

 

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SIN PASAJE

         Sentado en el banco habitual, con la maleta ajada de inútil espera a sus pies, Luigi sacó el reloj de bolsillo con gesto ampuloso. Eran las once y media: la hora de la nueva vida. Su amigo, Nicola, decía que siempre hay que recordar los momentos importantes, y él llevaría escrita esa hora con tinta indeleble.

         Su amigo también le comentó que, por aquellos pagos, bastaba poco para ser bautizado de nuevo. Y era cierto. Apenas llegado al puerto, un señor de bigotes oscuros, y pelo de escoba asomándole por debajo del gorro del uniforme, le escribió en el documento ‘Luis Chelini’, sin querer oír explicaciones, y así quedó anulado ‘Luigi Celini’ para sí mismo y para la posteridad.

         La ciudad enorme se extendía ante él llena de ruidos ficticios y extraños a su quieta llanura de niebla. Sabía que le esperaba un largo viaje, y que no iba a ser tarea sencilla encontrar a los parientes y amigos desperdigados y de paradero incierto que partieron sin destino antes que él.

         Comenzó su peregrinar de inmigrado en un tren que, alejándose de la ciudad entre chirridos metálicos, devoraba tapiales bajos y descoloridos, corriendo hacia casuchas pobres, rodeadas de gallinas que picoteaban tranquilas antes de la cacerola, y que se desvanecieron en el paisaje ahogadas en un verde sin límites, cada tanto quebrado por un manojo de árboles urgentes, mientras que una pequeña humanidad dejaba sembradas miradas expectantes desde las ventanillas del tren.

         La locomotora amainó su marcha en un puerto sin nombre y Luigi prosiguió su viaje en un barco perezoso, oxidado y doliente, que se arrastraba por un río de aguas marrones saturado de verdor y de mosquitos voraces. Un viaje lento aguas arriba, donde conocería a unos fulanos de mala fama: uno que llamaban “Chango”, y que tendría unos quince años, pero al que ya le despuntaba en la cara la vida acuchillada dos puertos más adelante; el “Gordo”, que yacía desparramado sobre dos sillas, sin poder mover su mole inmensa y grasienta; y otro, sin palabra ni apodo, que llevaba un cigarrillo apagado pegado en el labio y que estafaba a los pasajeros con los naipes. Luigi se les adosó esperando compañía y ellos le aceptaron esperando desplumarle, pero lo salvó el capitán que, viéndolo tan joven, lo mandó donde el inglés que talaba árboles y daba un pedazo de tierra para sembrar algodón y, entonces, el Chango, el Gordo y el mudo sin apodo se convirtieron solo en otro recuerdo, otra anécdota, como todas las que contaba Nicola en las noches de invierno, con su voz quebrada de vejez y nostalgia juvenil.

         Había pasado el medio día cuando Luigi sacó de nuevo el reloj de bolsillo. El sol confuso y otoñal rompía las nubes golpeando sobre sus ojos ancianos, que ya no distinguían la figura del barco alejándose. Levantó con esfuerzo ese cuerpo cada día más ajeno y pesado, y alzó la maleta que no conocía otro destino más que un muelle del que nunca partió, ante las miradas entre risueñas y compasivas de los hombres del puerto.

         Mientras emprendía lentamente el camino hacia casa, Luigi se volvió para despedirse hasta el día siguiente de ese mar que arrastró lejos sus sueños y jamás se los devolvió, y oyó la voz del guardián que lo perseguía flotando en el aire con la pregunta diaria:

         - ¿Dónde fuimos hoy, Luigi?

         - A ningún lado...sin pasaje.

 

 

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