A inicio A Lugares en nuestra Página A Nuestros Escritores A Certámenes y Noticias

Web Master: Gaviola

 

El Libro de Matías

Índices

 

 

 

Prosa

         
EL TATARABUELO RESUCITADO  
   
   

 

 
 

EL TATARABUELO RESUCITADO

        Hoy es un viernes nublado de Septiembre, y Matías todavía no lo sabe, pero dentro de catorce semanas se va encontrar  consigo mismo en uno de los descansillos de las escaleras de la facultad.

       La cuestión acá es que esas catorce semanas ya pasaron, porque así es el tiempo, y Matías estaba bajando las escaleras de la facultad en Noviembre, cuando, en eldescansillo se encontró con ese señor que era él mismo, pero tres meses antes, en el viernes de Septiembre; precisamente cuando estaba subiendo esas escaleras.

     Su primer impulso fue darle una palmadita en el hombro: "¿Otra vez vos acá?". El Matías del pasado le contestó: "No sé quién sos, pero igual no importa". El otro se quedó absorto: "¿Cómo? ¿No me reconocés? Soy Matías".

       -¿Qué Matías?

       -Soy vos.

       Por un momento, al Matías que subía las escaleras de la facultad en Septiembre se le ocurrió que el payaso de su imaginación le estaba contando un disparate otra vez.

       Recién, mientras viajaba en el tren, había terminado de leer "El Doble", y ya a estas alturas era consciente de que uno, a veces, mezcla su propia realidad con la realidad de los libros; si por algo Don Quijote había salido por ahí de caballero fanfarrón.

       Pero la imaginación siempre es sueño y se parte, y, en este viernes de Septiembre, el otro Matías del futuro todavía estaba ahí, mirándolo inexorablemente, volviéndolo a palmear en el hombro y diciéndole que no se preocupe, que las personas igual nunca se dan cuenta de lo rápido que pasa el tiempo, por más que lo vivan comentando siempre.

      -Mirame bien -le dijo -, ¿no ves que tengo tus mismos ojos, tus manos, hasta tu misma cara de perejil? Vos sos yo, aunque ni con espejos podés mirarme.

Matías se quedó callado. Se había dado cuenta de que su otro Matías del futuro, por más inverosímil que pareciese, tenía razón: eran idénticos. Le preguntó, entonces, qué es lo que iban a hacer, con dos tiempos diferentes mezclados en un mismo espacio: "¿Te imaginás el desorden para Dios?".

       Pero el otro Matías le preguntó, como sin haberlo escuchado, para dónde iba, que estaba subiendo las escaleras, y él le contestó que a un taller de literatura.

       -¿En serio? ¿Y por qué?

      -Porque quiero ser escritor.

       -Querés ser escritor. 

       -Amo escribir.

      -Te ayuda a no sentirte cobarde.

      -Ajá.

      -¿Por qué?

       "No sé", terminó la encuesta Matías. Su doble del porvenir agachó los ojos, titilantes, como acordándose de una broma.

      -Sabés que vos -le dijo -sos igualito a alguien que conocí.

      -Eso me pasa siempre y con todo el mundo -le sonrió el otro.

      Matías hacía referencia a un encuentro que él había tenido unos pocos años atrás, un martes de Febrero, cuando se marcaban las cuatro menos seis de la noche en un despertador de plástico, común y corriente, que tenía en su pieza, pero al cual él consideraba un reloj único en el mundo, porque, desde la primera vez que lo miró pensando en una mujer, le atribuyó la virtud sobrenatural de no marcar horarios, sino el espesor de sus propias nostalgias.

       Y lo que pasó fue algo así:

       No había nadie en la tierra. Matías había encendido la radio, y, después de destapar una cerveza, se quedó tirado un rato largo en su cama, pensativo, tragando los vidrios de la música, ojeando una pared llena de firmas, nombres, canciones, frases, poemas y dibujos, que cualquiera que lo visitara en su pieza podía escribir.

      Algunos eran escritos de amigos que tuvieron la paciencia o el destino para quedársele en la vida; otros, de peatones del mundo que quién sabe por dónde andarán.

      Cuando el vaso no brilló más, Matías salió al patio, despacio por no despertar a los gatos insomnes, y se soltó, con un cigarrillo, en un banco. Seis estrellas se contaban en el aire. Había una luna enorme, color de foco, flotando entre dos nubes, y de vez en cuando unos pájaros de luto cruzaban la oscuridad.

      El silencio abrumaba con sus chicharras dormidas. Se escuchaba el zumbido de muy pocos autos desde la calle, y Matías miraba el cielo pensando que aquella era otra noche más; otra vez vigilando lo que pudo haber sido un recuerdo. Hasta que una persona tosió al lado de él, y un aliento ácido le raspó la nuca.

      Se levantó, asustado, y reconoció al visitante en lo más oscuro del patio: era su tatarabuelo. El mismo que había muerto hacía noventa y siete años, con sus bigotes italianos y un chaleco de lana bastante cruel para los cuarenta y cinco grados de este Febrero mortal, y con una escopeta de guerra colgándole del hombro.

      Matías lo reconoció porque tenía una foto de él en la repisa de su pieza, una que, por casualidad, había mirado mientras vaciaba los vasos leales de su alcohol, un rato antes de salir al patio para numerar las estrellas, y encontrarse con que aquel mismo ancestro lo estaba mirando.

      El hombre se le acercó despacio: "¿Cómo te llamás?". "Matías", contestó Matías, y se volvió a restregar los ojos. "¿Vos sos el que esta escribiendo este cuento?", dijo el viejo. "Sí", asintió él. "¿Tenés perros?". "Sí". "¿Cuántos?". "Dos". "¿Tu papá te quiere?". "Mucho". "¿Tu mamá te ama?". "También". "¿Escribís por juego o por memoria?". "Por necesidad". "¿Cuál es el amor de tu vida?". "La que no lo es". "¿Te considerás feliz?". "Muchas veces". "Bueno, ahora yo te dejo porque mañana me tengo que morir temprano". "Está bien". Su tatarabuelo le dio la mano y se fue.

      Aquel fue un encuentro de alucinación que Matías por mucho tiempo no pudo hablar con nadie. Pero cuando, en uno de los descansos de las escaleras de la facultad, le comentó a su doble del pasado: "Vos sos igualito a alguien que conocí", pudo por primera vez en su vida hacer referencia al encuentro de aquella noche, y el secreto se le perdonó. Entonces, el Matías que subía por las escaleras le preguntó curioso:

       -¿A quién que una vez vos conociste yo te hago acordar? 

      Matías, con una sonrisa sin falsedad, le contestó que a una madrugada de Febrero mirando estrellas. Medio inconsciente de la broma, su pasado le preguntó: "Entonces, ¿por qué vos escribís, si con mirar estrellas Dios ya te perdonó la cobardía?". Y esta vez ya hablando en serio, Matías le replicó que si escribía no era para engañar a la soledad, como insinuaba el loco de su tatarabuelo, sino para hablarle a un amigo. 

      Apenas terminó esta frase, al Matías que había entrado por primera vez en la facultad un viernes de Septiembre, cruzando sus pasillos pálidos de hospital, subiendo las escaleras hasta encontrarse, en uno de los descansos, con el otro Matías que las estaba bajando, pero tres meses después, en Noviembre, cuando el taller de escritura al que iba ya había terminado; a ese Matías, se le ocurrió, de golpe, que todo eso no estaba pasando de verdad, sino que lo estaba escribiendo en su computadora, que era un cuento que esta misma noche iba a terminar de escribir, para después leérselo en el aula a los demás chicos del taller, y que es el mismo que estoy leyendo ahora, porque así es el tiempo.  

NOVIEMBRE 2005

 
 

Subir a Índices

 
     

Conocer a Matías

Volver a Nuestros Escritores

Ir a Lugares en Nuestra Página

 

 

A inicio A Lugares en nuestra Página A Nuestros Escritores A Certámenes y Noticias