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GALERÍA    de   Laureados

Estos son nuestros Autores consagrados mes a mes

Elegidos por La Comisión de Selección de Textos, formada por nuestras Escritoras
  Cati Cobas, Emma Rodríguez, Lola Bertrand y Pilar Moreno

 


Ángeles Cantalapiedra
Abril 2006


Rosa M@ Arroyo
Abril 2006


Lola Díaz Ambrona
Junio 2006


M. Socorro Mármol
Junio 2006


Luís Alfredo Alcocer
Octubre 2006


Emma Rosa
Octubre 2006

           
 

Abril 2006

DÍAS DE VINO Y FRESAS

 (Miniatura)

      Hoy soñé con aquellos días de vino y fresas apostados en el esplendor de un amor furtivo…  

     “Elígeme para tu jardín, está hecho para mí -te decía- han renacido nuestras primaveras, míralas, aún podemos salvar la semilla de un invierno olvidado”  

     He codiciado en los vahos de mis deseos aquellas horas robadas.

     Te he mirado, estudiado y, ahora, me pierdo en fantasías mientras germino lentamente en lo que siempre fui: tu sombra.

     El viento azota, la lluvia arrecia, pero mis ojos no se inmutan; siguen clavados en el ayer, travesía sin retorno.

     Hogaño has roto mi escafandra de ruidoso humor irónico.

     Hoy me has enternecido más de lo ya habitual...

     Ahora me gusta recordar tus palabras hechas de rocío, de tus amaneceres sombríos...

     La luz me baña en su cálido y tierno grado haciéndome crecer las raíces que se expanden hacia las tuyas; aún evocan los brazos que envolvían los cuerpos de estambre y pistilo… Todavía yacen tus yemas en mi piel.

      Hoy desperté ebria de añoranzas y el sabor dulce de tus fresas en mi boca.

 

Ángeles Cantalapiedra

4 de abril de 2006

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ABREVADERO DE PALABRAS

 

 Donde la voz habita
tornándose brote en sus esquinas.

A veces, rebosando con largas prosas
al estilo gravital de los sauces en primavera.

 Y sacia su sed el animal escribiente
donde la voz es signo y materializa esencias;
donde, transparentado el fondo,
se reflejan los ojos que todo lo miran…
absorbiendo la luz del agua silabiosa
que dicta historias con su manso sonido.

 Allí, donde la voz habita
me miro y me hallo
y bebo en las horas quietas de su tiempo
sin limitación alguna
como el sediento animal que soy.

 © Rosa M. Arroyo

 

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EL CONCIERTO 

      Cuando los aplausos amainaron, me senté ante el piano. Entrelacé los dedos por el envés y los articulé. Tosí con gravedad, cerré los ojos y los volví a abrir definitivamente para mirar al infinito. Los solistas miramos al infinito durante nuestras actuaciones, pero en ese buscar el infinito, mis ojos, de soslayo, cayeron sobre el teclado color marfil del Steinway. Sólo color marfil, porque las teclas negras habían desaparecido. Un sudor frío recorrió mi cuerpo bajo el frac negro. Miré al público: todos esperaban mi música, una sonrisa de placer iniciada en sus rostros bobalicones de fervientes melómanos. ¡Mi fama! ¡Ay, mi fama! Si no salía airoso del trance, se echaría a perder. Me pesaba mi fama, la fama que tan feliz me hiciera antes, la que me embriagara.

     Cerré de nuevo los ojos como entrando en éxtasis, aunque lo que en realidad intentaba era encontrar una pieza en la menor, sin teclas negras, triste, sencilla; ya me encargaría yo de darle fuerza con mi genial interpretación. Pero, ¿quién ha compuesto algo tan elemental?

       Ahora eran algunos espectadores los que tosían discretamente, instándome a que comenzase el recital. ¡No puedo! No podía despertar música de aquellas escalas incompletas. 

        Coloco bien la cola de mi disfraz de concertista famoso sobre la banqueta para darle tiempo al tiempo y solución a lo imposible. Un silbido desde la platea desencadena una cadencia de silbidos. “¡No sabe tocar!”, grita un señor. Yo, sonreí, como si lo tomase a broma y busqué de nuevo las teclas negras. No, no estaban, Nunca estaban y, presentía, nunca esa noche iban a estar. Las cosas no aparecen así porque así.

         Como quiera que barruntaba cierto encrespamiento en el ánimo colectivo, decidí tomar la tangente que fuga: me eché mano a la frente inclinando la cabeza en fingido malestar y me derrumbé sobre el piano. Un “cluster” cacofónico, atonal, atacado por el peso de mi cuerpo supuestamente desfallecido, fue toda mi ejecución artística. Pude advertir el murmullo de susto y admiración entre la audiencia, poco antes de que me sacaran del escenario. 

Ya en la ambulancia, tuve a bien volver en mí por si las cosas iban a mayores. “¡Vuelve en sí!”, dijo el enfermero. “Sí”, dije débilmente, y el episodio concluyó tras un protocolo médico rutinario.

      Los titulares de la revista Scherzando glosaron mi sensibilidad. Otras revistas, no tan especializadas, escribieron algo sobre “La enajenación transitoria del artista”, y eso me gustó menos, pero es que este mundo del arte está lleno de envidias que revierten en nosotros, los grandes intérpretes.

 Y también hubo, todo hay que decirlo, los que  hablaron de mi inestabilidad emocional; me pregunto qué estabilidad emocional no se ve alterada ante una catástrofe así, a la hora de dar un concierto. Pero algo que realmente me extrañó, es que nadie mencionase lo que en verdad había ocurrido: aquellas teclas negras que desaparecieron; y el caso es que no han vuelto a aparecer. Todos los días, antes de tomar la medicación, levanto la tapa de mi Yamaha: siguen sin venir.

©Tequila.

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JARDÍN DE INVIERNO

(Canto de soledades mixtas)

 

 Ahora anido
en árboles de ausencias,
en vuelos malogrados,
en abortos de sangres y de rabias.
 En este viejo tronco que apenas reverdece,
moradora  tenazmente escarbada
de destierros.

          Le he dicho que se calle. Que no sea impertinente. Que me deje escribir sin emplomar mis manos con añoranzas muertas.

            Y ella se ha sentado frente a mi, dibujando, obstinada, ese gesto hosco que pone cuando se siente desamparada. Las manos abatidas sobre su oscuro ropaje; la espalda erguida, dispuesta a un nuevo ataque; las largas piernas porfiando acérrimas correrías recónditas. Los ojos –ay, sus ojos- persiguiendo por todo el jardín el cauce agotado de mis propias manos que inventan sobre papel lo que la vida anduvo y descarrió.

      El jardín está seco. Sólo un hilillo de agua recorre aún sus marjales sin conseguir humedecer la yerba. El jardín va acumulando brozas peligrosas que –pienso con miedo sord- aún pueden incendiarse con cualquier tormenta inoportuna.

      Habrá que ocuparse de este jardín deshabitado –me digo sin demasiado coraje para volver a empuñar el amocafre[i].

       Intento volver a la escritura, pero su presencia me inquieta y me trastorna hasta paralizarme el pensamiento y la fuerza de las manos.

       Yo, sumida en añoranzas muertas. Ella, murmurando lo que parecen ser reproches irremediables, con un estribillo de imprecisos desencantos.

 

No fue el río quien engendró las aguas.
El agua fue cuchillo de la piedra,
mordisco de la usura de caricias,
coagulación de empedernidas fugas.
Piedra en el corazón. Corazón áspero
bajo la espiga seca del Otoño.

 Yo me sorprendo intentado entender la letra de su canción.

 Ya expiró la atrición y hasta la hora
del arrepentimiento.

El sol mutó en escarchas …

 

        -¿Qué cantas ahora? ¿Esa canción no la has cantado nunca?

 Corazón abatido, adelgazado
de derramarse
en holocaustos dispersos y baldíos.

El día a día se hizo interminable,
y una voz de reclamos imperiosos
que ahuyentaba a los pájaros al alba:
¡Soledad!

       -¿De qué nos valen ahora los reproches? –mi voz es sólo un pensamiento errático-.

        No me contesta y sigue con su monserga misteriosa. Es como si, de un tiempo a esta parte, con los primeros fríos, se hubiera emancipado de lo que fue acerbamente nuestro, para adquirir esencia propia e independiente.

       ¡Ni ella me necesita!, -pienso, mientras un dolor repentino me atraviesa con la urgencia de un rayo que hubiera perdido el rumbo. 

Y el vacío,
un vacío ingénito, absoluto,
haciéndole la ronda a los faroles,
con sombras del recuerdo…

        La miro cara a cara, como siempre he hecho. Quizá mis ojos se vuelven imperceptiblemente implorantes.

        Y ella me devuelve un guiño cómplice:

       -Eras tú quien gritaba cada hora llamándome sin pausa.

         Se levanta y, con sus manos heladas, me acaricia las sienes poniendo en ellas latidos de canas tristísimas. Yo me quedo muy quieta y me dejo acariciar por lo único que me queda realmente mío: mi SOLEDAD.

      -Quería estar sola –respondo por decir algo, sabiendo de antemano que, a estas alturas de la vida, si reniego de Ella, si me abandona también mi Soledad pulsátil, minuciosamente cultivada por mis propias manos, ya no podré, siquiera, ni estar sola en mi jardín de invierno.

 © Gaviola

30/05/2005

 


[i] AMOCAFRE: vieja herramienta de labor con la que se limpiaban los sembrados de la mala yerba.

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MEMORIA DEL MAR
 
 
No se movía el viento,
eran las olas
las que tenían vida propia.
 
Era la arena blanca,
blanca y suave como el polen,
que acariciaba mis tobillos,
como trémulos dedos de un amante,
con la suavidad, con el dulce cuidado de la manos de madre
sobre el cabello del recién nacido.
 
Era la brisa que abrazaba mi carne,
que hacía suya la piel,
tal que un enamorado sumido en celosías,
para guardar así sus predios
lejos de tentaciones ajenas a su instinto,
para evitar miradas,
para que ni siquiera mi pensamiento
rozara aquello que siempre ha poseído.
 
Eran tus aguas las que exploraban
los rincones ocultos, no perdidos,
casi siempre ignorados de mi cuerpo.
Después, mostrarlos igual que hogares tibios
que precisan de amantes y consuelos,
de refugios donde albergar sus íntimos deseos,
sus secretos, los conocidos y nunca confesados.
 
Era tu mar, mi mar,
aquel que no movía el viento,
aquel en que las olas tenían vida propia.
 
 
Luis A. Alcocer

 

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EFIGIES ALTANERAS

Habitar,
en un mundo de letras
que me producen vértigo;

como un naufragio de palabras
las ideas se desbordan;

ilusiones hechas trazo
que salpican mis silencios;

espiral imaginaria
en torrente de sueños aún por vivir.

Efigies altaneras,
se emancipan del papel
y me absorben el inconsciente;

compañías invisibles,
en las horas de inspiración
Llenan e inquietan mis soledades.

Emma Rosa

 

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