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Abril 2006 |
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DÍAS DE VINO Y FRESAS
(Miniatura)
Hoy soñé con aquellos días de vino y fresas apostados en
el esplendor de un amor furtivo…
“Elígeme para tu
jardín, está hecho para mí -te decía- han renacido
nuestras primaveras, míralas, aún podemos salvar la
semilla de un invierno olvidado”
He
codiciado en los vahos de mis deseos aquellas horas
robadas.
Te he mirado,
estudiado y, ahora, me pierdo en fantasías mientras
germino lentamente en lo que siempre fui: tu sombra.
El viento azota,
la lluvia arrecia, pero mis ojos no se inmutan; siguen
clavados en el ayer, travesía sin retorno.
Hogaño has roto
mi escafandra de ruidoso humor irónico.
Hoy me has
enternecido más de lo ya habitual...
Ahora me gusta
recordar tus palabras hechas de
rocío, de tus amaneceres sombríos...
La luz me baña en
su cálido y tierno grado haciéndome crecer las raíces que
se expanden hacia las tuyas; aún evocan los brazos que
envolvían los cuerpos de estambre y pistilo… Todavía yacen
tus yemas en mi piel.
Hoy desperté ebria de añoranzas y el sabor dulce de tus
fresas en mi boca.
Ángeles
Cantalapiedra
4 de abril de 2006
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ABREVADERO
DE PALABRAS
Donde la voz habita
tornándose brote en sus esquinas.
A
veces, rebosando con largas prosas
al estilo gravital de los sauces en primavera.
Y sacia su sed el animal escribiente
donde la voz es signo y materializa esencias;
donde, transparentado el fondo,
se reflejan los ojos que todo
lo miran…
absorbiendo la luz del agua silabiosa
que dicta historias con su manso sonido.
Allí, donde la voz habita
me miro y me hallo
y bebo en las horas quietas de su tiempo
sin limitación alguna
como el sediento animal que soy.
©
Rosa M.
Arroyo
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EL CONCIERTO
Cuando los
aplausos amainaron, me senté ante el piano. Entrelacé los
dedos por el envés y los articulé. Tosí con gravedad, cerré
los ojos y los volví a abrir definitivamente para mirar al
infinito. Los solistas miramos al infinito durante nuestras
actuaciones, pero en ese buscar el infinito, mis ojos, de
soslayo, cayeron sobre el teclado color marfil del Steinway.
Sólo color marfil, porque las teclas negras habían
desaparecido. Un sudor frío recorrió mi cuerpo bajo el frac
negro. Miré al público: todos esperaban mi música, una sonrisa
de placer iniciada en sus rostros bobalicones de fervientes
melómanos. ¡Mi fama! ¡Ay, mi fama! Si no salía airoso del
trance, se echaría a perder. Me pesaba mi fama, la fama que
tan feliz me hiciera antes, la que me embriagara.
Cerré de nuevo los
ojos como entrando en éxtasis, aunque lo que en realidad
intentaba era encontrar una pieza en la menor, sin teclas
negras, triste, sencilla; ya me encargaría yo de darle fuerza
con mi genial interpretación. Pero, ¿quién ha compuesto algo
tan elemental?
Ahora eran algunos espectadores los que
tosían discretamente, instándome a que comenzase el recital.
¡No puedo! No podía despertar música de aquellas escalas
incompletas.
Coloco bien la cola de mi disfraz de
concertista famoso sobre la banqueta para darle tiempo al
tiempo y solución a lo imposible. Un silbido desde la platea
desencadena una cadencia de silbidos. “¡No sabe tocar!”, grita
un señor. Yo, sonreí, como si lo tomase a broma y busqué de
nuevo las teclas negras. No, no estaban, Nunca estaban y,
presentía, nunca esa noche iban a estar. Las cosas no aparecen
así porque así.
Como quiera que barruntaba cierto
encrespamiento en el ánimo colectivo, decidí tomar la tangente
que fuga: me eché mano a la frente inclinando la cabeza en
fingido malestar y me derrumbé sobre el piano. Un “cluster”
cacofónico, atonal, atacado por el peso de mi cuerpo
supuestamente desfallecido, fue toda mi ejecución artística.
Pude advertir el murmullo de susto y admiración entre la
audiencia, poco antes de que me sacaran del escenario.
Ya en la ambulancia, tuve a bien volver en mí
por si las cosas iban a mayores. “¡Vuelve en sí!”, dijo el
enfermero. “Sí”, dije débilmente, y el episodio concluyó tras
un protocolo médico rutinario.
Los titulares de la
revista Scherzando glosaron mi sensibilidad. Otras revistas,
no tan especializadas, escribieron algo sobre “La enajenación
transitoria del artista”, y eso me gustó menos, pero es que
este mundo del arte está lleno de envidias que revierten en
nosotros, los grandes intérpretes.
Y
también hubo, todo hay que decirlo, los que hablaron de mi
inestabilidad emocional; me pregunto qué estabilidad emocional
no se ve alterada ante una catástrofe así, a la hora de dar un
concierto. Pero algo que realmente me extrañó, es que nadie
mencionase lo que en verdad había ocurrido: aquellas teclas
negras que desaparecieron; y el caso es que no han vuelto a
aparecer. Todos los días, antes de tomar la medicación,
levanto la tapa de mi Yamaha: siguen sin venir.
©Tequila. |
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JARDÍN DE INVIERNO
(Canto de soledades
mixtas)
Ahora
anido
en árboles de ausencias,
en vuelos malogrados,
en abortos de sangres y de rabias.
En este viejo tronco que apenas reverdece,
moradora tenazmente escarbada
de destierros.
Le he dicho que se calle. Que no sea impertinente. Que me deje
escribir sin emplomar mis manos con añoranzas muertas.
Y ella se ha
sentado frente a mi, dibujando, obstinada, ese gesto hosco que
pone cuando se siente desamparada. Las manos abatidas sobre su
oscuro ropaje; la espalda erguida, dispuesta a un nuevo
ataque; las largas piernas porfiando acérrimas correrías
recónditas. Los ojos –ay, sus ojos- persiguiendo por todo el
jardín el cauce agotado de mis propias manos que inventan
sobre papel lo que la vida anduvo y descarrió.
El jardín está seco. Sólo un hilillo de agua recorre aún sus
marjales sin conseguir humedecer la yerba. El jardín va
acumulando brozas peligrosas que –pienso con miedo sord- aún
pueden incendiarse con cualquier tormenta inoportuna.
Habrá que ocuparse de
este jardín deshabitado –me digo sin demasiado coraje para
volver a empuñar el amocafre[i].
Intento volver a la
escritura, pero su presencia me inquieta y me trastorna hasta
paralizarme el pensamiento y la fuerza de las manos.
Yo, sumida en
añoranzas muertas. Ella, murmurando lo que parecen ser
reproches irremediables, con un estribillo de imprecisos
desencantos.
No fue el río quien engendró las aguas.
El agua fue cuchillo de la piedra,
mordisco de la usura de caricias,
coagulación de empedernidas fugas.
Piedra en el corazón. Corazón áspero
bajo la espiga seca del Otoño.
Yo me sorprendo intentado
entender la letra de su canción.
Ya
expiró la atrición y hasta la hora
del arrepentimiento.
El sol mutó en escarchas …
-¿Qué cantas ahora?
¿Esa canción no la has cantado nunca?
Corazón
abatido, adelgazado
de derramarse
en holocaustos dispersos y baldíos.
El día a día se hizo interminable,
y una voz de reclamos imperiosos
que ahuyentaba a los pájaros al alba:
¡Soledad!
-¿De qué nos valen
ahora los reproches? –mi voz es sólo un pensamiento errático-.
No me contesta y
sigue con su monserga misteriosa. Es como si, de un tiempo a
esta parte, con los primeros fríos, se hubiera emancipado de
lo que fue acerbamente nuestro, para adquirir esencia propia e
independiente.
¡Ni ella me necesita!,
-pienso, mientras un dolor repentino me atraviesa con la
urgencia de un rayo que hubiera perdido el rumbo.
Y el vacío,
un vacío ingénito, absoluto,
haciéndole la ronda a los faroles,
con sombras del recuerdo…
La miro cara a cara,
como siempre he hecho. Quizá mis ojos se vuelven
imperceptiblemente implorantes.
Y ella me devuelve un
guiño cómplice:
-Eras tú quien gritaba
cada hora llamándome sin pausa.
Se levanta y, con
sus manos heladas, me acaricia las sienes poniendo en ellas
latidos de canas tristísimas. Yo me quedo muy quieta y me dejo
acariciar por lo único que me queda realmente mío: mi SOLEDAD.
-Quería estar sola
–respondo por decir algo, sabiendo de antemano que, a estas
alturas de la vida, si reniego de Ella, si me abandona también
mi Soledad pulsátil, minuciosamente cultivada por mis propias
manos, ya no podré, siquiera, ni estar sola en mi jardín de
invierno.
©
Gaviola
30/05/2005
[i]
AMOCAFRE: vieja
herramienta de labor con la que se limpiaban los sembrados
de la mala yerba.
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MEMORIA DEL MAR
No se movía el viento,
eran las olas
las que tenían vida propia.
Era la arena blanca,
blanca y suave como el polen,
que acariciaba mis tobillos,
como trémulos dedos de un amante,
con la suavidad, con el dulce cuidado de la manos de madre
sobre el cabello del recién nacido.
Era la brisa que abrazaba mi carne,
que hacía suya la piel,
tal que un enamorado sumido en celosías,
para guardar así sus predios
lejos de tentaciones ajenas a su instinto,
para evitar miradas,
para que ni siquiera mi pensamiento
rozara aquello que siempre ha poseído.
Eran tus aguas las que exploraban
los rincones ocultos, no perdidos,
casi siempre ignorados de mi cuerpo.
Después, mostrarlos igual que hogares tibios
que precisan de amantes y consuelos,
de refugios donde albergar sus íntimos deseos,
sus secretos, los conocidos y nunca confesados.
Era tu mar, mi mar,
aquel que no movía el viento,
aquel en que las olas tenían vida propia.
Luis A. Alcocer
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EFIGIES ALTANERAS
Habitar,
en un
mundo de letras
que me
producen vértigo;
como un
naufragio de palabras
las ideas
se desbordan;
ilusiones
hechas trazo
que
salpican mis silencios;
espiral
imaginaria
en
torrente de sueños aún por vivir.
Efigies
altaneras,
se
emancipan del papel
y me
absorben el inconsciente;
compañías
invisibles,
en las
horas de inspiración
Llenan e
inquietan mis soledades.
Emma Rosa
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