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María
Luísa Lázzaro
(Marial)
Marial
es un lujo para nuestro Foro. Vean, si no.
VIDA
Y LIBROS
de
María Luisa Lázzaro
Comencé
leyendo a dos poetas: Sor Juana Inés de la Cruz
(mexicana) y Carmen Botas Blanco (española). No
recuerdo, en esos mis doce años, ¿por qué vía
llegaron a mis manos? Seguramente por mi padre que
era un excelente lector. La
autora española no era muy conocida por mis
profesores de Castellano y Literatura. A los 16 años
un amigo (intento de un primer amor) que aún
recuerdo con total nitidez, me regaló ¿premonitoriamente?
la obra de Alfonsina Storni, que no sólo le dio un
vuelco a mi poesía sorjuaniana, sino que me abrió
las puertas a la publicación de mi primer libro,
Poemas
de agua (1978);
por el premio
“Alfonsina Storni”
que de manera mágica recibiera de la Fundación
Givré de Buenos Aires en 1978. El Rector de la
Universidad dio la orden de que se publicara ese
libro de una profesora de la Facultad de Medicina
que había sido premiado en el exterior. Información
que salió, conjuntamente con una entrevista que me
hiciera el escritor, reconocido internacionalmente,
Ednodio Quintero, casi la página completa del
diario más leído en mi país Venezuela, El
Nacional, de Caracas. Me hizo una generosa
entrevista con fotos que él mismo me tomara. En ese
tiempo yo participaba de su Taller literario TAL.
También hizo la nota que aparece en la
contraportada de ese mi primer libro. A partir de ahí
todas las puertas se me fueron abriendo, apenas yo
las tocaba con mis nudillos tímidos.
Cada uno de mis libros, se publicaron porque
algún ángel los llevaba a una editorial. Así en
1981 Fundarte, de Caracas, publicó mi segundo
poemario, gracias al crítico Julio E. Miranda, para
quien Fuego de tierra (1981), siempre
fue mi mejor libro. Tan breve, tan delgado. Escrito
en prosa poética, de un solo tirón una noche de
oscuridad existencial. Como un solo poema por lo que
necesite fragmentarlo para poder respirar, mientras
me secaba la melancolía que iba mojando el papel en
la IBM.
Mucho antes del primer poemario, ya tenía
escrito, en pedazos de papel que iba guardé en un
cajón por años, la primera novela: Habitantes
de Tiempo subterráneo (1990), que en
esos primeros tiempos, de mis 17 años, no sabía
que podía terminar siendo una novela. Luego de
concluir mis estudios en Letras y trasladarme como
profesora a la Facultad de Humanidades, fue que tuve
conciencia de que había un hilo narrativo y
que podría llegar a ser una novela. Al mismo tiempo
cada fragmento podía leerse como relato en sí
mismo, llegando muchos de ellos a ser cuentos. No
obstante como no estaba segura de que tuviese
característica, normales y lógicas, de novela, la
fui guardando hasta que leí con mucha atención Rayuela,
de Cortazar. Fue el espaldarazo que necesitaba para
entender mi propia escritura fragmentaria; ese ir y
volver por un tiempo que parecía no cerrarse nunca.
Desde esa conciencia le agregué, como cáscara
literaria ficcional, el capítulo inicial de “Doña
Elisa y su audición de amor” y el capítulo de
cierre “Para empezar a vivir”, también de Doña
Elisa. Aparentemente la intencionalidad fue
“ocultar”, “enmascarar”, el centro frágil
de la almendra de la vida para que no quedara como
una mera novela autobiográfica, de catarsis, casi
psicoanalítica, de un yo adolorido y visto desde la
hipersensibilidad de una joven de 17 años, que
necesitaba reconstruir su entorno para borrarlo.
Necesidad de comenzar de nuevo limpia, vacía, para
atarse a una nueva vida. La otra se hacía nada
entre los recuerdos dolorosos, la soledad y la
melancolía. De cualquier manera, ya se notaba la
exacerbación de lo real que se magnificaba como
material novelesco. Este libro, fue un ejercicio de
trabajo con el lenguaje poético y narrativo.
Me maravillaba del manejo del lenguaje, que
iba surgiendo como si alguien lo dictara, desde
el primer escrito de grito suicida: “Como si fuera
un puente”. Fragmento que está tal como salió la
primera vez, a excepción de correcciones de
puntuación. Seguramente que eran dones que deviene
del placer de leer. Todo lo demás es la escritura
de una jovencita que fue creciendo a medida que iba
creciendo su escritura.
Después sí comencé a jugar con la
escritura, aprendí a hacerme a un lado para
detenerme en el entorno que más podía serme ajeno,
aunque, estoy convencida de que nunca dejamos, los
escribidores, de estar como presencia ideológica,
como mente de vicisitudes y acontecimientos
experimentados o entrevistos, desde los
“conocimientos” adquiridos en el continuo vivir.
Así nació en 1988, la segunda novela Tantos
Juanes o la venganza de la Sota (1993),
que gracias a una amiga, compañera del postgrado:
Adaías Charmell, quedó entre las finalistas del
Premio de novela “Miguel Otero Silva”,
organizado por Planeta Latinoamérica en
1990, siendo publicada por ese sello editorial tres
años después. Adaías fotocopió varios ejemplares
y los mandó al concurso. Así también nació en
1987, el tercer
poemario Árbol fuerte que silba y arrasa o penúltimos
boleros (1988), único poemario al que le
haría drásticos cambios.
Creo que fue a los cinco años cuando comencé
a inventar historias, estimulada por los cuentos de
Rosa (me gustaría saber su apellido), la muchacha
que ayudada a mi madre en las labores del hogar.
Cada vez que puedo la bendigo como el ángel a quien
le debo el cuento Epaminonda entre olvidos y memoria
… Ella nos contó de un Epaminonda que aunque casi
nada tiene que ver con el mío, tiene lo esencial:
un niño desmemoriado, que desesperaba a su madre.
La diferencia con el mío la descubrí muchos años
después cuando localicé el cuento original: la
historia de un niño de color, desvalorizado en el
cuento como un niño tonto, que hacía todo lo
contrario de lo que la madre le pedía.
Quise recuperar al personaje, en ara de la
misma Rosa que nos lo contó desde otra versión,
inventada. Como igual nos fantaseaba las historias
maravillosas de príncipes y princesas, haciéndolas
verdaderos mitos del eterno retorno; donde los obstáculos
y las magias para vencerlos era elementos de nuestra
cotidianidad comestible: granos de porotos o
caraotas de distintos colores, ají dulce, melaza o
arroz para que ser resbalaran los malos; semillas de
merey, semillas de árboles. Pues desde esa
originalidad yo quise rescribirla, intentando
recuperar su versión, aunque no la recordaba sino
por fragmentos.
De igual manera intenté, con mis tres niños
hacerles conocer los cuentos maravillosos y las fábulas.
La mayoría de las veces se los leía. Siempre había
lobos, cabritos, bruja mal y princesa desaliñada
que era rescatada por un príncipe de noble corazón
y coraje. Hasta que… una noche mi hija Wendy del
Mar me dijo: Mamá,
cuéntame un cuento que no tenga lobo (1984).
Pues ahí empecé a inventarles historias
y como no les gustaba que les cambiara las versiones
noche a noche, me vi obligada a escribirlos para
aprendérmelos de memoria. Así surgió ese primer
libro para niños, editado en 1984 con el título
que Wendy me regalara. También a ese libro hoy le
haría cambios, lo mejoraría. Luego surgió: Marigüendi
y la jaula dorada (1985), El
niño, el pichón y el ciruelo
(1986),
y Para
qué sirven los versos (1995).
Este título me lo regaló René Rolando, cuando a
los seis años me preguntó si se podía estudiar
para ser poeta. Su padre quería que fuera médico
como él. Luego surgieron los demás editados entre
1995 y 1996, algunos han sido reeditados. Una
Mazorca soñadora (1995);
Un pajarito,
una pajarita y la casualidad/1995); La
almohada muñeca (1996); Parece
cuento de Navidad, Darlinda (1996). Este
último es una “historia” fabulada porque casi,
casi sucedió tal cual. Luego fue que di forma a Epaminonda,
entre olvido y memoria
y
El loro de la infancia.
Seguía escribiendo poesía, al mismo tiempo
que escribía unos extraños relatos que no han
terminado de cuajar, los tengo dispersos. Así en
1989 escribí también casi de un tirón el
poemario: Escarcha
o centella, bebe conmigo, editado en 2004. Durante muchos años hice
varias versiones, hasta que casi regresé a la
primera. Son poemas bastante elaborados donde quería
exprimir la palabra para que dijera más de lo que
aparentemente decía. Poemas a un apelativo, un tú
que por momentos podía ser la escritura, o la
angustia, o el amor. A principios del 92 comencé un
poemario que no lo siento cerrado todavía, donde he
intentado transmutar los múltiples significados de
la muerte, se llama: Resurrección
del ángel y De ángeles y hechizos.
Casi desde esos mismos años comencé: En
el mar de Cajal y Golgi,
poemas relativos a mi experiencia docente en la cátedra
de Histología, de la Facultad de medicina. Una
suerte de imbricación entre las ciencias naturales
y el mundo interior, el Ser. Al mismo tiempo fui
escribiendo Nanas
a mi hombre para que no se duerma,
editado el 2004, siete años después de
haberlo comenzado a escribir.
La poesía y la narrativa son dos estados
distintos. Así que entre poema y poema comencé
otra novela: Talito
Cuni, ¡levántate y anda!
Es una historia que está también
relacionada con mi experiencia docente en Medicina y
con fantasmas de la vida misma. El personaje central
es una neuróloga que se dedica a reproducir células,
con miras a generar tejido y órganos. Su vida es
trastocada por la extraña situación de su hijo de
16 años, quien aparentemente entra en una especie
atípica de autismo. El final es bastante
sorprendente, la historia de la ficción solamente
transcurre en tres días, lo que solamente se sabe
al final. Tengo otra novela comenzada: Memoria
y neblina, título tentativo.
Puedo dar fe de que un evento novedoso le dio
un vuelco enorme a mi escritura: Internet. Desde que
entré al Foro Sensibilidades, de Madrid, comencé a
sentirme escribidora, en el
sentido de vocación de trabajo diario, de
oficio, de vitalidad nueva y confrontación lectora.
Desde ese febrero del 2002 mi escritura comenzó un
trabajo de todos los días, tanto de escritura, como
de confrontación. Los poemas de esa nueva época
están recogidos en el libro inédito Cromática
en vuelo. De igual manera he estado
incursionando en el relato breve y en el minirelato.
Ya comencé a darle forma a dos libros de narrativa
breve: Caída de la mata y ¿Cómo
contarlo? En muchos de ellos trabajo
el humor, la sensualidad y lo sorpresivo del cierre
final.
Poco
más hay que añadir...
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