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BARRER
EL OTOÑO
La noche no tenía
cabida en
No fue culpa de
Gabriel. Por él, que los niños hubieran seguido sus juegos hasta que
todos los ojos se cerraran definitivamente, hasta que los goznes de los
columpios pidieran tregua y los gatos se perdiesen en la noche
iluminando otros quehaceres, pero tuvo que cerrar la venta. ¿A cuento
de qué, seguir con el negocio si tenía dinero para vivir diez veces la
vida que le quedaba? Él se lo dijo a Tomás: “Tomás, vámonos a
casa, que aquí ya no hacemos nada”. Tomás nunca respondía, parecía
autista el bueno de Tomás, agarrado a su escoba como si esperase que la
suciedad le llegase del cielo para poder seguir barriendo. Y un
veinticuatro de septiembre apareció un cartel en la puerta de
Gabriel echó el
candado y le entregó las llaves a un hombre muy rico. Sus bolsillos
estaban tan llenos que para que no le reventasen los pantalones tuvo que
comprar algo tan absurdo como un bar donde ya no servían meriendas. Un
jardín donde los frutos eran risas antiguas adheridas a los vástagos,
parásitos imposibles de eliminar, recuerdos en conjura. Y columpios sin
niños, nidos sin pájaros, suelo de otoño sin hojas. Tomás las había
barrido todas.
-Anda, Tomás, vámonos
a casa.
Tomás apenas lo
miró.
-No
queda nada por barrer, Tomás.
Los ojos de Tomás
señalaron sombríos una hoja que se resistía a desprenderse.
-Como quieras,
Tomás. Yo, me voy.
Ni se encogió
de hombros Tomás. Recostado en su escoba como si fuera el báculo de su
vida, siguió mirando la hoja. Parecía el amo del tiempo, capaz de toda
la paciencia, ¿qué otra misión puede tener un barrendero de otoños?
Un poco de monóxido
es lo último que olió. Gabriel se alejó a lomos de una ruidosa moto.
Su silueta se fue haciendo más pequeña hasta convertirse en un punto.
Después, desapareció en el cruce del kilómetro ocho, antes desviación
para
Llegaron las
lluvias de octubre y los columpios se oxidaron. Los goznes hicieron un
último esfuerzo por seguir su balanceo inútil, pero artríticos,
tuvieron que parar para siempre. Tomás ya no los engrasa. No puede. Las
manos se le han entumecido. Él tampoco se engrasa, y, ¡con esas
lluvias! Los goznes de Tomás tambien se han oxidado.
Y los vientos de
Noviembre... tampoco han conseguido deshauciar a la hoja insumisa, y él
se ha unido a la rebelión: no va a irse sin barrerla, es un barrendero
y por mucho que lo sueña, sigue sin caerle basura del cielo, el Cielo
no es bueno con él.
Ha
llorado. La lluvia también lleva tiempo llorándole. Los vientos
erosionan su cuerpo. El polvo ha cubierto las zanjas de su piel. Tomás
se está volviendo piedra de tanto esperar.
¡Qué
empecinado Tomás...! Se ha convertido en una estatua
La última vez
que pasé por allí, seguían las risas de los niños colgadas de los árboles
vacíos. Había caído la hoja que quedaba por caer, pero Tomás no la
barría.
La última vez
que pasé por allí, un vencejo había anidado encima de la cabeza de
Tomás. Yo grité, “¡Tomás!” Quería decirle que barriese la hoja,
que ya había caído, que podía irse a casa, pero tampoco esta vez me
oyó. ¡Qué empecinado fue Tomás! Al final, ni siquiera terminó de
barrer el otoño. |