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SOBRE
SEPARACIONES Y DISTANCIAS
(Lugares)
Viajes y movimiento
no responden a una única lógica.
En nuestro
Adn
queda un gen del nómada, del movimiento como artífice
de la supervivencia.
En la época de la
primera guerra mundial, mi abuelo se puso en
movimiento desde Italia a Argentina. Emigró escapando
de la guerra y del hambre, de una miseria que en algo
se asemeja a esa del África actual, pero que se
acompaña a una idiosincrasia y a un período histórico
totalmente diferentes. Esa acción era, para muchos,
un punto de separación: las promesas caían pisoteadas
por los kilómetros, las cartas se perdían en perezas
y en viajes interminables, hasta que la distancia
cumplía su cometido de separar irremediablemente.
Para otros,
significó un cambio de vida, pero no una separación
definitiva de la tierra de nacimiento, de la
‘patria’. Sin embargo, también podía dar origen a un
sentimiento de incertidumbre, un no ser ni de aquí ni
de allí, un no querer volver, un no querer irse. La
sensación de no pertenecer, de un océano
sumergiéndonos.
Una historia
infinita que afecta a una multitud de gente en
continuo movimiento: quién por necesidad, quién por
voluntad, quién por obligación o por persecución.
Cambiamos lugares llevados por una onda gigante que
ahoga a muchos, en la que perecen millares, que
permite que algunos lleguen a la costa, y que deja
triunfar a unos pocos.
Ciertas veces los
lugares quedan impresos en la piel y en el alma,
otras los cancelamos.
Se puede navegar
entre dos océanos, ser una planta híbrida que no
hecha raíces en ningún sitio, que crece respirando
distintos aires, que vive nutriéndose de cualquier
lluvia y de cualquier tierra, que absorbe la luz de
cualquier cielo. Y esa planta podrá germinar en
cualquier parte, dará sus frutos híbridos, perecerá
en cualquier lugar, la cubrirá cualquier tierra, para
volver a ser polvo arrastrado por el viento, sin
destino.
El lugar más
importante, aquel que nos llevamos siempre a cuestas
no tiene que ver con la tierra, está escondido dentro
nuestro, es el que reservamos a los amores y a los
desamores, a las pasiones y a los dolores, a las
alegrías y a las tristezas, a los recuerdos. Un
espacio con cajones donde plegar días nublados y
grises, sonrisas perdidas, memorias imposibles,
ocasiones olvidadas, ocasiones perdidas. Y es allí
donde anidan, para muchos, la separación y la
distancia, con sus telas de araña y sus vidrios
empañados de lágrimas.
La separación es la
acción de alejarse, la distancia es la magnitud que
la mide. Ambas guardan una fuerte interrelación.
Cuando la
separación y la distancia afectan nuestros
sentimientos, nuestros afectos; cuando sabemos que
hemos perdido lo amado en la distancia; cuando la
separación se convierte en realidad innegable, en
acto ineludible, y la magnitud de la distancia no se
acorta tampoco con las palabras mentidas y siempre
más débiles, pérdidas en ecos de kilómetros, cuando
la vida ya no puede ofrecer la posibilidad del
reencuentro, es entonces que nos resuena en los oídos
la palabra NUNCA, esa palabra que no habríamos jamás
querido oír…nunca, never, mai, jamais, niemals,
aldrig…
Y el tiempo no
cancela la separación y la distancia, esa herida que
no cicatriza, y deja un lugar en nuestras entrañas
destinado a contener una memoria, muchas veces,
imborrable y dolorosa. |