Volver a Nuestros Escritores

 

 
 

 

 

Nuestro Escritor 

nació  allí donde  la dulzura de la rosa del azafrán  ablanda el corazón calizo de las canteras del mármol que la rodean:
En Novelda

 

CLAUDIO RIZO

 

 

 

 

 

Escucharlo es como oír hablar a Peter Pan. Vean, si no,   cómo nos encandila con su voz de infancia nunca abandonada:

 

RESEÑA BIOGRÁFICA

Soy buena gente. Asomé la cabeza un 21 de septiembre de 1972, después que mi hermano Wifredo, y 6 años antes del nacimiento de mi hermana Macu.
Mis padres, que se conocieron durante la explosión de los Beatles y que se casaron un bostezo antes de la Transición, han sido para mí un referente sin igual.

Del colegio Jesús Navarro guardo parte de mis mejores recuerdos. Del instituto, sin embargo, los peores.

A los 14 años creí descubrir el lado duro de la vida. Mi padre me llevó a Sevilla a ver la final de la Copa de Europa: el Barça casi me regala un trauma irreversible. 

 Empecé a leer tarde, rayando los 18. Entonces compaginaba la ingestión de los primeros ponches –también fueron tardías mis noches largas con mi inseparable amigo Orts- con la lectura, al llegar a casa, de libros de Platón. Me convertí en un auténtico devorador de debates televisivos y radiofónicos. En los 90 aún existía en España el debate de altura, inteligente y brillante, y grababa y reproducía aquellos programas hasta el hartazgo, analizando todo detalle y recreándolos en la mente al acostarme. Todavía conservo en formato Beta aquellos homenajes semanales a la palabra enfrentada.

Si con Orts descubrí que la risa es la mejor terapia para el alma, con Ramón y Miguel comprendí que la fidelidad y la bondad no se compran; se ganan. Y que cuando se tienen, a menos que seas un idiota redomado, ya no se pierden.

Recuerdo con especial entusiasmo mis primeros esbozos ante un micrófono. Fue con 15 años cuando “sucedí” a mi padre en la dirección de un programa de deportes de mi pueblo: Novelda. Luego, cuando las hormonas se agitaron, me deslicé por los festivos senderos de la música; y aquella emisora, o aquellas emisoras –pues fueron varias- se convirtieron para mí y mis amigos en un verdadero club social de encuentro y crecimiento. Humano, espiritual y cultural. El mayor rubor –a este respecto- lo pasé cuando, al querer ser gentil con una compañera de radio de Alicante, le espeté, traicionado por los nervios: “¿te meto el rabo?”, en lugar de “¿te meto el ramo?”, que era lo que aquella joven y guapa locutora sostenía con dificultad entre sus manos, mientras entraba a su coche. Nos quedaron ambos lívidos. 

Con el tiempo he mejorado. Un poquito.

 Estudié Graduado Social y Derecho. Y me gustó tanto el estudio -la teoría- que ya no quise ejercerla: preferí quedarme con ese bonito recuerdo. 

Soy, en suma, un tipo franco, más curvo que recto –como persona organizada, digo- con andares desgarbados, insuperablemente despistado y que sigo, a los 33 añitos, considerándome todo un privilegiado por tener lo que tengo y hacer lo que hago. 

Y un agradecido por la suerte que la vida cada día me regala.

Ah, y a veces escribo. Más o menos, pero escribo...

PD.- Sólo creo en una Santa: mi abuela Amalia. (Hacia ella guardo una deuda de gratitud difícilmente pagable).

 

Volver a Lugares en nuestra Página

 

Títulos

LOS DOS PREFIJOS DEL EURO

 
 
 
 
 
 
 

 

TEXTOS

LOS DOS PREFIJOS DEL EURO.

Los logros no se consiguen imponiendo, sino convenciendo. Y en España nos han tomado por medio gilipollas, al menos a los fumadores. Porque hoy, aquí y ahora, un fumador es lo que hace 20 años un maricón. O sea: un desviado. Sólo que, además de aquella nefanda imputación, el que hoy blande en sus ácratas manos un pitillo se arriesga a un puro destierro práctico al ser potencialmente portador de las más mórbidas enfermedades. De las conocidas y de las desconocidas. De las que han llegado y de las que están por llegar. Hombre, ni tanto ni tan calvo. Pero esta España siempre fue así: de blancos y de negros. Nunca se apreciaron los tonos claros, los mezclados, los sutilmente entreverados que salpican tantos matices enriquecedores y explicativos de las cosas. Uy, con la belleza de fin y principio que guarda un atardecer cualquiera...

España es monárquica o republicana, del Barça o del Madrid, zapaterista o rajoyista... Y hoy lo que vende en estas tierras yermas de moderación son, cómo no, dos prefijos; dos prefijos que jamás aspiraron a ostentar tan alta alcurnia e influencia en un todo: homo y anti  (anti, claro, tabaco, no lo demás. ¡Que esto es una democracia!).

Si te vistes con esas dos etiquetas, ¡ábranseme las puertas del paraíso! Lo que vende es el relumbrón de lo homosexual y el rechazo hacia el fumador. No hay programa de seguimiento, en tele o en radio, que no haga explícita alusión a esos dos prefijos con actores artificialmente amanerados o con amenazas de purgatorio a los fumados. Son, se quiera o no, los dos prefijos del Euro. Los grandes triunfadores. Y quede clarito que la ley que autoriza los matrimonios entre personas con similares atributos siempre me pareció una justa conquista de derechos, un abrir la puerta a nuevos horizontes, un saber calzarse zapatos nuevos. Eso es crecer. Pero lo otro, lo del tabaco, lo siento, eso es mear fuera, muy fuera del tiesto. Una vomitera de esputos legales elegidos a la moda y metidos a hostiazos.

El Estado, que vivía un feliz, traicionero y muy rentable concubinato con los fumadores, se ha cambiado de cama. Les ha puesto unos cuernos tan afilados que ni el Cordobés se atrevería a mirarlos de frente. La deshonra y los vilipendios caen, como chuzos, ahora, sobre las desangeladas y cancerígenas almas de los fumadores. Apestados especímenes que ocupan tanto armario, ya vacío. Ya lo oía yo de pequeño, y ahora lo entiendo: “los armarios nunca estarán vacíos”.

Y como el negocio, el Gobierno lo tiene bien atado gracias a los más de 400 componentes no declarados que incrementan la adicción y que, con el beneplácito de Sanidad, se nos ha ofrecido como caramelos a la puerta de un colegio durante decenios, ellos saben, mejor que nadie, que “fumar es un placer”. Y que fumar, se va a seguir fumando. Pero eso sí: a la calle, como perros. A la puta calle.

O arrinconados en un zulo de mala muerte. En un cuchitril de mala muerte.

¿Un cigarrito?

¡Por mis cojones!

 Enero, 2006.

Claudio Rizo.

 

Volver a Títulos