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No hay un lugar en el mundo...

No hay un lugar en el
mundo donde pueda cobijarme de tanta austeridad
manifiesta, ni carne caliente que pueda sostener mis
gélidas espaldas. No hay aliento, ni descanso, para
este mar intranquilo, porque no encuentro un refugio
dónde protegerme de mis alaridos locos, ni religión
que pueda transformar en paz este tormento; y me
abrasa el hastío de tu dolor en el pecho y no se
dónde esconderlo, porque no hay un lugar donde tu no
estés presente: ni en la comisura de mis labios, ni
en el hemisferio izquierdo de mi cerebro. No digo ya
fuera, en ese mundo arrogante que ignora qué
ocurrió... ni se lamenta.
Tengo que resignarme con
fingir que has muerto, que te devoraron las fieras de
mi deseo. Que hubo un día en que no amaneció y
reprocho aún al siguiente que el sol saliera en tu
ausencia.
No soy un ser vivo ya, soy
una escarcha, una alucinación, un espectro que vaga
cada noche sin rumbo buscando unas migajas de paz que
no merece.
Pienso en resucitarte, en
resucitarme, busco un purgatorio donde, al menos,
halle comprensión; pero me pierdo buscando otra vez
el rastro de tu corazón, vivo, que persigo; y me
pierdo persiguiendo, sin descanso, a sabiendas que
todo está perdido.
No sé... quizá los cinco
disparos que oí no fueran otra cosa que la traca de
la feria del barrio, que no fuera ese tu cadáver, un
cadáver sin rostro, destruido a cañonazos, sin una
sola señal que pueda identificar contigo.
No, no debes ser tú.
Nadie pudo matarte
mientras yo te amaba.
¡Tanto!
Alicia Ríos
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