La pianista de los ojos zarcos

 

Con los dedos de la mano izquierda se acaricia las ojeras. La pianista tiene tristeza. Su camisa de tirantes no puede sujetar la danza. Acceden tan solo tres abalorios de plata que penden de un cordón rojo. Saltan arriba y abajo, a derecha e izquierda. Da miedo su sonrisa. Cada nota va incrementando el silencio del local. Sigue mirando y él, siente temblor en su cuerpo. La melodía es lenta, lenta y triste. Empieza a sentirse mal.

Y… de pronto, en el pentagrama, el amor se agita. Y su sonido, en la inmensidad de un compás de silencio, espanta los miedos. Sigue mirando, y él, a ella. El miedo ya no esta. No hay nada sagrado en la música. Solo en las miradas. El cambio les acecha. La tibia voz, y el lago profundo de sus ojos modifican el paisaje.

  El local se va vaciando de clientes. Sus risas se pierden en el temblor de la noche. Siguen las melodías, y las sonrisas, y el brillo de las miradas. Solos.

-¿Quieres que siga?

-Sí.

Nada suelto, nada ni nadie, las miradas cautivas, algo extraño, sin explicación. Situación absurda. Ella le indica que se aproxime con la misma mano que antes acariciaba sus ojeras. La otra mano reposa sobre el teclado entre las últimas notas de la canción.

-¡Bésame, por favor!

Levanta su rostro, cierra los ojos, y los labios entreabiertos ofrecen frutos de amor. Rostro radiante. Hay lágrimas en sus mejillas. Las recoge con besos, y va depositando en su boca aquel amargor. El silencio es total.

Después…

  En las góticas noches llenas de hermetismo, no escarbo mi vereda, vuelo azorado bajo zarzales de estrellas, en busca de la plegaria que desde hace siglos está escrita en los límites de la sombra. Sortílegas palabras que fijaran para siempre el recuerdo de lo sucedido.

 

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