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AURELIO

 

 

 

Nuestro Escritor nació  allí, donde la Tierra se le acaba al Sol hasta obligarle a saltar hacia el Nuevo Mundo: en Extremadura.

 


AURELIO GARCÍA COLLADO

 

         Él es parco en palabra. No le gusta perderse entre las brozas del hablar de sí mismo cuando la timidez se le sube a la lengua negándole el decir de sus andanzas:

 

Nací al oeste.

Soy, como Chamizo, miajón  castúo.

En mi infancia, la piel de roña evitó alergias al olivo y a la higuera a cuyas sombras de agosto me hice hombre.

Mi escuela: observar con entendederas.

Mi ocupación: inútil.

Mi patria: ese valle tendido de mi mujer.

           Pero, cuando escribe... ¡Ay, cuando escribe! Entonces se abren todas las fuentes ocultas,  y el papel se convierte en tierra extremeña germinando trigos, preparando pan caliente con el que matarle el hambre a las nostalgias. Es de aquella tierra en la que su compatriota, Luis Chamizo, hablándose con Dios de tú a tú, escribía en "Castúo" su

 

NACENCIA

I

Bruñen los recios nubarrones pardos
la luz del sol que s'agachó en su cerro,
y las jartas cogollas de los árboles
d'un color de naranjas se tiñieron.
A bocanás' del aire nos traía
los ruíos d'alla lejos
y el toque d'oración de las campanas
de l'iglesia del pueblo.
Ibamos dambos juntos, en la burra,
por el camino nuevo;
mi mujé, mu malita,
suspirando y gimiendo.
Bandas de gorriatos montesinos
volaban, chirriando, por el cielo,
Y volaban pal sol, qu'en los canchales
daba relumbres d'espejuelos.
Los grillos y las ranas
cantaban a lo lejos
y cantaban también los colorines
sobre las jaras y los brezos
y röando, röando, de las sierras
llegaba el dolondón de los cencerros.
¡Qué tarde mas bonita!
¡Qu'anochecer más güeno!
¡Qué tarde más alegre
si juéramos contentos!...
-No pué ser más-meijo-; vaite, vaite
con la burra pal pueblo,
y güelvete de prisa con l'agüela,
la comadre y el méico.
Ybajó de la burra poco a poco,
s'arrellanó en el suelo,
juntó las manos y miró p'arriba,
pa los bruñíos nubarrones recios.
¡Dirme, dejagla sola,
dejagla yo a ella sola com'un perro.
en metá de la jesa,
una legua del pueblo...
eso no! De la rama
d'arriba d'un guapero,
con los ojos reondos
mi miraba un mochuelo,
un mochuelo con los ojos vedriaos
como los ojos de los muertos...
¡No tengo juerzas pa dejarla sola,
pero yo de qué sirvo si me queo!
La burra que roía los tomillos floridos del lindero,
careaba las moscas con el rabo;
y dejaba el careo,
levantaba el jocico, me miraba
y seguía royendo.
¡Qué pensará la burra,
si es que tienen las burras pesamientos!
Me juí junt'a mi Juana,
me jinqué de rodillas en el suelo,
jice po recordá las oraciones
que m'enseñaron cuando nuevo.
No tenía pacencia
p'acé memoria de los rezos...
¡Quién poia socorregla si me voy!
¡Quién va por la comadre si me queo!
Aturdío del tó golví los ojos
pa los ojos reondos del mochuelo;
y aquellos ojos verdes,
tan grandes, tan abiertos,
qu'otras veces a mi me dieron risa
hora me daban mieo.
¿Qué mirarán tan fijos
los ojos del mochuelo?
No cantaban las ranas,
los grillos no cantaban a lo lejos,
las bocanás del aire s'aplacaron,
s'asomaron la luna y el lucero,
no llegaba, roando , de las sierras
el dolondón de los cencerros...
¡Daba tanta quietú mucha congoja!
¡Daba yo no sé qué tanto silencio!
M'arrimé más pa ella,
l'abrasaba el aliento,
le temblaban las manos,
tiritaba su cuerpo...
y a la luz de la luna eran sus ojos
más grandes y más negros...
Yo sentí que los míos chorreaban
lagrimones de fuego.
Uno cayó roando,
y prendido d'un pelo,
em metá de su frente
se quedó reluciendo.
¡Qué bonita y qué güena,
quién pudiera ser méico!
Seño, Tú, que lo sabes
lo mucho que la quiero;
Tú que sabes qu'estamos bien casaos;
Señó, Tú qu'eres güeno;
Tú que jaces que broten las simientes
qu'echamos en el suelo!
Tú que jaces que granen las espigas
cuando llega su tiempo;
Tú que jaces que paran las ovejas
sin comadres ni méicos...
¡Por qué, Señó, se va a morí mi Juana,
con lo que yo la quiero,
siendo yo tan honrao
y siendo Tú tan güeno?...
¡Ay, qué moche más larga
de tanto sufrimiento!
¡Qué cosas pasarían
que decilas no pueo!
Jizo Dios un milagro;
¡No podía por menos!

II

Toíto lleno de tierra
le levanté del suelo;
le miré mu despacio, mu despacio
con una miaja de respeto.
Era un hijo, ¡mi hijo!,
hijo de dambos, hijo nuestro...
Ella me le pedía
con los brazos abiertos.
¡Qué bonita qu'estaba
llorando y sonriyendo!
Venia clareando;
s'oian a lo lejos
las risotadas de los pastores
y el dolondón de los cencerros.
Besé a la madre y le quité a mi hijo;
salí con él corriendo,
y en un regacho dágua clara
le lavé tó su cuerpo
Me sentí más honrao,
más cristiano, más güeno,
bautizando a mi hijo como el cura
bautiza a los muchachos en el pueblo.
Tié que ser campusino,
tié que ser de los nuestros,
que por algo nació baj'una encina
del camino nuevo.
Icen que la nascencia es una cosa
que miran los señores en el pueblo;
pos pa mí que mi hijo
la tié mejor que ellos,
que Dios jizo en persona con mi Juana
de comadre y de méico.
Asina que nació besó la tierra,
que, agradecía, se pegó a su cuerpo;
y jué la mesma luna
quien le pegó aquel beso...
¡Qué saben déstas cosas
los señores aquellos!
Dos salimos del chozo;
tres gorvimos al pueblo.
Jizo Dios un milagro en el camino;
¡no podía por menos!
 
Luis Chamizo (1897-1945)
 
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