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LAS HORAS

 Esas indiferentes y deshumanizadas manecillas del reloj, a veces, exasperadamente perezosas, otras, insultantemente veloces, incapaces de comprender mis deseos, -mucho menos mis sentimientos...-,  tienen firmado un legendario tratado con las horas, y éstas, obedientes y sumisas, siguen el ritmo que sus metálicas manecillas les marcan, convirtiendo en eternidades o en leves suspiros esos sesenta minutos, que a una la tienen absorbida.

 Cuando más prisas se tiene, más deseos nos asaltan de que corran, ellas,  alevosamente se dejan ir, convirtiendo los días en pruebas de paciencia; las muy astutas, multiplican los minutos tan solapadamente que tú no logras saber cómo lo consiguen, pero, si percibes cuán largos son los días.

Sin embargo, cuando estás a gusto, disfrutando, te sientes arropada, sientes el cariño a tu alrededor, descansas, respiras… quisieras que esos momentos no terminaran, que el tiempo se detuviera; pues no, las horas corren raudas, y,  cuando te das cuentas, ya se han pasado esos instantes.

 Ahora, de nuevo en el asfalto, cierro mis ojos para rememorar aquéllos, a los  que quise grabar en mi retina, al mismo tiempo que los guardaba en mi interior, para  enriquecer mis recuerdos.

 Y vuelvo a aspirar el suave olor a jazmines y aroma de la dama de noche, mientras escucho el rumor de las olas, y siento la nostalgia de aquella gaviota que revoloteó a mi alrededor esos días, llenando estos de luz y color.

 Marila.

Agost0 - 2005  

 

 

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