Desde La Ciudad del Mar

 

 

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Índices

A mi llegada

I

 Tamarindos. El Lugar

II

Nocturno

III

El Amanecer
Tormenta en Peñíscola
El Adonis del Paseo
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
       

 

 

 

 

 Desde la Ciudad del Mar

*   *   *

 

ROSA M. ARROYO

 

 

 

 

 

Cuando una rosa se abre para hablar de lo que ve

 

 

  

A MI LLEGADA

 

Me vence el azul claudicado...

en la línea infinita del horizonte

Le encuentro...

Estoy en paz. Hoy no pido más.

 
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 TAMARINDOS

 

 I

 

El lugar

 

       Se me pierde la mirada al tiempo que mis oídos arrullan un sonido de marea en movimiento. Sólo así no sucumbo ante el rosa bravío de las buganvillas o el verde insultante de un césped que, en la tersura sumisa de mis ojos, se mezcla con el tono vivo de las palmeras.

       ¡Qué oasis de luz y sonido, de color y paz, en esta tarde con agosto ya en el camposanto del calendario!

       Anclada en este espacio donde el horizonte ofrece su libido para la cópula de un solo azul, accedo a huir a su rincón de cielo y mar.

       Me pierdo fuera de mí y me dejo allí tendida en la orilla indolente y dorada, mientras mi fondo corre presuroso a la línea chorreante de verde y agua, de cal que recuerda el palmeo de gitano fino lejos de su tierra.

        Y consigo verme ya sin ojos, sólo piel, como amante vencida, abierta a la luz blanca que no se quiebra ante el griterío infantil ni el chapoteo de brazos inservibles. Cualquier sonido se aleja ante el cortejo que comienza pausadamente, sin prisa, tiznándome las manos con la esencia que se derrama esta tarde en mi terraza de Tamarindos.

 ….

        Un castillo almenado espera al final de la playa, quizá para pedirle a los duendes marinos que, como cada tarde, le acerquen la línea hasta su cama verde para vestirla de añil.

  

 
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II

Nocturno

  

       Ya es noche cerrada y se empeña la luz en desplegarse en hilos de plata, derramándose en las laderas de las negras sombras.

        Son cicatrices del día sangrando minutos en apañados perfiles, casi sobre el envés de una hoja de palma agitando el aire inerte, empeñado en hacerse el muerto.

        El paseo culebrea con la piedra ensangrentada de brillos. Su pizarra endulza la sal que dejaron las pisadas en la tarde, emborrachando a los grillos con su mejunje calimoso… y aguardan sumisos a la madrugada para airear sus voces de mirlos nocturnos…

       Y cuánto más silencio escucho, más grande es el agujero de la ausencia, como si todo el recuerdo acumulado fuera el agua de un pozo sin fondo, y sólo flotaran tus ojos como dos perlas cercanas, siguiendo el hilo que atraviesa la noche.

       ¡Qué reloj de piel y huesos teje las horas que se ahogan en ese pozo de la vida! Cualquiera diría que incluso su falso vello se eriza al contacto de la despeñada luz… como si contara, minuto a minuto, el tiempo que falta para cerrar la herida de la añoranza.

 (Las doce y pico, casi madrugada)

 

 
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III

 Amanecer

 

        He pillado al sol en paños menores, despistado, saliendo de su escondrijo con lentitud y descuido, y lo he visto medio en cueros, creyéndose tapadas sus desnudeces con esponjosas  brumas de mañana perezosa. Él todavía no me había descubierto observándole.

       Estaban ocultos mis ojos tras los últimos rayos de una luna generosa, cuando comenzó a aparecer envuelto en grana y derramando oro sobre los pliegues de todo lo tocable y lo intocable, como aquella imagen de la película “El Dorado” en la que un indígena embadurnaba de polvo dorado a otro y él se dejaba dócil –como si fuera todo y nada a la vez- y después, a cualquier movimiento se desprendía con levedad el disfraz que llevaba puesto. Así estaba él emergiendo del agua…

        Luego, temeroso de miradas nuevas, huyó veloz a ocultarse tras una nube sin color, pensando que sería blanca, pero yo continuaba disfrutando de su cuerpo cálido con los ojos entreabiertos.

       Para cuando el azul se volvió transparente, se había desperezado del todo y sus brazos ardientes oprimieron con exagerado amor mi piel, entonces fui yo la que corriera, aturdida por el despliegue amatorio, al agujero invisible de una sombra.

       Le he dicho, con cierta timidez lujuriosa y como pidiendo perdón, que mañana le avisaré antes de mirar. Él no ha dicho nada, sólo ha jugado un rato al escondite con una nube y me ha mirado con el iris blanco. Su caricia ha sido más suave, y con ello me ha dicho todo.

 

 Avda. del Papa Luna, 165

(Peñíscola)

 
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TORMENTA EN PEÑÍSCOLA

 

Portentosa y rugiente
rompe la mañana en dos.

Un grito avanza desde el mar
abatiendo la paz del otro lado.

 

Deshecha, abrumada,
el alba silencia su color
mientras las buganvillas
saludan triunfantes
al amigo húmedo
que las abraza.

 

Espuma y agua
bajo el gris opaco
de una tormenta
a orillas del mar.

 

Después...

 

La calma

... y gaviotas a vuelo raso.

  

(Septiembre)

 
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EL ADONIS DEL PASEO

 

       Lo veía acercarse a mí con suave balanceo, con ese movimiento de reloj suizo perfecto y seguro.

       En las curvas atléticas llevaba pegados el iris de todos los ojos con los que se cruzaba. Unos quedaban prendados del deltoides, otros de los bíceps y tríceps; otros tantos de los gemelos y glúteos o pectorales y trapecios. No se salvaban ni los pronadores y supinadores del antebrazo ni los flexores y extensores de la mano. Aquello parecía una clase de anatomía humana para amantes de la belleza en la vertiente muscular más delicada. ¡Qué placer suponía la contemplación de aquel físico! Todas las marcas aparecían en su justa medida, como si el cincelador se hubiera esmerado en la creación de una figura perfecta.

        Con tanto iris adherido a su cuerpo, pensé, cómicamente, que se acercaba a mí un atípico e imaginario árbol de Navidad en pleno verano; y sin embargo, cuánta beldad se adivinaba tras esos brillos con los que mi mente jugaba.

        Puedo jurar que el sol besaba su piel con reverencia infinita, ahondando en cada pliegue con la esperanza de vivir eternamente en su interior, mientras bailaba la canción perenne con el rayo dorado en un apretado paso de tango.

        Cuando llegó a mi altura, la escultura de belleza helenística que había creado la distancia, se desmoronó: unos ojos de sibilino y sabueso playero chocaron con los míos y todo un mundo nocturno, falso y superficial, emanó de aquella mirada oblicua de hombre en pedestal perpetuo.

       Giré mi cara para verle de espaldas por última vez. Los ojos ajenos todavía seguían succionados por las doradas líneas, rindiéndose a un dios que continuaba su ritmo de tic-tac. Yo,  ya sólo conseguía ver formas geométricas marcando piel… y un Adonis que se iba derritiendo a cada paso.

      Lo último que hice antes de que desapareciera de mi vista, fue atrapar su sombra. Ese día preferí la imaginación a la realidad regalada.

 


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