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Sobre separaciones y distancias

                     Andrea Zurlo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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SOBRE SEPARACIONES Y DISTANCIAS

(Lugares)

Viajes y movimiento no responden a una única lógica.

En nuestro Adn queda un gen del nómada, del movimiento como artífice de la supervivencia.

En la época de la primera guerra mundial, mi abuelo se puso en movimiento desde Italia a Argentina. Emigró escapando de la guerra y del hambre, de una miseria que en algo se asemeja a esa del África actual, pero que se acompaña a una idiosincrasia y a un período histórico totalmente diferentes. Esa acción era, para muchos, un punto de separación: las promesas caían pisoteadas por los kilómetros, las cartas se perdían en perezas y en viajes interminables, hasta que la distancia cumplía su cometido de separar irremediablemente.

Para otros, significó un cambio de vida, pero no una separación definitiva de la tierra de nacimiento, de la ‘patria’. Sin embargo, también podía dar origen a un sentimiento de incertidumbre, un no ser ni de aquí ni de allí, un no querer volver, un no querer irse. La sensación de no pertenecer, de un océano sumergiéndonos.

Una historia infinita que afecta a una multitud de gente en continuo movimiento: quién por necesidad, quién por voluntad, quién por obligación o por persecución. Cambiamos lugares llevados por una onda gigante que ahoga a muchos, en la que perecen millares, que permite que algunos lleguen a la costa, y que deja triunfar a unos pocos.

Ciertas veces los lugares quedan impresos en la piel y en el alma, otras los cancelamos.

Se puede navegar entre dos océanos, ser una planta híbrida que no hecha raíces en ningún sitio, que crece respirando distintos aires, que vive nutriéndose de cualquier lluvia y de cualquier tierra, que absorbe la luz de cualquier cielo. Y esa planta podrá germinar en cualquier parte, dará sus frutos híbridos, perecerá en cualquier lugar, la cubrirá cualquier tierra, para volver a ser polvo arrastrado por el viento, sin destino.

El lugar más importante, aquel que nos llevamos siempre a cuestas no tiene que ver con la tierra, está escondido dentro nuestro, es el que reservamos a los amores y a los desamores, a las pasiones y a los dolores, a las alegrías y a las tristezas, a los recuerdos. Un espacio con cajones donde plegar días nublados y grises, sonrisas perdidas, memorias imposibles, ocasiones olvidadas, ocasiones perdidas. Y es allí donde anidan, para muchos, la separación y la distancia, con sus telas de araña y sus vidrios empañados de lágrimas.

La separación es la acción de alejarse, la distancia es la magnitud que la mide. Ambas guardan una fuerte interrelación.

Cuando la separación y la distancia afectan nuestros sentimientos, nuestros afectos; cuando sabemos que hemos perdido lo amado en la distancia; cuando la separación se convierte en realidad innegable, en acto ineludible, y la magnitud de la distancia no se acorta tampoco con las palabras mentidas y siempre más débiles, pérdidas en ecos de kilómetros, cuando la vida ya no puede ofrecer la posibilidad del reencuentro, es entonces que nos resuena en los oídos la palabra NUNCA, esa palabra que no habríamos jamás querido oír…nunca, never, mai, jamais, niemals, aldrig…

Y el tiempo no cancela la separación y la distancia, esa herida que no cicatriza, y deja un lugar en nuestras entrañas destinado a contener una memoria, muchas veces, imborrable y dolorosa.

 

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