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De
cómo me vi en Holanda -1-
EL COMIENZO

Todo empezó en el verano del 72. Había ganado Vicky Leandros el
Festival de Eurovisión y Fórmula V subía en las listas de éxito
anunciando lo bueno del verano. En la costa, las suecas hacían su
agosto entre los españolitos de a pie. Todo normal, nada hacía
presagiar que este año daría a muchos un giro en sus vidas.
Yo trabajaba en una empresa constructora como secretaria de
dirección. Acababa de estrenar un despacho, con el descubrimiento
sensacional del momento: una computadora austera y bastante
descomunal que pretendía aliviarme el trabajo y, para rematar la
decoración, me colocaron un aparatoso fax, de líneas maduras y con
mucho ruido.
Desde hacía varios años la empresa participaba en un intercambio
internacional de estudiantes universitarios en periódo de prácticas.
Después de haber dado esta posibilidad a un americano –muy
preocupado por su inminente envío a Vietnam- este año nos tocaba en
suerte uno de los Países Bajos, que entonces daba la sensación de
estar más lejos que hoy. Yo, de Holanda sabía poco y mal: nieves,
quesos, zuecos, y –de oídas- que Amsterdam era una ciudad perversa
donde existía un puro libertinaje.
La llegada de un estudiante de arquitectura y, según constaba,
soltero, despertó la curiosidad entre las compañeras de la oficina,
pero de algo debía valerme estar cerca de la Dirección como para no
aprovecharme de sus ventajas: fui yo quien se dedicó al holandés y
le puse al tanto de todo lo que debía interesarle. No me extenderé
en detalles sobre las lecciones, pero fueron variadas y didácticas.
Él me contó de su país y yo le hablé de Gibraltar, le hice ver que
el mar más azul está en el sur, le di a conocer el ambiente de la
Feria, le instruí en el lenguaje y, al igual que Jaime Morey en su
canción, yo también le hablé de un lugar que brillaba más cuando
amanece.
En nuestro pequeño mundo de entonces la vida siguió. El
conservatorio de Málaga adquirió el rango universitario, por vez
primera una mujer llegó a la alcaldía de un ayuntamiento malagueño.
El Lute fue herido en Cártama. La ruleta del tiempo seguía
imparable. Hubo que enfrentarse a lo duro de una realidad sin
preguntas ni promesas. Las vacaciones llegaban a su fin y empezaban
a sentirse los últimos coletazos del gobierno a un año de Carrero
Blanco. Todavía nos quedaba sufrir la tragedia de un septiembre
negro en Munich. Todo me hacía ver que el verano se estaba cobrando
sus divisas. |
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A Títulos |
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De cómo me vi en
Holanda -2-
EL COMPROMISO

Por fin llegaban las Navidades, pero esta vez algo me decía que yo
no iba a estar en Madrid como en años anteriores. Era ya una
costumbre que todos conocían muy bien: en estas fechas pasaba
siempre unas semanas con mis tíos. Su casa cerca de la Castellana y
Serrano me ofrecía inmensas posibilidades que aprovechaba para salir
a teatros, cines, museos, guateques y -¡cómo no!- El Corte Inglés y
también Galerías Preciados. Sin embargo ahora sería diferente.
Después de que el verano acabó y pusimos fin a las lecciones, las
cartas fueron nuestro único contacto hasta que recibí la que me
anunciaba su llegada. Y así pasó que esas Navidades cambié el reloj
de la Puerta del Sol por una promesa de compromiso.
Empezó enero y yo volví a quedarme sola. Mientras mi holandés seguía
los últimos pasos de su carrera yo intentaba hacer comprender a mi
padre que no sería Málaga el sitio elegido para mi boda. España
entraba en crisis y yo también la sufrí. La autoridad paterna se
regía por un gobierno dictatorial que no admitía conversaciones. Sus
leyes eran: de casa no se sale como no sea del brazo de tu padre y
de blanco. De poco me sirvió que ese año bajara la mayoría de edad
de la mujer de 25 a 21 años. ¡En casa no se votaba! La situación era
tensa. Franco nombra por primera vez un presidente de gobierno, la
guerra de Vietnam llega a su fin, el petróleo se hace escaso ...
¡palabras, palabras, palabras! ...
En el estrépito de aquellos días me refugié en las letras, y los
meses me fueron llenando de tiempo y cartas que me presentaban el
futuro en una dimensión diferente. Mientras tanto, entre mi padre y
yo, los argumentos erosionaban el sentir y me hacían olvidar mis
imágenes de niña dejando trazos de soledad desconcertada entre
nosotros. No hubo tregua, la fecha quedó fijada para el 28 de junio.
Unos días antes volaba con mi madre hacia Holanda, a bordo nos
acompañaba "Eres tú" de Mocedadades.
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De cómo me vi en
Holanda -3-
LA BODA

Llegué a Holanda con mi tenacidad acorralada por incertidumbres. Era
consciente que dejaba atrás una historia de voluntades quebradas y
sin terminar. Lo primero que me sorprendió fue la naturaleza con su
ordenado y uniforme trazado, la luz del cielo, los colores. Tuve la
suerte de encontrarme con un día limpio que dejaba ver desde el aire
lo horizontal del espacio. Todo era diferente pero no extraño, y
empecé a poner nombre a cada uno de los trámites, a cada rostro, a
cada voz.
Unos días después me casé y no me llevó mi padre del brazo. Asumí
las circunstancias y los olvidos, pero sentí el necesario reclamo de
los que no estaban. Tuve dos meses para recorrer el país, que me dio
la imagen equivocada de lo que no suelen ser los veranos en Holanda:
días luminosos y cielos azul-en-blanco. Eso me hizo comprender a los
maestros flamencos que captaban el paisaje a través de un espacio
abierto para darnos sensación de amplitud. Admiré museos y visité
molinos. Pasé por lugares y comprendí sus costumbres y siempre vi
esa disposición al orden, en el agua mantenida en su sitio por
canales y diques, en las casas que no se salen de lo lineal, en los
jardines disciplinados, hasta las vacas siempre mirando hacia la
misma dirección.
Septiembre trajo el otoño y mi vuelta a Málaga. El fin de carrera se
hizo esperar y a mi me esperaba el trabajo, y ambos –mi flamante
marido y yo- dejamos que los sueños de compartir la vida esperaran
un poquito más. Yo regresé y volví a ser hija de familia manteniendo
el horario de no volver después de las diez. Los días se hicieron
invariables pero yo seguí creyendo en ese amanecer que me prometía
Jaime Morey en su canción. Pero no todo fue rutina y vuelta de hojas
del calendario: fui el cine, al teatro, salí con amigas y amigos,
trabajé. Mataron a Carrero Blanco y Carlos Arias fue presidente por
decisión familiar. Así, con los ánimos un poco revueltos, llegamos
otra vez a las fiestas de Navidad y al comienzo de un año nuevo que
yo esperaba que fuera para mí nuevo de verdad.
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De cómo me vi en
Holanda -4-
CAMBIOS

Olvidé que es el destino el que pronuncia siempre la última palabra,
y fueron aquellas Navidades las últimas que pasé en España durante
mucho tiempo. Pero esto aún no lo sabía yo cuando llegó mi marido a
Málaga con su título en el bolsillo y con trabajo. Por fin podríamos
empezar a sentirnos verdaderamente casados. Además mi padre abandonó
el silencio y se decantó por la tregua con una pretendida
generosidad: había ya en proyecto otra boda en casa, y esta vez sí
llegaría él hasta el altar.
Nosotros seguíamos aquellos días aprendiendo de nuestra recién
estrenada dualidad, adaptando nuestros acentos al camino que
empezábamos a recorrer con las promesas de paz y felicidad para este
año 1974. Enero fue plácido en Málaga, exceptuando el despertar de
una mañana con las gasolineras colapsadas al anunciarse cuatro
pesetas de subida al ya preciado líquido. Se habían recuperado las
palabras perdidas con el atentado a Carrero y ahora se empezaban a
oír algunas del gobierno sobre reformas, pero estas no llegarían a
ver la luz. Antes llegó marzo y le quitaron la vida a Salvador Puig
de la manera más cruel. En abril nuestros vecinos hicieron la
revolución del clavel, y la enfermedad de Franco no tuvo el final
que todos deseábamos. España no iba bien, y la empresa holandesa
cierra sus puertas: mi marido se quedó sin trabajo. Mientras tanto
seguía Peret diciéndote que cantes y seas feliz...
Con el cambio de horarios tuvimos encima el calor. Preveíamos
dilemas y desalientos, pero no queríamos dejarnos vencer por esa
realidad no prevista. Nos seguían ilusionando las noches
transparentes y los amaneceres. Cerca de casa teníamos el mar. Por
las mañanas nos despertábamos con el ir y venir de las gaviotas y el
rumor de las jábegas que regresaban de la pesca. Fue el verano en el
que la "La Naranja Mecánica" -con Cruyff a la cabeza- se dejó
arrebatar la Copa Mundial. Sí, recuerdo aquel verano como algo con
un cierto abandono, entre mis quehaceres diarios y mi trabajo,
inmóvil en el tiempo que pasó.
Algo más tarde se cerraba el círculo con la llegada de la Navidad.
Para celebrar esta pausa anticipada de las resoluciones que
tendríamos que tomar, decidimos pasarlas en Holanda. Nada me hacía
presagiar que en los veinte y cinco años siguientes sólo en una
ocasión celebraría las Navidades en mi tierra.
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De cómo me vi en
Holanda (5)
LA ESPERA

Mientras escribo vuelven las imágenes de aquellas Navidades que
fueron tan distintas para mí: conocí lo que es realmente el frío y
viví de otra manera las fiestas, sin panderetas ni zambombas, sin
turrones. Tampoco hubo uvas en Nochevieja. A cambio tuve otras
experiencias, otra manera de estar en familia y otro ambiente. El
año 1975 lo recibimos con fuegos artificiales en la calle, pero el
frío siguió sin gustarme. Días fuera de la rutina y que ayudaron a
no olvidar que teníamos ilusiones.
El tiempo del que disponíamos terminaba. Había llegado el momento de
establecer condiciones y enfrentarnos a una vida que no estaba
siendo la que habíamos planeado. Tendríamos que acomodarnos a los
límites que imponían las circunstancias. También en Holanda el
futuro era hermético, pero estábamos seguro de que sería más fácil
combatirlo sabiendo de nombres y puntos de referencias, y mi marido
conocía las reglas y secciones de su país. De esta forma
establecimos enfrentarnos a ese futuro esquivo en su propio espacio
y no perseguir más imposibles, pero yo regresé otra vez a Málaga
donde me esperaba el trabajo y la casa de mis padres para combatir
la soledad.
No fue un tiempo fácil. Lo cotidiano del trabajo llenaba mis días
huérfanos de amaneceres y caricias. Me costaba adaptarme al nuevo
órden de cosas limitadas por la ausencia. A mi alrededor estaba todo
tenso, una inmovilidad aparente marcaba el temor a una memoria
despierta, sin embargo la vida seguía siendo la protagonista: había
quien proponía que "sacáramos el güisqui y organizáramos guateques",
pero esto era sólo una canción. La realidad estaba en otros temas:
Umbral ganaba el premio Nadal y Holanda se hacía con el primer
premio en el festival de Eurovisión, la censura estaba aún presente
en "el caso Montalván", y el mes de mayo se termina con los sucesos
en Montejurra. No se presentaba un panorama muy esperanzador ...
A veces se necesita correr riesgos para sobrevivir entre tantas
imágenes quebradas, y aceptar el reto de un futuro que yo no quería
dejarme arrebatar. Las armas para librar esta última batalla las
poseía yo. De nuevo me ví hacíendo las maletas, esta vez llevaba en
ellas toda mi vida. |
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De cómo
me vi en Holanda (6)
PERMISO DE RESIDENCIA

Esta vez llegué a Holanda para quedarme, un país que tenía un orden
establecido en las líneas que marcaban el paisaje, y una tradición
de normas y valores que se remontaban al pasado de su historia.
Ahora, desde la distancia a la que me ha llevado el tiempo, tengo
que reconocer que no tuvimos una relación equilibrada: yo perdí la
cabeza desde el primer momento por las tonalidades de su luz y la
amabilidad de una naturaleza dominada, y ella calló, demoró el
decirme que aquel era sólo el carácter de alguno de sus veranos.
Después de conseguir el permiso oficial para residir en Holanda,
escogimos Rotterdam –ciudad con un puerto que sueña con el mar- para
ser testigo de cómo íbamos venciendo cada una de nuestras zozobras.
Fue allí donde conocí la forma de vivir y el pensar reservado de los
holandeses, donde empecé a ejercitarme en su cocina fácil y sin
mucha imaginación, pero ante todo allí creció mi relación con un
lenguaje que sigue siendo despiadado con mi garganta. Vivíamos de
las esperanzas anteriormente reservadas, pues lo que se nos negaba
un día, podía ser una promesa al siguiente. El tiempo tiene esas
sorpresas.
Rotterdam es una ciudad introvertida y cercana al gris, que
exterioriza su sentir con una conducta comedida, pero en aquel
verano del 75 dejaba oír los ecos tumultuosos que llegaban del sur:
huelgas, censura, represión, los últimos estertores de Franco que
aún tuvo ocasión de firmar cinco condenas a muerte en septiembre.
Hubo manifestaciones, y un primer ministro del país que aconsejaba a
la gente que evitara pasar las vacaciones en España. En octubre vi
caer la nieve –lo que me hizo presentir cómo se comportaban los
inviernos holandeses- conocí gente, fui a clases para aprender el
idioma, la ciudad poco a poco se hacía familiar. Era como ir
colocando en su sitio cada pieza de un puzzle. Y por fin en
noviembre ese anhelado trabajo que buscaba mi marido, que coincidió
con la muerte de quien llevaba ya días sin vida.
Empezaba una transición: el destino era Deventer y exigía una
incorporación de inmediato. Yo no tuve más remedio que quedarme a
esperar hasta que mi holandés encontrara una casa. En esta ocasión
no podía hablar de soledad: una nueva vida se había anunciado ya
para después de nueve meses.
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De cómo
me vi en Holanda -7-
FAMILIA

Ahora, cuando vuelvo la mirada hacia esos años, salen a mi encuentro
imágenes con los gestos precisos y un extra a entusiasmo y confianza
en lo que íbamos consiguiendo. Todavía quedaba por poner cada cosa
en su sitio, establecer un orden, pero las bases estaban trazadas.
Ya teníamos casa, mi marido un trabajo, y yo empezaba a contar los
días que faltaban para que llegara nuestro primer hijo, pero antes
mi meta era sobrevivir aquel invierno en Holanda.
Recuerdo nuestra llegada a Deventer, bastante gris en la humedad de
la sesión. Una ciudad de iglesias acentuadas de torres, un río
activo y bien provisto de agua, y una historia que le da empaque y
aristocracia. Pero esto lo conocería después, de momento aprendí a
convivir con lo que era el frío verdadero: hielo en las ventanas,
los canales congelados y el patinaje sobre hielo natural. Y nieve,
pero no la que cae en el campo o en la montaña, sino cerca, en la
acera de casa, en el jardín. Me sorprendió su silencio y su luz.
Todo esto era nuevo para mí, la ciudad, la gente, el clima, y el
bebé que cada vez se hacía más presente.
Lo primero fue enfrentarme a la idea de lo que en Holanda es
tradición: el parto en casa y -si todo va bien- no pasar ni siquiera
por las manos de un ginecólogo. ¡Había tanto que me resultaba
extraño! Deseé tener a mi madre más cerca en esa espera prolongada,
pero Málaga se sentía lejos en aquel tiempo. Quise hacer mías unas
costumbres y observar comportamientos que mezclaba con la añoranza
de las cosas que dejé, de mi gente, del mar. Me adapté al horario y
a las comidas, a las noches largas del invierno. Tuve una lucha
intensa con el idioma hasta poder seguir la prensa y la televisión.
Y así, mientras íbamos pensando en el nombre que le pondríamos al
niño, fueron alargándose los días, cambió el color, el paisaje se
hizo alegre y mostró amabilidad. Hubo de nuevo vida.
Todo estaba dispuesto, teníamos las cosas precisas. El día 1 de
julio nació nuestro primer hijo, Rafael. Y fue en ese momento,
cuando lo tuve en los brazos, cuando me sentí verdaderamente en
casa, entonces fue cuando Holanda se hizo mi hogar. Sí, ahora
mientras escribo retornan las imágenes con el aroma recobrado del
tiempo, y se llena mi mirada con la memoria de entonces. Vuelven las
palabras y el tacto, la ternura, dando forma a una historia que era
necesaria y que buscaba el equilibrio. No hay límites ni fatigas,
sólo descansaré unos momentos para seguir después escuchando lo que
ella me tenga que decir.
(continuará)
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De cómo
me vi en Holanda -8-
BIBERONES, PAÑALES Y
OTRAS COSAS
 
No fui
muy aplicada a la hora de traer niños al mundo y necesité unos diez
años para conseguir tres. Pero llegaron, y fueron llenando las
estancias vacías de pasos y sonidos, de risas y juegos, desorden,
canciones y cuentos, y de palabras que necesitaban traducción.
Ellos, los niños, me acercaron las tradiciones y costumbres desde
otras perspectivas. Los horarios, las comidas, las fiestas de
cumpleaños, la de San Nicolás, la Navidad, todo con un carácter
diferente a lo que yo había vivido en mi infancia. La bicicleta, el
trineo, los patines para el hielo -que tuvieron nada más que casi
cuando pudieron andar- fueron símbolos que acentuaban esa
diferencia. A veces me parecía ver en los ojos de mis hijos una
ráfaga, un gesto que despertaba mis nostalgias de lo que había
dejado, pero tenía poco tiempo y mucho para hacer, llevarlos al
colegio, recoger la casa, preparar la comida, incorporándome así a
la vida de cada día.
Los
años ochenta fue nuestra década prodigiosa. Habíamos dejado de
deambular por las diferentes geografías, reconciliando lo ausente
con la seguridad cotidiana. Vivímos un tiempo de cambios y
contrastes, procurando mantener un equilibrio entre mis raíces -que
también les pertenecían- y su propia identidad. Los niños crecían,
tenían amigos, estudiaban, y hacían preguntas sobre una España que
coleccionaba autonomías y empezaba a creer en la democracia, aunque
existiera más de un Tejero que quería hacerla fracasar. Hubo
momentos de inquietud y malas noches, primeras comuniones y
lecciones de natación, asignaturas pendientes y cursos aprobados, y
cada año terminaba para nosotros cuando hacíamos las maletas para
salir de vacaciones hacia el sur. Pero esto es otra historia con sus
propios capítulos que espera el espacio y el tiempo para darse a
conocer. Lo que tengo ahora son fotos que muestran el contorno
preciso de aquellos años, y en el armario unas muñecas de mis dos
hijas y el tren -al que le faltan unas ruedas- de mi hijo mayor.
Continuará
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De cómo me vi en Holanda – 9 -

LA PINTURA
La pintura es un poema sin palabras (Horacio)
¡De nuevo es Navidad! Qué destreza
muestra el tiempo no dejándose detener, pero no es esto lo que
pretendo. Yo sólo guardo momentos de importancia y todo aquello que
se puede dejar para más tarde. En esos días de grises desconsolados
nada es mejor que ir recuperando algunas de las imágenes de amor y
hábito, inseguridad y renuncias, sonrisas, y palabras para acallar
añoranzas: estampas que llenan el silencio dejado por los hijos en
cada habitación de la casa. Una colección de íntimos instantes
ordenados por fechas y nombres me lleva de nuevo a la encrucijada de
aquellos años, cuando escogí este lienzo acuarelado y de aguas
permanentes, con cielos que añoran el azul. Fue el comienzo incierto
entre símbolos y tradiciones hasta acercarme a la cultura del país.
Necesité conocer sus raíces y la herencia que le dejó el tiempo para
comprender el carácter de la tierra y de su gente. Seguí la historia
desde la literatura y escuché a sus personajes, compartiendo su
lengua: ya no son desconocidas para mí ninguna de sus corrientes, ni
los que las escribieron, y no se me hizo difícil dejarme guiar por
el conocimiento que profesaban. Ellos me llevaron al origen de un
común pasado hasta entender la vida tal como es aquí. Quizás sea ese
enlace lo que dio carácter a un pueblo que tuvo que luchar contra
una leyenda que tiene más de un color. Yo he dejado atrás todo
prejuicio y ahora esta historia también me pertenece.
Sin embargo ha sido la pintura la
que dejó huellas indelebles en mi relación con esta tierra de
navegantes. A través de ella he conocido aspectos de la vida y la
cultura, la sensibilidad y el hechizo que tienen estos paisajes
dominados por líneas horizontales. A diferencia con la literatura
–con sus reglas y normas- la pintura traza los contornos y deja que
sea yo quien ponga las palabras. No exige gramática, ni ortografía.
La pintura ... ¡ah, la pintura! ... ella es la que me ha seducido
con sus volúmenes, pigmentos, brillos, telas y óleos, con su estilo
poético –casi amoroso- con que tratan los pintores estos espacios de
brumas y luces transparentes: cielos como los de Jacob Ruysdael, que
se hacen agua con toques de algodón, el carácter elegante y cauto
del frío en el paisaje de Jan van Goyen, en una naturaleza de
horizontes extensos. También Jan Vermeer, que expresa lo cotidiano
de sus personajes con una reconocida delicadeza en sus retratos. En
la pintura de ese siglo de oro se reflejan los comportamientos de
una sociedad dividida por sublevaciones y pactos de paz: el norte
holandés, calvinista y poco dado a la exuberancia y el católico
Flandes que se relaciona con la burguesía y su adhesión a la
monarquía española. Dos zonas, dos tendencias, y dos pintores más:
Rubens como figura dominante del barroco, y del que se puede admirar
su elegancia y distinción en su Autoretrato con Isabelle Brant, su
mujer. Y Rembrandt, que también mostró que sabía lo que era
elegancia en su obra ″La novia judía″, una de mis pinturas
favoritas.
Decía el poeta Horacio que una
pintura es un poema sin palabras. Yo me acojo a la intimidad de esa
visión poética de líneas, técnica, y símbolos hasta adentrarme en la
historia, fascinada por las formas y el color. Esa historia que
despierta y se hace aliada con el tiempo -que ya no tiene prisa y
que hasta parece deternerse- para hacerme más fácil su aceptación.
http://pintura.aut.org/BU04?Autnum=11.993&EmpNum=15218
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De cómo me vi en
Holanda -10 -

Paraíso de bicicletas
A estas alturas los capítulos de mi historia están en un mismo
plano, sin distinción de fronteras y nacionalidades. El tiempo les
ha ido dando fijeza y contornos apacibles, suavizadas las
diferencias. Ahora todo se encuentra cercano, sin ocultar sorpresas
repentinas ni paisajes sin descubrir. Aunque ... ¿es verdad esto, he
hecho ya mía todas las costumbres, símbolos y tradiciones de este
país, me he adaptado a los horarios, doy al idioma la justa
interpretación? ... Es conveniente comprobarlo. El mejor resultado
llega a través de las experiencias y reacciones de los que vienen de
fuera a visitarnos, que sirven como catalizadores de mi propia
adaptación.
Uno de estos días hemos hemos ido con amigos a visitar el museo
Kröller-Müller, en el Parque Nacional Hoge Veluwe. Esta parte de
Holanda tiene una belleza especial: bosques de pinos y zonas amplias
con una gran diversidad de animales y plantas. El museo tiene una de
las colecciones particulares más grande del mundo de la obra de Van
Gogh. Desde la entrada del parque hasta el museo se puede llegar en
coche y ¡cómo no¡ en bicicleta, a través de tres rutas trazadas que
tienen diferente extensión. El museo tiene a disposición del
visitante 1700 bicicletas de color blanco. Así que no hace falta
decir mucho más: ¡Ya me lo estaba viendo venir! ... Escogimos, no,
ellos escogieron, en hacer el recorrido en bicicleta. No tuve más
remedio que hacerme fuerte y confesar: ¡no me he subido nunca en una
bicicleta! Y ahí me vi yo haciendo de "paquete", cosa que también da
problemas: tienes que subir en marcha, de un salto, y tratar de
mantener el equilibrio con desenvoltura y elegancia. No sé a que
altura quedó lo elegante y desenvuelto de mi estilo, pero el
equilibrio lo conseguí y es que no me quedaba otro remedio.
Para los holandeses –que ya se deslizan sobre ruedas casi antes de
saber andar- la bicicleta es el medio normal de transporte. La
frecuencia con que hacen uso de ella, la práctica, el desprecio de
las condiciones del tiempo, fueron las características que más me
llamaron la atención al llegar. He visto madres en bici, cargadas
con uno o dos niños, con bolsas de compras colgando del manillar,
tirando de la correa del perro; estudiantes, mayores que van a su
trabajo. Todos hacen uso de este transporte sin importarles hielo,
nieve, vendavales, lluvia, que de todo abunda en esta tierra. Si
hubiera sabido que este país iba a ser el lugar de mi residencia,
hubiera tomando lecciones prácticas antes de venir porque ... ¿hay
algo más penoso que vivir en Holanda y no saber cómo se maneja? El
caso es que a veces, y sólo en verano cuando el tiempo se muestra
más complaciente, siento ese impulso de pasear en bicicleta a lo
largo de los canales como una holandesa más. Pero desgraciadamente
ese buen tiempo dura poco aquí en Holanda y entonces, cuando llueve
o se levanta ese viento fuerte del norte, es cuando más contenta me
siento de que me he decidido por el coche.
La visita al museo resultó un éxito. El parque con 5500 hectáreas es
uno de los más grandes de Holanda y mostró su carácter atractivo e
interesante que le caracteriza desde sus orígenes a principios del
siglo XX, pero quizás fue el frío el que hizo que ninguno de los
ciervos, corzos, jabalís y todos los demás habitantes del terreno se
dejaran ver durante el recorrido, que terminó siendo una experiencia
curiosa para mi. De lo que no hay duda es que és ésta, montar en
bicicleta, una de las asignaturas que aun tengo pendiente de
aprobar.
Continuará
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De cómo me vi en
Holanda -11-

De las delicias del frío
Elfstedentocht:
maratón sobre hielo en las Once Ciudades, en Frisia
A pesar de todos estos años de lucha con el idioma holandés, la
palabra "frío" me sigue produciendo extremecimientos y ni todos sus
intentos de conquista con imágenes de paisajes nevados, el
chisporroteo alegre de chimeneas, bufandas y guantes de suave y
cálida lana terminan de seducirme. El invierno fue una de las
asignaturas necesarias en mi proceso de adaptación al país e hice
todo lo posible para pasar airosa la prueba. Ahora sé lo que es
quitar el hielo del coche, andar por calles cubiertas de nieve,
llevar los niños con trineos al colegio, hasta poner calcetines
sobre los zapatos y botas para no resbalar, y aunque sea experta en
eso no creo que me acostumbre del todo.
Lo que sí me fascina es el fanatismo de los holandeses por el hielo.
Ya desde pequeñitos aprenden a patinar. En las pistas de patinajes
existentes ves muchos niños intentando mantenerse erguidos sobre sus
patines, cosa nada fácil, si consideras que están en equilibrio
sobre unas cuchillas. Los pequeños aprendices se ayudan de todas las
maneras y con los más diferentes objetos: un taburete, una silla,
una tabla o, simplemente, cogidos a la mano de sus padres. Quizás
mis hijos por eso de llevar el 50 por ciento de mis genes no han
sido nunca entusiastas de este deporte, aunque me tocara llevarlos a
las lecciones de patinar.
Sin embargo, por encima de las pistas artificiales, la preferencia
está en el patinaje sobre el hielo natural. En aguas poco profundas
no se necesitan más de unas noches de buen frío para quedar heladas.
En ríos, canales y acequias es preciso que el frío sea persistente y
se prolongue suficiente tiempo hasta conseguir una espesa capa de
hielo y no se necesita que pasen muchos días con temperaturas bajo
cero, para que vaya calentándose el ambiente y ya tenemos a la gente
en espera anhelante al surgir la pregunta clave de cada invierno:
¿se correrá el maratón sobre hielo de "Las once ciudades"?
Este maratón de patinaje se efectúa en Frisia. Esta provincia está
situada en el norte de Holanda, y sus lagos y canales la hacen ideal
para el recorrido de 200 kms. sobre hielo, a través de once ciudades.
En los últimos 25 años sólo tres veces pudo ser efectuado ya que
deben de coincidir una serie de circunstancias que hagan posible el
recorrido de todo el trayecto, sobre un hielo de un espesor entre 13
y 15 cms. En el siglo 20 han sido quince las veces que se dio la
señal de salida. La última en 1997, con 16.000 participantes y una
duración de 6 horas 49 minutos por el ganador, que comparándolo con
el primer maratón organizado, en 1909, en el que participaron 23
corredores y un tiempo de 13 horas y 50 minutos para el primer
llegado, demuestra el aumento del interés y el perfeccionamiento del
recorrido.
Para describir el ambiente faltan palabras. Hay que vivirlo. Ya
desde la madrugada, incluso la noche anterior, se ha desplazado
gente de todos sitios en Holanda, tambien de fuera, para asistir a
la carrera. A lo largo del recorrido hay una multitud de
espectadores esperando ver el paso de los corredores, soportando
temperaturas muy bajas y en ocasiones un tiempo desapacible de
viento y nieve que se intenta de combatir con sopa de guisantes y la
animación de bandas de música. La señal de partida se da a las 5,30
de la mañana. A lo largo del trayecto hay diferentes puntos donde el
participante deberá sellar su tarjeta de inscripción, como una
especie de camino de peregrinaje. La meta se cierra a las 12 de la
noche, dándose por terminada la carrera. Todo el que llegue después
no recibirá la crucecita de plata que le acredita su participación.
Para éstos será una desilusión que les durará toda la vida.
En el
tiempo que llevo residiendo en Holanda solo se han podido organizar
tres maratones por falta del hielo adecuado. Lo que significa que
cada uno de los años que no se ha realizado hemos tenido todo el
proceso de espera e ilusión para terminar en desengaño. La primera
vez que oí hablar del Elfstedentocht me cogió de sorpresa el
fanatismo que sienten los holandeses con sólo nombrar la palabra.
Con la experiencia de los tres maratones vistos tengo que reconocer
que es como una clase extraña de fiebre que contagia a todos,
incluso a aquellos que -como yo- el frío es una asignatura pendiente.
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De cómo me vi en
Holanda - 12

El
agua mansa
Después de mis experiencias con la gente, el idioma, el frío, las
bicicletas, y muchas otras cosas, es más fácil dejar de sentirme en
tránsito y entregarme a esta tierra que desde hace tiempo convertí
en mi hogar. He aprendido a reconocer colores en la niebla, a
enfrentarme con otros hábitos, sabores y sonidos y me he convencido
de que el calor no está en el aire sino en el corazón de la
naturaleza, aunque esta sea voluble y tenga ráfagas caprichosas. Así
ocurre que aunque no calce zuecos me gustan los arenques, el queso,
el puré de manzanas y ver las vacas pastando tranquilamente en el
verde.
Si me preguntan por algunas de las cosas que distinguen a Holanda
siempre pienso en dos: que llueve mucho y que está bajo el nivel del
mar. Ya lo dice su nombre: Nederland, neder-bajo y land-país. Así
que se reúne todo, mucha agua, mucha gente, pero poco sitio: 450
habitantes por km2. Del mar se protegieron construyendo diques, y
para hacerse grande encontraron la solución en los polders,
extensiones de terreno ganadas al mar. Los diques son los que
contienen esa agua en su sitio. La mayoría están en el norte y el
oeste del país. El terreno en los polders es completamente diferente
al resto del paisaje holandés: los caminos son rectos, los árboles
están también en filas rectas, no hay bosques, y si quieres llegar a
uno de ellos siempre tienes que pasar por un dique.
He comprobado lo orgullosos que se sienten los holandeses de la
persistente lucha que mantienen durante siglos contra el agua.
Aunque yo más bien creo que tienen una relación amor-odio que van
arrastrando desde tiempos inmemorables. Principalmente porque, a
pesar de los problemas que les da desde siempre, también tienen que
agradecerle su existencia. El mar les dejó arena con la que se
formaron dunas que hiceron de barrera protectora del país, también
el mar les trajo prosperidad ya en la Edad Media con el intercambio
comercial, y hasta el siglo pasado el transporte por agua tenía una
gran importancia. De igual necesidad eran los ríos, suministro de
agua para la agricultura y los habitantes.
Por lo tanto Holanda tiene mucho que agradecerle al agua, y también
a los diques que les sirvieron de defensa. En cierto momento durante
las dos últimas guerras europeas tiraron parte de algunos diques
para provocar inundaciones y así evitar el avance de los ejércitos.
Sin embargo, Holanda las ha sufrido y bastante graves al romperse
esos diques con fuertes mareas y tempestades que dieron por
resultado grandes catástrofes. Así en febrero se recuerda lo que se
conoce como el Desastre de 1953. En aquel año, del 31 de enero al 1
de febrero, las olas del mar destruyeron unos 187 kms. de diques.
En algunos sitios el agua subió tan alto que sobrepasó en altura a
la de ellos, y al día siguiente la marea arrastró 1835 personas y
unos 30.000 animales, que perdieron la vida. En total 153.000
hectáreas de terreno quedaron bajo el agua. Después de esta tragedia
se puso en acción el plan Delta, construyendo nuevos diques y
presas, reforzando y haciendo más altos los existentes y así dominar
o hacer que la probabilidad de que ocurra lo mismo sea lo más
pequeña posible.
Lo primero que vi al llegar a este país aquel verano del 73 fue el
agua, muchos y alegres canales llenos de vida con toda clase de
embarcaciones y gente que disfrutaba de un tiempo que no se prodiga
con facilidad. Los holandeses sienten por el agua un sentimiento que
les somete, porque lo que es cierto es que sin agua y sin
inundaciones no habría diques ni polders y sin diques y polders no
podría existir los Países Bajos.
(continuará)
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De cómo me vi en Holanda-13

De cumpleaños y celebraciones
Todo tiene su tiempo, todo necesita su lenguaje;
también se necesitan ambas cosas para intimar con un paisaje, con un
país. Así que, cuando llegué aquí, seguí lo que me propuse: ver el
lado positivo de una situación aún sin programar y hacer todas las
cosas que eran diferentes un poquito mías. Ese impulso ha dado
buenos resultados y todo lo que tenía Holanda de extraño, de
desconocido, es ahora complicidad y comprensión. Sin embargo, los
holandeses no dejan de asombrarme con algunas de sus costumbres y
comportamientos. Entre uno de éstos está su entusiasmo por el color
naranja y por colgar en las fachadas de sus casas la bandera
nacional. La he visto a media asta el día de los muertos en la II
Guerra Europea, la he visto alegre ondear abanicada por el viento
el día que celebran la liberación de los alemanes; la veo con
frecuencia al final del curso para festejar la entrega del diploma
... Y la veo también en todas las calles, en todas las fachadas,
todos los años el 30 de abril en el cumpleaños de la reina Beatriz.
Esta vez acompañada de una cinta naranja, símbolo de la Familia
Real.
Ese día tan especial, con aires de tímida primavera,
empieza con un mercado libre, un variopinto rastro en todas las
ciudades holandesas, siendo el más concurrido y nombrado el de
Ámsterdam. Ya desde el comienzo de la noche anterior van llegando
los primeros vendedores que quieren tener la seguridad de conseguir
un sitio preferente. Mayores y niños colocan su mercancía sobre una
manta en el suelo y tratan de vender todo lo que encontraron al
hacer su limpieza anual en el desván de su casa. La mitad de los
holandeses vende sus trastos a la otra mitad. ¡No he visto nunca
tantos cachivaches juntos!
El punto culminante de la jornada es la visita de la
Reina –que luce como es su costumbre un deslumbrante sombrero- a
una o dos ciudades, cada año diferentes. Hay un itinerario
engalanado con banderitas y adornos en naranja: globos, lazos,
guirnaldas, incluso refrescos y tartas son de ese color para no
desdecir el nombre de los Oranje. Por todo el recorrido que hace la
reina, acompañada de su familia y del Alcalde de la ciudad, hay
puestos donde se exhiben trabajos artesanos, se hacen juegos,
bailes, todo acompañado con música y el grito cantado, al paso de la
Reina, de ¡Arriba Oranje!, ¡Arriba Oranje! y ¡Viva la Reina! La
verdad es que pocas veces se ve tanta animación en las calles. Los
holandeses disfrutan de este día libre que muchas veces se ve
amenazado por el mal tiempo pero, a esto ¡ya están también
acostumbrados!
Hasta aquí el cumpleaños de la Reina, porque, en lo
que toca a los de casa, los nuestros son de una manera diferente
aunque también al estilo holandés. En mis tiempos en Málaga no era
muy aficionada a celebrar el cumplir años y los cambiaba con gusto
por el día del Pilar, hasta que llegué a Holanda donde no hay
santos y tuve que cambiar el calendario. También en esto
de las celebraciones vi que eran diferentes.
Para empezar, hay que conocer un detalle de las casas
holandesas. En ellas, además del cuarto de baño general existe otra
habitación, más bien un cuartito de un metro cuadrado escaso con un
wc y un lavabo pequeñín, a donde son dirigidas las visitas cuando
necesitan aislarse unos momentos. En estos minúsculos apartados,
[también usados por los miembros de la familia] a las que aquí le
dan el nombre de "toilet", cuelgan -preferentemente detrás de la
puerta- un calendario donde anotan los cumpleaños de familiares,
amigos y buenos vecinos, y a todos aquellos que acostumbran
felicitar. De esta manera, diariamente puedes estar al tanto de las
fechas de cumpleaños sin olvido posible y, además, entretienes esos
momentos en que estás ahí sentado……..
El cumpleaños se celebra en casa. Algunas visitas
suelen venir también por la mañana, a la hora del café a eso de las
diez; otros llegarán por la noche para las ocho y media. Se empezará
con café y tarta, repitiendo una o dos veces y acompañando cada taza
de café con un bombón, o se pasa la caja de galletas cerrando y
retirando la caja a continuación. No vaya a haber un descuido ...
Esto está a cargo de la señora de la casa. Una vez retirado el
servicio del café, llega el turno del caballero de encargarse de las
bebidas fuertes. Por supuesto que lo necesario para satisfacer el
estómago vuelve a correr por cuenta de la mujer. Todos estarán
sentados alrededor de la mesita baja y así pasarán la noche. Una
cosa muy curiosa es que no sólo el homenajeado es felicitado sino
también el resto de la familia, amigos e incluso vecinos que estén
presentes, bien dando la mano o besando. En este caso, no hay que
olvidar que deben ser tres besos, si se olvida uno se corre el
riesgo de quedarse con la mejilla tendida a la espera de no sé qué.
Con los regalos no se complican mucho. Es costumbre que hagas saber
tus preferencias, para lo cual ya se habrán informado preguntándote
con antelación si tienes una lista con tus deseos.
Esta manera de celebrar el cumpleaños cambia cuando
lo que se celebra es el 50 aniversario. Al llegar a esta edad se
dice que "se ha visto a Abraham o a Sara", según sea un cumpleañero
o cumpleañera. Al acercase la fecha, los vecinos – los que te
distingan con su amistad - hacen un muñeco del tamaño de una persona
al que adornan con detalles que reflejen algo del festejante, bien
en la manera de vestir o algo relacionado con sus aficiones o
trabajo. Este muñeco que colocarán en la puerta de la casa, en la
terraza o en el jardín a la vista de todos, quedará allí durante
unos días, para deleite de los pasantes.
Como muy bien podréis comprender, cuando se acercaba
el día tenebroso en que cumpliría 50 años, procuré correr un tupido
velo sobre la fecha de mi cumpleaños. No estaba dispuesta a correr
el riesgo de que me plantaran una muñeca, vestida de gitana, con
peineta y palillos, con un cartel de "Viva España" en el jardín de
mi casa.
Continuará ...
Pilar
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De cómo me vi en
Holanda - 14
La nacionalidad holandesa
Las campanas no
tocaron por mí, ni tampoco se vistió de gala la ciudad que ya
conozco desde tanto tiempo, pero el alcalde sí me felicitó al
entregarme, con un leve tinte oficial y de una manera eficiente, mi
nueva nacionalidad. Desde ahora puedo escoger cuándo quiero ir por
la vida como holandesa o como española. ¿Ventajas? No más de las que
ya tenía al casarme con un holandés, si exceptuamos el poder votar
que como extranjera me estaba vetado. La única concesión exigida
para tener derecho "a los papeles" era el llevar a buen fin
el proceso de integración: dominar el idioma y tener conocimiento de
lo que es Holanda y las costumbres y modo de vivir, cosa que
–después de más de treinta años de estar aquí- tengo más que
trillado.
Sin embargo, ya
no es todo como era en el tiempo en que yo llegué a este país
conocido por su lucha contra el agua, por los canales y lluvias, por
sus molinos y pintores. Aunque en el fondo siga siendo el mismo,
poco a poco voy viendo desaparecer la Holanda que conocí durante mis
primeros años, diferente y llena de sorpresas, mientras que ahora
hace gala de una imagen menos concreta pero más reconocible en el
diversificado color y lengua de su gente. Todavía se encuentran
algunos de esos holandeses de una galleta con el café, el
drop*, la croqueta y el prakje*, pero es la
mayoría la que conjuga en el presente su historia, y extiende con
precaución sus límites ante las nuevas tendencias de los que
empiezan un camino en esta geografía aún desconocida para ellos.
Todos los
comienzos son difíciles, todos los caminos tienen un destino. Para
alcanzarlo se recorren no sólo tramos embarrados de complicado
alcance, sino también amplios senderos y fructíferos campos de
sueños llenos de vida -todo un caminar estratégico- mientras se
memorizan nombres, lugares, costumbres, situaciones. Así, después de
haber superado los tramos proyectados, después de conocer los
comportamientos, de entender el carácter, después de formar parte de
un todo, un día te despiertas despojado de prejuicios y ya no
sientes lejano el paisaje, ni te pone límites el idioma. Estás en
casa, y se te hace difícil abandonar el regazo familar de lo que
para muchos es su tierra prometida, sin que por esto olvides que es
en otra donde está tu verdadera identidad. Reconocerlo puede que te
haga entrar en conflicto, pero esto ya pertenece a otra historia.
drop: regaliz
prakje: mezcla de
patatas y verduras
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