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SIN
PASAJE
Sentado en el banco habitual,
con la maleta ajada de inútil espera a sus pies,
Luigi sacó el reloj de bolsillo con gesto ampuloso.
Eran las once y media: la hora de la nueva vida. Su
amigo, Nicola, decía que siempre hay que recordar los
momentos importantes, y él llevaría escrita esa hora
con tinta indeleble.
Su amigo también le comentó
que, por aquellos pagos, bastaba poco para ser
bautizado de nuevo. Y era cierto. Apenas llegado al
puerto, un señor de bigotes oscuros, y pelo de escoba
asomándole por debajo del gorro del uniforme, le
escribió en el documento ‘Luis Chelini’, sin querer
oír explicaciones, y así quedó anulado ‘Luigi Celini’
para sí mismo y para la posteridad.
La ciudad enorme se extendía
ante él llena de ruidos ficticios y extraños a su
quieta llanura de niebla. Sabía que le esperaba un
largo viaje, y que no iba a ser tarea sencilla
encontrar a los parientes y amigos desperdigados y de
paradero incierto que partieron sin destino antes que
él.
Comenzó su peregrinar de
inmigrado en un tren que, alejándose de la ciudad
entre chirridos metálicos, devoraba tapiales bajos y
descoloridos, corriendo hacia casuchas pobres,
rodeadas de gallinas que picoteaban tranquilas antes
de la cacerola, y que se desvanecieron en el paisaje
ahogadas en un verde sin límites, cada tanto quebrado
por un manojo de árboles urgentes, mientras que una
pequeña humanidad dejaba sembradas miradas
expectantes desde las ventanillas del tren.
La locomotora amainó su
marcha en un puerto sin nombre y Luigi prosiguió su
viaje en un barco perezoso, oxidado y doliente, que
se arrastraba por un río de aguas marrones saturado
de verdor y de mosquitos voraces. Un viaje lento
aguas arriba, donde conocería a unos fulanos de mala
fama: uno que llamaban “Chango”, y que tendría unos
quince años, pero al que ya le despuntaba en la cara
la vida acuchillada dos puertos más adelante; el
“Gordo”, que yacía desparramado sobre dos sillas, sin
poder mover su mole inmensa y grasienta; y otro, sin
palabra ni apodo, que llevaba un cigarrillo apagado
pegado en el labio y que estafaba a los pasajeros con
los naipes. Luigi se les adosó esperando compañía y
ellos le aceptaron esperando desplumarle, pero lo
salvó el capitán que, viéndolo tan joven, lo mandó
donde el inglés que talaba árboles y daba un pedazo
de tierra para sembrar algodón y, entonces, el
Chango, el Gordo y el mudo sin apodo se convirtieron
solo en otro recuerdo, otra anécdota, como todas las
que contaba Nicola en las noches de invierno, con su
voz quebrada de vejez y nostalgia juvenil.
Había pasado el medio día
cuando Luigi sacó de nuevo el reloj de bolsillo. El
sol confuso y otoñal rompía las nubes golpeando sobre
sus ojos ancianos, que ya no distinguían la figura
del barco alejándose. Levantó con esfuerzo ese cuerpo
cada día más ajeno y pesado, y alzó la maleta que no
conocía otro destino más que un muelle del que nunca
partió, ante las miradas entre risueñas y compasivas
de los hombres del puerto.
Mientras emprendía lentamente
el camino hacia casa, Luigi se volvió para despedirse
hasta el día siguiente de ese mar que arrastró lejos
sus sueños y jamás se los devolvió, y oyó la voz del
guardián que lo perseguía flotando en el aire con la
pregunta diaria:
- ¿Dónde fuimos hoy, Luigi?
- A ningún lado...sin pasaje.
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