|
El Caminante

Caminaba por una calle.
Subitamentamente, sentí algo sobre el
ala de mi sombrero. Me detuve para verme en los vidrios de un
automóvil estacionado a la orilla de la acera.
¡Increíble!
¡Un pájaro en mi sombrero!
Observando
la minúscula ave no soporté la tentación, y lentamente, subí una
mano para atraparla; pero mi mano encontró el vacío.
Decidí pensar que fue la imaginación, me di media vuelta y proseguí
mi camino, volando.
|
|

A Títulos |
|
Serial killer

¡No quiero ser tinta sobre papel ni alimento para el olvido...!
Los críticos aconsejan que un “buen escritor” debe poseer talento al
plasmar el tema. No importa su naturaleza, sino el tratamiento que
se le da, el instante narrado. Que tenga esa posibilidad de reflejar
algo más allá de si mismo, que salte de la hoja y se apropie del
lector.
Desde entonces, salgo todas las noches con mis obras en mano, atrapo
lectores desprevenidos en calles oscuras, entre candilejas, bajo
amenaza: “Soy Jack el escritor”.
|
|

A Títulos |
|
Inquietud

Me encuentro sentada al borde de la cama. Mi corazón agitado casi
rompe las paredes de mi pecho, tiemblo.
Han transcurrido dos noches desde que vi su silueta en la ventana.
Presentí que alguien me observaba mientras dormía. Apenas desperté,
se desvaneció, no tuve tiempo de captar bien su imagen, pero supongo
que no es un ladrón, ni un monstruo con grandes garras, menos un
pequeño gnomo.
Ahora tengo la certeza: es la bestia soledad y lamento que no se
haya metido en mi lecho.
|
|

A Títulos |
|
Cacería

Todas las noches, al aproximarse la hora de dormir, preparaba
lo necesario para el cometido: tomaba una caja de cartón resistente
y la colocaba al lado de su cama, apagaba la luz y acostado se decía
optimista:
—¡ Esta noche lo lograré..!
Y se quedaba dormido profundamente, sin escenas que lo despertaran
sudoroso y espantado, en huída.
Otras
veces, en cambio, pasaba la noche en vela anhelando conciliar el
sueño. Entre desvelos, letargos y pesadillas transcurrían sus noches
sin lograr la misión que se había propuesto.
Al final, hastiado, tiró aquella estúpida caja por el balcón; pues
comprendió que los sueños y sus monstruos no pueden ser prisioneros.
|
|

A Títulos |
|
Efectos humanos

Decidí cambiar su arácnica vida, con el pie desnudo me acerqué, la
zapatilla en mano; era mi arma, pero me miró con sus ojos
fijamente, como suplicando piedad y luego enrolló su cuerpo
minúsculo para protegerse de mis intenciones.
Me reí.
Entonces no la maté sino que la domestiqué. La dejaba tejer sus
hermosas telas de finísima seda en el borde de mi ventana, mas no le
permitía cazar ningún insecto. Llegamos a comunicarnos con la
mirada, ella comprendía mi supremacía.
Un mañana la encontré inerte en su tela, no tejía. Me dije: ¿Está
muerta?
¡Ahora
que finalmente la había domesticado...!
En ese instante me desperté y...
¡Fortuna
que soy araña! Sólo estaba soñando con “sentimientos humanos”...
|
|

A Títulos |
|
La ventana de enfrente

Relamía la cucharilla de su café, como era habitual, su mañana se
alargaba hasta más allá del mediodía. El sabor dulce contrastaba su
pensamiento. Estaba hecha añicos, porque «el adiós» que siempre le
decía a las calles y cabarets se transformaban en «hasta luego»,
cuando en pocos días reanudaba sus servicios.
Viendo los trastes sucios y amontonados en el fregadero, deseó un
baño. Ya desnuda bajo la ducha restregó su cuerpo, repitiendo:
«lavar después de usar». De pronto, se sintió observada, se asomó a
la ventana para verificar y vociferó:
—¡Desgraciado, te gusta cucharetear en la vida ajena...! Y le
mostraba el dedo medio de la mano con tosquedad.
Era un vejete fisgón, su vecino de enfrente. Y un escritor descarado
que desde el otro balcón husmeaba en su intimidad para escribir esta
historia.
|
|

A Títulos |
|
|
|

A Títulos |
|
|
|

A Títulos |
| |
| |
|