El Lugar Útero

 

M@ Socorro Mármol Brís

Gaviola de Aznaitín

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL LUGAR- ÚTERO

                Uno es de donde nace. Ese Lugar, en el que nos cuentan que lloramos las primeras lágrimas y nos cegó con las primeras luces a las que se abrieron nuestros ojos, se ama con un amor casi perverso, semejante al del cautivo que, una vez liberado, vuelve una y otra vez a merodear por sus entornos en busca del recuerdo lacerante de tomizas[1] negreras y de extraños consuelos imprecisos, imaginarios.

        La vida, casi siempre, nos arranca de NuestroLugar, nos zarandea, nos lleva y nos trae de un sitio para otro como conchas vacías, removidas y  arrastradas por un oleaje recurrente; como corales muertos privados de su primigenio color abisal; como plumas desprendidas las cálidas alas que pulsaban el vuelo del pájaro que las gestó; sin darnos tiempo, la mayoría de las veces, tomar un poco de aire para seguir respirando premuras.

        Sin embargo, la parte vegetal que todos abrigamos, no pierde el norte de la TierraMadre, ni olvida el primer aire respirado. Siempre encuentra un segundo para enraizarse y echar un primer tallo subterráneo en el útero de ese Lugar en el que se nace. Es una hebra sutil, un cordón umbilical que jamás se estrangula, que sigue latiéndonos en algún recóndito escondrijo de la memoria, alimentado con la sangre de la tierra propia y con el aire de Nuestro Lugar inembargable.

        La fuerza de las raíces la entendí leyendo aquella espléndida crónica, <LA EXTRAÑA HISTORIA DE LA MUJER ÁRBOL> de la Escritora Argentina, CATI COBAS.

        La fuerza del corazón la encuentro en ese viejo que siempre está sentado en el poyo de mampostería que hay en la fachada sur de la Iglesia de Al-Matmar. Tiene en su cara las hendiduras de todas las acequias de las que ha bebido; en su piel lleva contados más de quinientos soles; sus ojos son la memoria de mi pueblo.

        ¡Y sus manos!

        Sus manos son la fuerza retorcida de los sarmientos de invierno y la ternura de lo que empieza y acaba antes de haber vivido, principio y fin de todas las cosas detenidas en el tiempo.

        Ese viejo inmóvil y perenne me hace desear una quietud definitiva para estos pies cansados de hacer millas extranjeras. Lo miro intermitentemente. Cada vez que regreso a MiLugar, corro, escalo, gateo, trepo y remonto callejuelas encaladas, hasta llegar a la Iglesia, y busco a MiViejo con la ansiedad de quien cree poder perder lo que siempre se recupera. Allí está invariablemente: como un silencio eterno que no necesita lengua para hablar de lo que es nuestro. Posiblemente, ni siquiera sea el mismo viejo que llevo viendo desde antes de abandonar El-Lugar-de-La-Niñez; pero no importa: es el tiempo detenido en el vientre de la Tierra que me parió.

        Podremos ser vendidos y comprados por mercadeos inevitables. Podremos correr mundo adelante, calzados o descalzos, persiguiendo zapatos nuevos que nos liberen de las rozaduras de la estrechez de vivir; pero, entre carrera y carrera, volveremos la vista hacia el horizonte en busca de una señal que nos indique el camino de vuelta al ÚteroLocal del que salimos sin tiempo para esquivar placentas seductoras: al LUGAR-ÚTERO de la “MadreTierra que estás en mi cielo”.

         Y oliéndome en la piel con perfume de besana[2] recién abierta.

 

Gaviola
12 Julio 2006.

 

 

[1] TOMIZA: soga de esparto  duro. [Consultar <EXPRESIONARIO>]

[2] BESANA: primer surco abierto por la reja del arado sobre tierra de labor. [Consultar <EXPRESIONARIO>]

 

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