|
|
TEXTOS |
|
Los logros no se consiguen imponiendo, sino convenciendo.
Y en España nos han tomado por medio gilipollas, al menos a los
fumadores. Porque hoy, aquí y ahora, un fumador es lo que hace 20 años
un maricón. O sea: un desviado. Sólo que, además de aquella nefanda
imputación, el que hoy blande en sus ácratas manos un pitillo se
arriesga a un puro destierro práctico al ser potencialmente portador de
las más mórbidas enfermedades. De las conocidas y de las desconocidas.
De las que han llegado y de las que están por llegar. Hombre, ni tanto
ni tan calvo. Pero esta España siempre fue así: de blancos y de
negros. Nunca se apreciaron los tonos claros, los mezclados, los
sutilmente entreverados que salpican tantos matices enriquecedores y
explicativos de las cosas. Uy, con la belleza de fin y principio que
guarda un atardecer cualquiera... España es monárquica o republicana, del Barça o del
Madrid, zapaterista o rajoyista... Y hoy lo que vende en estas tierras
yermas de moderación son, cómo no, dos prefijos; dos prefijos que jamás
aspiraron a ostentar tan alta alcurnia e influencia en un todo: homo y
anti (anti, claro, tabaco,
no lo demás. ¡Que esto es una democracia!). Si te vistes con esas dos etiquetas, ¡ábranseme las
puertas del paraíso! Lo que vende es el relumbrón de lo homosexual y
el rechazo hacia el fumador. No hay programa de seguimiento, en tele o
en radio, que no haga explícita alusión a esos dos prefijos con
actores artificialmente amanerados o con amenazas de purgatorio a los
fumados. Son, se quiera o no, los dos prefijos del Euro. Los grandes
triunfadores. Y quede clarito que la ley que autoriza los matrimonios
entre personas con similares atributos siempre me pareció una justa
conquista de derechos, un abrir la puerta a nuevos horizontes, un saber
calzarse zapatos nuevos. Eso es crecer. Pero lo otro, lo del tabaco, lo
siento, eso es mear fuera, muy fuera del tiesto. Una vomitera de esputos
legales elegidos a la moda y metidos a hostiazos. El Estado, que vivía un feliz, traicionero y muy rentable
concubinato con los fumadores, se ha cambiado de cama. Les ha puesto
unos cuernos tan afilados que ni el Cordobés se atrevería a mirarlos
de frente. La deshonra y los vilipendios caen, como chuzos, ahora, sobre
las desangeladas y cancerígenas almas de los fumadores. Apestados especímenes
que ocupan tanto armario, ya vacío. Ya lo oía yo de pequeño, y ahora
lo entiendo: “los armarios nunca estarán vacíos”. Y como el negocio, el Gobierno lo tiene bien atado gracias
a los más de 400 componentes no declarados que incrementan la adicción
y que, con el beneplácito de Sanidad, se nos ha ofrecido como caramelos
a la puerta de un colegio durante decenios, ellos saben, mejor que
nadie, que “fumar es un placer”. Y que fumar, se va a seguir
fumando. Pero eso sí: a la calle, como perros. A la puta calle. O arrinconados en un zulo de mala muerte. En un cuchitril
de mala muerte. ¿Un cigarrito? ¡Por mis cojones! Claudio Rizo. |
| Volver a Títulos |