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A MI LLEGADA
Me vence
el azul claudicado...
en la
línea infinita del horizonte
Le
encuentro...
Estoy en
paz. Hoy no pido más.

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TAMARINDOS
I
El
lugar
Se me pierde la mirada al tiempo que mis oídos
arrullan un sonido de marea en movimiento. Sólo
así no sucumbo ante el rosa bravío de las
buganvillas o el verde insultante de un césped
que, en la tersura sumisa de mis ojos, se mezcla
con el tono vivo de las palmeras.
¡Qué oasis de luz y sonido, de color y paz, en
esta tarde con agosto ya en el camposanto del
calendario!
Anclada en este espacio donde el horizonte
ofrece su libido para la cópula de un solo azul,
accedo a huir a su rincón de cielo y mar.
Me pierdo fuera de mí y me dejo allí tendida en
la orilla indolente y dorada, mientras mi fondo
corre presuroso a la línea chorreante de verde y
agua, de cal que recuerda el palmeo de gitano
fino lejos de su tierra.
Y consigo verme ya sin ojos, sólo piel, como
amante vencida, abierta a la luz blanca que no
se quiebra ante el griterío infantil ni el
chapoteo de brazos inservibles. Cualquier sonido
se aleja ante el cortejo que comienza
pausadamente, sin prisa, tiznándome las manos
con la esencia que se derrama esta tarde en mi
terraza de Tamarindos.
….
Un castillo almenado espera al final de la
playa, quizá para pedirle a los duendes marinos
que, como cada tarde, le acerquen la línea hasta
su cama verde para vestirla de añil.

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II
Nocturno
Ya es noche cerrada y se empeña la luz en
desplegarse en hilos de plata, derramándose en
las laderas de las negras sombras.
Son cicatrices del día sangrando minutos en
apañados perfiles, casi sobre el envés de una
hoja de palma agitando el aire inerte, empeñado
en hacerse el muerto.
El paseo culebrea con la piedra ensangrentada de
brillos. Su pizarra endulza la sal que dejaron
las pisadas en la tarde, emborrachando a los
grillos con su mejunje calimoso… y aguardan
sumisos a la madrugada para airear sus voces de
mirlos nocturnos…
Y cuánto más silencio escucho, más grande es el
agujero de la ausencia, como si todo el recuerdo
acumulado fuera el agua de un pozo sin fondo, y
sólo flotaran tus ojos como dos perlas cercanas,
siguiendo el hilo que atraviesa la noche.
¡Qué reloj de piel y huesos teje las horas que
se ahogan en ese pozo de la vida! Cualquiera
diría que incluso su falso vello se eriza al
contacto de la despeñada luz… como si contara,
minuto a minuto, el tiempo que falta para cerrar
la herida de la añoranza.
(Las
doce y pico, casi madrugada)
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III
Amanecer
He pillado al sol en paños menores, despistado,
saliendo de su escondrijo con lentitud y
descuido, y lo he visto medio en
cueros, creyéndose tapadas sus desnudeces con
esponjosas brumas de mañana perezosa. Él
todavía no me había descubierto observándole.
Estaban ocultos mis ojos tras los últimos rayos
de una luna generosa, cuando comenzó a aparecer
envuelto en grana y derramando oro sobre los
pliegues de todo lo tocable y lo intocable, como
aquella imagen de la película “El Dorado”
en la que un indígena embadurnaba de polvo
dorado a otro y él se dejaba dócil –como si
fuera todo y nada a la vez- y después, a
cualquier movimiento se desprendía con levedad
el disfraz que llevaba puesto. Así estaba él
emergiendo del agua…
Luego,
temeroso de miradas nuevas, huyó veloz
a ocultarse tras una nube sin color, pensando
que sería blanca, pero yo continuaba disfrutando
de su cuerpo cálido con los ojos entreabiertos.
Para cuando el azul se volvió transparente, se
había desperezado del todo y sus brazos
ardientes oprimieron con exagerado amor mi piel,
entonces fui yo la que corriera, aturdida por el
despliegue amatorio, al agujero invisible de una
sombra.
Le he dicho, con cierta timidez lujuriosa y como
pidiendo perdón, que mañana le avisaré antes de
mirar. Él no ha dicho nada, sólo ha jugado un
rato al escondite con una nube y me ha mirado
con el iris blanco. Su caricia ha sido más
suave, y con ello me ha dicho todo.
Avda.
del Papa Luna, 165
(Peñíscola)

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TORMENTA EN
PEÑÍSCOLA
Portentosa y
rugiente
rompe la mañana en dos.
Un grito
avanza desde el mar
abatiendo la paz del otro lado.
Deshecha,
abrumada,
el alba silencia su color
mientras las buganvillas
saludan triunfantes
al amigo húmedo
que las abraza.
Espuma y agua
bajo el gris opaco
de una tormenta
a orillas del mar.
Después...
La calma
... y gaviotas
a vuelo raso.
(Septiembre)

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EL ADONIS DEL
PASEO
Lo veía acercarse a mí con suave balanceo, con
ese movimiento de reloj suizo perfecto y seguro.
En las curvas atléticas llevaba pegados el iris
de todos los ojos con los que se cruzaba. Unos
quedaban prendados del deltoides, otros de los
bíceps y tríceps; otros tantos de los gemelos y
glúteos o pectorales y trapecios. No se salvaban
ni los pronadores y supinadores del antebrazo ni
los flexores y extensores de la mano. Aquello
parecía una clase de anatomía humana para
amantes de la belleza en la vertiente muscular
más delicada. ¡Qué placer suponía la
contemplación de aquel físico! Todas las marcas
aparecían en su justa medida, como si el
cincelador se hubiera esmerado en la creación de
una figura perfecta.
Con tanto iris adherido a su cuerpo, pensé,
cómicamente, que se acercaba a mí un atípico e
imaginario árbol de Navidad en pleno verano; y
sin embargo, cuánta beldad se adivinaba tras
esos brillos con los que mi mente jugaba.
Puedo jurar que el sol besaba su piel con
reverencia infinita, ahondando en cada pliegue
con la esperanza de vivir eternamente en su
interior, mientras bailaba la canción perenne
con el rayo dorado en un apretado paso de tango.
Cuando llegó a mi altura, la escultura de
belleza helenística que había creado la
distancia, se desmoronó: unos ojos de sibilino y
sabueso playero chocaron con los míos y todo un
mundo nocturno, falso y superficial, emanó de
aquella mirada oblicua de hombre en pedestal
perpetuo.
Giré mi cara para verle de espaldas por última
vez. Los ojos ajenos todavía seguían succionados
por las doradas líneas, rindiéndose a un dios
que continuaba su ritmo de tic-tac. Yo, ya sólo
conseguía ver formas geométricas marcando piel…
y un Adonis que se iba derritiendo a cada paso.
Lo último que hice antes de que desapareciera de
mi vista, fue atrapar su sombra. Ese día preferí
la imaginación a la realidad regalada.
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