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Gato y la sabiduría
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 

 

 

Gato

Por Lola Díaz Ambrona

 

 

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Gato y la Sabiduría    1

 

    A veces, cuando contemplo a mi gato mientras dormita enroscado encima de un mullido almohadón, me pregunto qué excitaría más su gatuna curiosidad: ¿una puerta entreabierta invitándolo a descubrir el mundo exterior, ese mundo ajeno a su gratificante pero pequeño microcosmos, o una puerta cerrada? Tal vez es más provocativa una puerta cerrada.

Tras una puerta cerrada se puede imaginar, y nada más poderoso que la imaginación para crear colores, aromas, sonidos; objetos que se mueven amenazantes, sensaciones táctiles, sensuales, capaces de hacer ronronear incluso al más frío de los gatos. Todo un cúmulo de alternativas lúdicas las que quizá se den tras esa puerta, y que  esperan ser destapadas por cualquier felino aventurero. Una puerta misteriosa, talvez cerrada a capricho para ocultar un edén repleto de tesoros tales como una sardina fresca, pues intuía Gato que las sardinas frescas eran cosa proveniente de ese lejano mundo exterior: no en vano, observara en múltiples ocasiones cómo al aparecer en la cocina la bolsa de la compra, llegaban hasta su pequeña y siempre húmeda nariz los efluvios de un aroma amigo, aroma estúpidamente malgastado, al terminar tan exóticos peces, recluidos en una insensible nevera; absoluto derroche: una nevera nunca sabría apreciar la proximidad de un pescado fresco.

También, en el misterioso espacio, al otro lado de la puerta cerrada, Gato podía imaginar calcetines de lana generosamente abandonados sobre el suelo, para su delicia; a este lado de la puerta ya no se daban esos hallazgos: los usuarios, hartos ante las catastróficas apariciones de prendas  con  evidentes señales de haber servido como juego a un pequeño depredador, ya estaban alertas.

Tampoco hay que olvidar una de las más calenturientas fantasías de Gato. Gato era muy aficionado a las corbatas; de hecho, en su época joven solía jugar con las más elegantes que encontraba en el armario, viniéndole de estas experiencias los escasos conocimientos que en materia de colores poseía: Gato sabe que tras una puerta puede encontrarse una ristra de corbatas pendulando tentadoras, contoneándose sinuosas, como si fueran traviesos  cordones de zapatos que se mueven con el andar; o cinturones que cuelgan de suaves albornoces; en fin, pero sobre todo, las corbatas vivientes que siempre participaban en los juegos de Gato, que se movían por ese divertido fenómeno que llaman inercia, y que él mismo provocaba, empujándolas con sus manos sin uñas.

Sin embargo, ante una puerta entreabierta no se puede esperar, y a los gatos les gusta esperar. Yo he visto a Gato aguardar paciente ante armarios que sabía jamás se abrirían, pero no le importaba. Gato espera por el hecho de esperar. Esperar, para Gato, no es el espacio entre el deseo y la llegada de éste, convertido en realidad. La espera es el deseo, el fin en sí mismo. Cuando en alguna ocasión, conmovida por su estoica paciencia, le descubría lo que había al otro lado, se retiraba con desilusión: le había roto su misterio, había deshecho su ensueño. Gato espera que salgan los que están detrás de la puerta para descubrir otra donde aguardar a alguien que al final también boicoteará su apasionante juego.

Gato no es que se llame Gato porque no había otro nombre mejor; es que mientras se discutían apelativos complicados y cursis, teníamos que llamarlo de alguna forma, y dado que las deliberaciones llevaron su tiempo, él mismo asumió Gato como nombre de pila, sobre todo, porque nunca pensó que hubiese más gatos que él.

Pero aquella vez, se sintió más atraído por una puerta entreabierta que por la dulce espera ante una puerta cerrada, y se fue. El apoltronado gato de manos sin uñas se deslizó silenciosamente por la pequeña abertura y partió para ver hasta dónde llegaba el mundo, y así tuvo el primer contacto con él, y descubrió el olor de la noche, del viento, del asfalto húmedo: había llovido y aún quedaban algunos charcos en el suelo, cuyo contacto le recordó con horror los esporádicos baños con que era torturado ocasionalmente.

Descubrió la luna, y pensó que era la luz bajo la que dormitaba en las largas tardes de invierno; y oyó el sonido de los coches que nunca llegan a su destino, que siempre siguen pasando, igual que el agua, y anduvo sin saber muy bien adónde iba, pues ni siquiera sabía si los gatos van a sitios; y vio a un hombre que cantaba algo desafinado (Gato sabía de afinaciones), y creyó que se sentía solo, porque su canción sonaba triste, muy triste. Se le acercó e intentó rozarse en sus mugrientos pantalones, pero el borracho, tratando de levantar una pierna con intención de propinarle una patada, maniobra que casi lo lleva con sus huesos al suelo, pronunció algo como "bichos asquerosos", "veneno", y "ayuntamiento inútil". Gato comprendió que no era el amigo ideal, y altivo, siguió calle abajo.

Thor tenía miedo de los truenos. Era solitario y vivía en su esquina, La Esquina de Thor; se sorprendió cuando apareció Gato, porque Gato no era del barrio. Pero qué más le daba, seguiría durmiendo; era tarde y estaba cansado. Súbitamente, recuerda que perros y gatos son enemigos. Es la ley, así que da unos ladridos con desgana.

-Era para cumplir, perdona -se disculpa.

Gato no conoce ese código, pero será así. Quizá pueda pasar la noche con él. Intenta acomodarse sobre su peludo lomo con la dignidad de la Gran Esfinge, como sobre su edredón favorito. Thor se levanta indignado:

-¡Oye, qué te has creído, soy viejo y pretendo dormir!

       Gato no entiende tal actitud. Todas las noches hace eso mismo donde le apetece, e incluso lo acarician. Sólo una vez lo echaron con cajas destempladas, pero fue porque usó una cabeza humana como almohada. No obstante, él lo entendió, e incluso perdonó tan hostil actitud.

Intentaba buscar su propio rincón cuando se encontró en el Callejón de los Gatos. Un montón de individuos como él, se dedicaban a distintas actividades, distribuidos casi coreográficamente.

Penélope, una gata joven y bella, adherida al suelo en tal postura que parecía un pollo asado, miraba hacia una ventana esperando que alguien le arrojase las tripas de una sardina. De sobra sabía Penélope que no era ése asunto que soliera acontecer a las cuatro de la madrugada, pero, ¿quién podía prohibirle esperar?

El joven y ágil Arístides se acicalaba meticulosamente, insistiendo con la lengua siempre en el mismo sitio, como si toda la suciedad se concentrase en ese punto. Gato no podía creer que hubiese tantos individuos como él. Aparte del persa blanco del vecino del quinto, y del siamés bizco que ilustraba la portada de un libro de agradable tacto, y del que solían sacar extrañas teorías sobre la personalidad de los gatos, no sabía de más félidos. Receloso, pasó entre ellos, sin causarles ningún interés. Sólo Arnold lo miraba, porque tenía miedo: en otro tiempo había padecido los ataques de un maníaco gourmet que, con una malla, intentaba cazarlo con fines culinarios. Él era el más gordo del grupo, sí, pero no tenía la culpa: se trataba de una cuestión metabólica. No comía más que los demás. Afortunadamente, siempre logró escabullirse, gracias al sobrepeso que sufría el cazador, a bien seguro por comer tanto felino. Arnold aún no superaba aquellos episodios; le habían quedado importantes secuelas psicológicas.

 -¿Quién eres? -preguntó temeroso.

       -Soy Gato.

Una carcajada general golpeó sus oídos. Viajero, encarnación del Mal en un cuerpo felino, se le acercó con las uñas fuera. Arturo lo detuvo.

-No hagas idioteces. Él no tiene la culpa de creerse único. Todos tenemos algún problema... mira cómo me veo yo - se lamió lo que quedaba de algo que en otro tiempo fuera un rabo. Estimulado, se disponía a contar cómo ocurrió la mutilación, pero un clamor general lo hizo callar; estaban hartos de oír la macabra historia que Arturo relataba a la menor ocasión. Arnold sintió pena de él: que lo manden a uno callar en público, duele. ¡Qué falta de sensibilidad!

       Por fin, habló el viejo Aurelio, que había invertido todo este tiempo en comer con gran dificultad un trozo de pescado sin espinas que los más jóvenes tuvieron la deferencia de guardar para él:

-A mí me da igual, que con este reuma... pero tú eres un gato fino y no encajarías aquí. Vuelve a casa. Seguro que allí siempre comes y te rascan en el gañote. Y si tienes reuma, te llevarán a uno de esos matagatos para que te quite el dolor.

Y así habló Aurelio, lo que confundió a Gato sobremanera.

Arístides hizo unas piruetas acrobáticas para dar fuerza a su tesis de que la vida en la calle es más sana que esa vida sedentaria que transcurre entre cojines, mimos y latas de atún; en fin, un alegato demagogo contra la burguesía, a la que sin duda pertenecía Gato, que dolido, intentó hacer lo mismo yendo a caer sobre el espinazo, pues era capaz de hacer cosas que en teoría un gato no puede, tales como aterrizar sobre la espalda. Todos se rieron excepto el triste Arnold, que sabía lo que era sufrir. Y Gato pensó que el viejo Aurelio tenía razón: él no pertenece a ese mundo.

       Y corrió, corrió mucho y largo, porque es así como se llega a los sitios, aunque no sabía muy bien a qué sitios; salió de la ciudad y pisó la hierba fresca. Una lombriz paseaba, cabeza bien alta, mirada altiva. Él la miró fascinado y le dio con la mano, haciéndola rodar por los suelos. La lombriz, irritada, comentó algo sobre "las buenas maneras perdidas" y "estos tiempos modernos", e irguiéndose majestuosa cual serpiente cascabel, se dispuso a proseguir su camino, pero de nuevo la mano de Gato, que con la cabeza inclinada hacia un lado por la curiosidad que le causaba el gracioso objeto animado no estaba dispuesto a abandonar tan divertido juego, la derribó. Ella volvió a gritar algo, en esta ocasión referente a “una maldita casta felina”, y definitivamente se metió bajo tierra. Gato no comprendía nada: él solía jugar con cordones de zapatos y nunca había tenido problemas. Frustrado, miró hacia arriba buscando nuevas perspectivas y entonces vio la luna cubierta con un pudoroso tul, una nube de gasa que la lluvia le había dejado a su paso. O quizá se hubiese empolvado la nariz, y el viento, siempre indiscreto, hubiera soplado sobre su rostro. O, ¿sería que la vía láctea, celosa de su frivolidad, se interponía entre ella y la tierra para separarla de gatos curiosos? Y vio miles de estrellas como lunares en un vestido, y se preguntó por qué allí no apagaban las luces nunca.

Pasó un ratón, pero apenas pudo verlo porque corrió despavorido al ver a Gato. Todo le parecía muy extraño, pero talvez era normal que ocurriesen esas cosas. Decidió no pensar más y se revolcó en la esponjosa hierba, yaciendo como un gato muerto, y entonces recordó la alfombra de casa, ¡casa!, ese concepto había empezado a desvanecerse en su recuerdo. Tendría que volver. Pronto se levantarían todos y él no estaría para provocar estornudos alérgicos. No tendrían a quién darle galletas de atún, ni a quién arrullar durante la película de la televisión, y desde luego, él no era un gato desaprensivo. Siempre había cumplido con sus obligaciones escrupulosamente; por eso, decidió volver, aunque no sabía muy bien cómo. De súbito, oyó un chisteo. Buscó por el suelo, temiendo una represalia del extraño cordón de zapatos, pero no vio a nadie. Otra vez la llamada, y buscó en el cielo. Una lechuza se carcajeó desde un olivo:

-Por qué crees que la llamada es para ti?  ¿Es que te consideras entre los elegidos? Gato la ignoró. Él sabía ser despreciativo cuando se lo proponía, pero volvió a escuchar algo:

-Sí, es a ti, aquí, en la encina.

Gato ahora se enorgulleció para sus adentros de saber lo que era una encina; incluso había convivido con una, pero era mucho más pequeña. De hecho, estaba dentro de casa, y todos buscaban los rayos del sol para ella; la mimaban, la regaban con las lágrimas de la añoranza, hasta que un día una rama creció de forma extraña, y aunque compraron muchos libros sobre árboles enanos, enfermos y tristes, empezó a tirar sus hojas una a una y se suicidó, decían, porque una encina no quiere abandonar su tierra originaria. Prefiere pasar sed y que la dejen vivir en su suelo cuarteado por la sequía, entre jaras y amapolas, y no le importa que digan que es un árbol excéntrico porque sus ramas son asimétricas y despeinadas.

       Gato miró, y creyó distinguir en lo alto a un hombrecillo con gafas, nariz ganchuda y orejas afiladas.

-Soy Búho, y debes buscar la Sabiduría -dijo la extraña criatura. Gato movió el rabo desconcertado.

-¿Para qué sirve la Sabiduría? -preguntó.

-En la Sabiduría está la Cuarta Dimensión, la Piedra Filosofal, la Felicidad.

       Gato estaba confuso y algo abrumado.

-¿Y eso es bueno? -inquirió tímidamente. Un mochuelo escéptico se entrometió:

-Es que se aburre.

       La lechuza esperaba maliciosamente el desenlace de la entrevista. Búho, intentando parecer el Padre de la Ciencia, sentenció gravemente:

-Búscala.

Gato pensó en Aurelio. Quizá su opinión podría ayudarle, e intentó imaginarla: "yo con este reuma no estoy para nada, pero tú eres un gato fino; vuelve a casa". Pero ignoraba que Aurelio en este punto era más drástico y solía advertir de no tener en cuenta los consejos de Búho. Búho tenía un problema: estaba harto de ser ave nocturna, de no grabar en su retina más que el color de la noche, de no poder volar más alto que el águila, a quien odia y afortunadamente ve poco, pero sobre todo, estaba aburrido de sí mismo. En realidad, no era tan ilustrado como pretendía. Es por eso que quería manipular las vidas ajenas, poner algún acontecimiento en sus largas y monótonas vigilias. Era un metomentodo, y gato era un ingenuo, porque era un gato fino, y los gatos finos no han aprendido las cosas de la vida.

-¿Cómo sabré que la he encontrado? -preguntó Gato, que comenzaba a entusiasmarse con la empresa.

-Lo sabrás -contestó Búho tratando de ocultar su satisfacción por el triunfo -Será tan placentero que podrás distinguirla.

Gato, feliz, emprendió viaje sin saber muy bien hacia dónde dirigir sus patas, pero su instinto nuevamente lo impulsó a correr. Para llegar a sitios había que correr, eso sí lo sabía, y de nuevo corrió tanto como pudo. Cuando paró, se sentó; parecía una figura de porcelana, un gato egipcio, un amuleto, y pensó tanto como su félido cerebro le permitió, y abrió bien los ojos y la luz del sol recién nacido le borró la pupila; entonces, vio un arroyo ruidoso; un arroyo con ínfulas de gran océano. El agua caía con fuerza para formar un remolino de espuma blanca y semejar un gran acantilado. Había piedras grandes y redondeadas donde las ranas celebraban conciertos de música de cámara al atardecer, creyéndose ninfas capaces de atraer a héroes. Y truchas que, a guisa de feroces tiburones, perseguían despiadadamente a todo aquello que se moviese.

Y aportando el agua tanta grandeza, lo que buscaba habría de estar en ella. Era sólo cuestión de esperar hasta que terminara de pasar, y detrás, quedaría un poso: la Sabiduría.

Gato esperó, pero el agua corría siempre, como los coches de la avenida: nunca terminaba su camino. Aguantó desafinados conciertos de batracios ignorantes (ya digo que gato entendía de afinaciones), y se aburrió de ver escualos enanos, como su encina, y agua ruidosa, y hombres que llegaban cada día como si el arroyo fuese de ellos, se sentaban, desplegaban un palo con un hilo y algo colgando de él que introducían en el agua. Los peces escapaban y los hombres maldecían. Tampoco entendía aquello.

Había disfrutado con la espera, pues es bonito esperar que algo ocurra, pero se sentía engañado. Allí no hallaría lo que buscaba. Era todo una farsa, y el agua, un espejismo. ¿Por qué siempre sigue? ¿Por qué nunca llega adonde pretende ir? Es engañosa. Las experiencias de Gato con el agua, aunque casi siempre desafortunadas, eran bien claras: salía de un grifo plateado como un pez; reposaba en un gran recipiente blanco (ésta era la parte peor, pues solían sumergirlo), y después, una boca redonda se la tragaba desencadenando un pequeño remolino y haciendo mucho ruido al final. Recordó y pensó todo esto para darle fuerza a la decisión que se disponía a tomar, y así, partió más con desánimo que con alegría. Si la Sabiduría quería venir, él la tomaría, pero no deseaba fracasar más. Es peor fracasar todos los días que desistir definitivamente de lo que quieres conseguir. Y caminó cabizbajo mientras filosofaba, ¡Gato filosofando! Gato sólo filosofaba a la hora de decidir qué vale más, si un cojín mullido aguantando los agudos de Vivaldi, o una dura silla en el dulce silencio. Pero, "primum vivere, deinde philosophari": tenía hambre y buscó entre la hierba. Una extraña sombra proyectada sobre la tierra lo hizo mirar hacia arriba en busca del objeto causante de tal imagen, porque Gato sabía también de sombras; no en vano dormitaba al calor de la lámpara. De repente, “¡horror, necesitan ayuda!", pensó. Dos libélulas celebraban su vuelo nupcial entre los rayos del sol, adheridas de una manera tan aparatosa que asustó a Gato, convertido ahora en protector del que sufre, del desvalido... del adherido. Tendría que resolver aquel extraño accidente.  Empezó a intuir que quizá lo que él buscaba estuviera en el Bien. Sí, decididamente haría el Bien. Y para empezar, las separó: cogió una libélula con cada mano sin uñas y las lanzó al aire, lleno de admiración por sí mismo, mientras los insectos, inexplicablemente irritados, decían cosas como "estúpido gato castrado" o “ignorante individuo asexuado”. Él no entendió nada, pero daba igual. La ingratitud no lo llevaría al desaliento. Es más, ésa sería su máxima. Y viendo con frecuencia este tipo de percances, pensó que había sido elegido para remediarlos, y se extendió en su empresa hasta especies mayores, incluso cuadrúpedos, y como cada vez entendía menos por qué hacer el Bien reportaba lesiones físicas (Gato cojeaba como consecuencia de una desafortunada hazaña), imaginó lo que diría Aurelio: "cada cual de su capa haga un sayo", pero ese pensamiento no le ayudó mucho y tuvo que crearse uno propio: "¡es que con esta cojera no puedo hacer el Bien!". Aunque Aurelio, realmente hubiera dicho: "yo con este reuma no estoy para nada, pero si a eso le llamas hacer el Bien, Gato, vete a casa".

 “¡Casa!”..., entre tantos avatares, el concepto "casa" ya se había desvanecido por completo en su memoria. Además, empezaba a desesperar, a creer que no existía la Sabiduría. Anduvo mucho, pero ahora lentamente, como se anda cuando el entusiasmo se ha ido, cuando no se va a ningún sitio, pero de esa guisa llegó a la ciudad de nuevo. Lo notó porque otra vez oyó los coches que nunca paran, como el agua del arroyo que nunca cesa, que sigue hasta el fin de las cosas, de lo físico, del pensamiento, de la paciencia. Porque soplaba el viento del norte y podía percibir el olor de la fábrica de piensos para animales de granja, o quizá para gatos que aún viven en sus casas. Porque la gente se apresuraba como si se acabase la vida, o como si hubiera rebajas de zapatos. Y vio madres que corrían con sus hijos cansados para llevarlos a clase de Inglés, con la cabeza aún mojada por la clase de natación, porque hoy no tenían que cargar con un violín coreano para ir a clase de música, que les aburría tanto como la clase de informática. Y vio dos ancianas que olían a naftalina, un vendedor de lotería que no recordaba en qué número acabó el gordo, un policía aburrido que había olvidado darles paso a los vehículos de la derecha y una fila de coches que llegaba hasta las afueras de la ciudad, pero como era hora punta, nadie protestó: tenía que ser así.  A veces, las cosas tienen que ser así, así es La Ciudad. El dependiente de la tienda donde nunca entra nadie, cerró, porque eran las ocho, e hizo caja, y cero más cero le volvió a dar cero, y se puso contento porque siempre le cuadraban las cuentas.

Gato reparó en que sin darse cuenta, como las ratas tras el flautista, seguía desde hacía rato los pasos de alguien. Un alguien que ejercía sobre él una atracción misteriosa. Alguien que caminaba rítmica, musicalmente, con un andar sincopado;  cuando se aproximaba a un paso de cebra, si la luz roja del semáforo mandaba esperar, antes de detenerse, hacía un "ritardando" con los pies; disminuía y paraba con suavidad. Por el contrario, al cruzar la calle, sus pies marcaban un "allegro mosso" que en ocasiones, si la luz cambiaba a rojo antes de lo esperado, se convertiría en un "molto agitato".

Cuando Gato consiguió levantar sus ojos azules (ahora con la pupila burdamente emborronada por la oscuridad) de tan rítmicos pies, se encontró con una espalda ligeramente inclinada hacia delante de la cual colgaba una gran caja rectangular. Podía muy bien ser el ataúd de un gato e incluso deberse tan solemne caminar al cortejo fúnebre, pero Gato apartó de sí el sombrío pensamiento (Gato sabía escapar de las pérfidas y desalentadoras maquinaciones de la mente). Su pelo rubio rizado era como una madeja de lana que le hubieran colocado sobre la cabeza sin demasiado esmero; o como una mata de hierba seca que jamás hubieran segado; o como una peluca de carnaval. Así y todo, parecía  feliz, y Gato decidió seguirlo hasta el final, que estaba muy cerca: el hombre cruzó una amplia avenida, ahora en un compás binario, "adagio ma non troppo", hasta que una "manada" de coches le hizo cambiar el "tempo", teniendo que resolver con un apoteósico final cuya última nota estuvo a punto de ser la de su nariz contra el suelo. Concluida la sinfonía, entró en un edificio de columnas de orden dórico que intentaba parecer el Partenón. Gato continuó tras él, que leyendo con dificultad a través de unas pequeñas gafas un cartel donde rezaba "concertino", se dijo a sí mismo: "sí, aquí es", y entró, con Gato entre sus zapatos negros sin brillo y de punta demasiado pronunciada, que trataban de ocultar sin éxito el estridente color de los calcetines de alguien que quiere ser visto en la oscuridad.

Canturreando algo, el hombre abrió la caja y sacó un violín. Lo miró como una madre mira a su hijo, aunque éste luzca un desastroso acné: con orgullo, con amor. Lo acarició. Puso la caja en el suelo. Gato entraba en una especie de éxtasis: ¡todo aquello estaba pensado para un gato! Se introdujo en ella, pues tenía su felina silueta perfectamente trazada, incluso para el rabo, en caso de que quisiera estirarlo. El tacto del terciopelo con que estaba tapizado el interior le hizo ronronear de placer; lo rascó, porque Gato no sabía que no tenía uñas. Sólo había algo cuya relación con el mundo felino no lograba encontrar: aquella fusta de madera con finas cerdas atadas de un extremo a otro. Quizá fuese un extraño juego; ese individuo jamás la usaría para pegarle a un gato.

Se quedó dormido mientras el violinista usaba dicho artefacto para rascar cuatro cuerdas anudadas a un bastidor de madera. Eso era música, él lo sabía. Gato había vivido la música intensamente. Gato solía escuchar a Bach, echado como la Gran Esfinge sobre un piano negro, bajo la luz del atril que le borraba la pupila dejándole sólo el azul. A veces, acariciaba la partitura... de todas formas, aunque esta escena es tan cierta como hermosa, también sería cierta, aunque no tan hermosa, descrita de una forma más realista:  Gato era capaz de aguantar el mismo preludio de Bach, machacado torpemente hasta la saciedad por una principiante, deteniéndose la música siempre en el compás quinto, porque en la laxitud de su sueño había vuelto a dejar caer su pata sobre un pentagrama, tapando las notas. Era capaz de aguantar que los bemoles no sonasen como tales si así podía disfrutar del calor que desprendían los ochenta watios de la lámpara del atril, aunque al final, siempre llegaría un momento en que optaría por un lugar menos confortable, pero lejos del virtuosismo. Así y todo, Gato no era profano en este arte, por lo que decidió que si en la Música había un lugar tan delicadamente pensado para él, para su anatomía, quizá ahí se hallaba lo que estaba buscando.

Una caricia entre las orejas lo despertó. Las manos amables pertenecían a la persona de pelo rubio rizado como el de una oveja que no se ha dejado esquilar. Gato lo miró, y éste, se retiró un mechón que le tapaba el ojo derecho para mirarlo, mientras aprovechaba la ocasión para rascárselo con gran aparato.

-Hasta luego -le susurró el violinista "piano". Pero Gato lo iba a seguir. Tenía que asegurarse de que allí se encontraba la preciada Sabiduría. Fue tras él por destartalados pasillos. Otros músicos, también vestidos con gran solemnidad, como si fueran a casarse o a asistir a un funeral, parecían dirigirse al mismo sitio portando extraños aparatos. Se oía música desafinada. Gato pensó que tal vez eran aprendices y temió que en cualquier momento comenzara a sonar un preludio de Bach. Algunos lo acariciaban al pasar. Por fin, el músico salió al escenario y, tras tropezar con varios atriles, se sentó delante de todos. Gato no se atrevió a seguirlo hasta allí; había mucha más gente también sentada en sillas, abrazando sus extraños aparatos de formas caprichosas, absurdas; no sabía lo que iba a ocurrir. Decidió verlo entre bambalinas. Entonces, su amigo rubio se levantó y miró a los demás músicos, sacudiendo la cabeza para apartar los rizos que le tapaban las gafas. Hace un sonido chirriante con el violín y todos lo imitan. Llega otro hombre y se sube en un escalón:tiene una vara. La gente comienza a hacer ruido con las manos, chocándolas con fuerza. Quizá están contentos. Gato ve cómo el hombre de la vara saluda al concertino, y no entiende nada: ¡él sabe que antes ya han estado juntos! Empieza el concierto. Quizá en el segundo movimiento surja la Sabiduría, pero ¿por qué hay tantos instrumentos iguales en distintos tamaños? Sus cajas deben de ser tan grandes que no existen gatos de ese tamaño. Talvez sean para familias enteras, o quizá había un saldo.

Le molestó mucho el sonido agudo de un tubo largo plateado, pero sobre todo, encontró estúpido que también lo hubiera en más de un tamaño. Puede que fuera el mismo, pero cortado a la mitad. Lo llamaban píccolo, y le recordó a un pájaro que había conocido en los días en que se dedicaba a hacer el Bien. Era un pájaro molesto. Y no entendió que el hombre que tocaba tan mermado instrumento fuese tan alto, y tan bajito el contrabajista ruso de ojos azules que siempre sonreía. Todo estaba desequilibrado y Gato empezaba a dudar. Dos garrotes inmensos de madera, como trompas de elefantes y una pipa de la paz por la que aspiraban Dios sabe qué, emitían sonidos de asmático; podrían haberse quedado en casa: a los fagotes casi nunca los mandaban tocar; si en su lugar hubieran llevado dos violines, habría cama para dos gatos más y tocarían siempre. Los violines siempre tocan; quizá al director le gustan los gatos.

Gato no era remilgado, pero aquellos tubos negros con sonido de pato a los que llamaban oboes, eran una porquería. Los músicos chupaban hasta hacer llegar a la campanilla una lengüeta que a bien seguro más de uno se habría tragado. Y mientras no tocaban, metían una cuerda por un extremo y la sacaban por el otro. Sería la forma que tienen de entretenerse mientras no los dejan tocar.

Pero lo que sí fascinó a Gato fue aquel inmenso jarrón de oro. Su sonido no era molesto; era grave, importante, no como el de los tubos de plata que imitaban pájaros, y además, quizá ese inmenso agujero dorado por el que salían las notas fuera para guardar la merienda, el pijama, o incluso para meterse  un gato a investigar.

Llegó un momento en que uno de los músicos, que hasta entonces había estado muy tranquilo, la emprendió a golpes con unos calderos enormes. El público se asustó; una vez calmado, "piano súbito". ¡Y por fin llegó su compás! Si no llega a ser por el estruendo de los timbales... Recomponiendo su postura tras la siesta, el segundo percusionista, que había dormitado durante todo el concierto, se levantó silenciosamente y, contra unos metales, hizo sonar primero un "sol", después un "do" y después se volvió a sentar muy triste, porque su partitura ya no tenía más notas. Gato encontraba tonto que no se pudiera ir a casa, si ya no tenía que tocar más. No deberían haberlo hecho venir. Todo aquello era descabellado: instrumentos clónicos, tubos cortados, agresión acústica, y para terminar, un nuevo ataque de ira del timbalero, que empezaba a comportarse como un psicópata.

Al fin, termina esa demencia y el director se va, pero vuelve. Gato piensa que talvez se haya dejado olvidada la varita que agitaba durante el concierto. Otra vez se marcha y otra vez vuelve. Ahora saluda al de los rizos, y señalando con la varita, ordena levantarse a algunos de los músicos, como si hubiesen hecho algo malo; sin embargo, la gente los aplaude.

Gato ahora está seguro de que eso no es la Sabiduría. Aquella pantomima no puede encerrar la Sabiduría. Él sabe de las cosas de la música, y para obtener una sinfonía basta con meter un círculo metálico en una caja a la que no dejan subir gatos. Incluso se puede escoger lo que uno quiere escuchar, y no necesariamente lo que se le antoje al director, al de los rizos, o al del jarrón de oro.

Gato hizo mutis por el foro y salió dignamente por la puerta de artistas. Ahora estaba más descorazonado que nunca. Había puesto su esperanza en aquella cuna de terciopelo en que el violinista, al no tener un gato, guardaba su instrumento; en aquellos rizos de Harpo, en aquel andar sincopado. No buscaría más.

Otra vez prefería no fracasar. No quería esperar algo que no se cumpliera para no tener que entristecerse. Ni soñar con el Agua, con el Bien, con la Música. Le gustaría saber qué diría Aurelio. Estaba seguro de que lo hubiera recriminado por meterse en aventuras, y si no hubiese sido por el reuma, él mismo lo hubiese acompañado a algún lugar seguro, porque Aurelio sabía que Gato era un gato bien, y los gatos bien, no deben  intentar aventuras.

Ahora, Gato se preguntaba si la sabiduría estaría en Aurelio, aunque, ¡con ese reuma!

Era muy tarde y llovía. Fue al callejón, pero los gatos no estaban. Tampoco vio a su amigo el borracho, ni a Thor, ni a nadie que le ofreciese un lomo peludo donde llorar. Pasó el camión de la basura haciendo mucho ruido, y después, otra vez el silencio. Sólo podía encontrar su propia sombra que le consolara... y la de Maruja la de las Cajas, que subía calle arriba. Maruja arrastraba varias cajas de madera tirando de una cuerda.

Maruja la de las Cajas recogía lechugas y zanahorias de los vertederos que había alrededor del mercado. Después, montaba su "puesto" y colocaba las verduras. Mientras esperaba a los clientes que nunca acudirían, saneaba el género con un cuchillo oxidado, pero era tanta la zona podrida que, una vez eliminada ésta, no quedaba material. Era entonces la hora de cerrar el negocio; volvía a colocar las cajas, unas dentro de otras: su jornada había concluido. Maruja era pequeña; siempre llevaba la misma ropa, lloviese o no, hiciese frío o calor. Hacía tiempo que su cuerpo había dejado de registrar la temperatura, el dolor, la soledad, el consuelo... Gato oyó el ruido de la madera sobre el pavimento y quiso buscar calor donde no quedaba ni la tristeza. La esperó; deseaba rozar su lomo apaleado por la vida contra las piernas delgadas de Maruja; necesitaba que lo acariciase, y cuando llegó a su altura, se puso delante de ella. Maruja, cuyos ojos sólo servían ya para recortar zanahorias y lechugas, no se detuvo, y sus piernas, metidas en unas gélidas botas de goma, arrollaron a Gato que, antes de que pudiera levantarse, fue golpeado en la cabeza por las cajas. Maruja siguió su camino; aún le quedaba un buen trecho hasta el mercado.

Gato quedó tendido en el suelo inconsciente, junto a la parada del autobús del colegio. Dentro de pocas horas llegarían los niños y se asustarían al verlo, o lo rematarían... o... ¡sabe Dios!

Se encendió el sol y se apagaron las luces, y los camiones empezaron a repartir donuts. Soltaron a los coches, y los niños, cargados con mochilas más grandes que ellos, el pelo mojado, las legañas puestas y un bigote de cacao perfectamente dibujado sobre sus labios, corrían aún somnolientos a esperar el autobús. Mientras éste llegaba, intercambiaban cromos. Uno muy menudito que no coleccionaba nada, vio un gato en el suelo y se acercó. Lo miró y, cerrando los ojos, exclamó: "¡Dios mío, eres tú, Gato!" Lo envolvió en su chaqueta de lana y volvió a casa llevándolo en brazos. Ya no quería ir al colegio. Lo tendió sobre un cojín y lo acarició durante mucho tiempo, hasta que su alergia recordó: "pelo de gato", y el niño estornudó, como siempre. Y Gato despertó, igual que la Bella Durmiente con el beso del Príncipe: abrió los ojos azules e intentó incorporarse. El amnésico felino miró alrededor y vio luces cálidas. Sintió una mano que lo acariciaba mientras la otra trataba de abortar los estornudos, apretándose la nariz. Se levantó y examinó el lugar. Vio un piano negro con una luz de ochenta watios y una partitura de Bach en el atril. Pensó que eso estaba ideado para gatos. Y galletas de atún, y agua que venía y se iba, como debía ser, no agua eterna. Y edredones mullidos, y personas sobre las que dormir, y cordones de zapatos que no se enfadan. Se sentó sobre un pedazo de papel que había en el suelo, porque lo habían puesto allí para eso, para que un gato se sentara, y se figuró que allí estaba la Sabiduría, la Cuarta Dimensión; y también se figuró que Búho era muy bueno, y ya casi dormido, susurró: "gracias, Búho", y se preguntó qué diría Aurelio si supiera que el haber salido aquella noche por una puerta entreabierta lo había llevado a la Plenitud. Quizá simplemente diría: "sí, pero es que yo con este reuma no estoy para nada".

 

*          *          *

  P.D. A modo de epílogo innecesario: Gato no volvió a sentir malsanas curiosidades. Ahora dormita a mi lado, abre sus ojos azules de pupila emborronada por la penumbra, sonríe y vuelve a soñar. Mi hijo aún tiene alergia al pelo de gato, pero no importa, estornuda y Gato vuelve a despertarse cada vez; y en el Callejón de los Gatos han construido un banco, y Maruja la da las Cajas, no sé, ya no pasa por aquí. Quizá también encontró la Sabiduría y se fue... y Aurelio, quizá también murió, porque con aquel reuma... y el vendedor al que cero más cero siempre le daba cero, sigue cuadrando sus cuentas feliz, y el agua del arroyo sigue sin llegar a ningún sitio, engañosa,  y aquel preludio de Bach... bueno, la verdad, nunca aprendí al tocarlo bien.

 

Dolores Díaz-Ambrona de Llera (“Tequila”).

 

 

 

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